
HORIZONS WEST. 1952. 81´. Color.
Dirección: Budd Boetticher; Guión: Louis Stevens; Director de fotografía: Charles P. Boyle; Montaje: Ted J. Kent; Música: Henry Mancini y Herman Stein; Dirección artística: Robert Clatworthy y Bernard Herzbrun; Producción: Albert J. Cohen, para Universal Pictures (EE.UU).
Intérpretes: Robert Ryan (Dan Hammond); Julie Adams (Lorna Hardin); Rock Hudson (Neil Hammond); Judith Braun (Sally Eaton); John McIntire (Ira Hammond); Raymond Burr (Cord Hardin); James Arness (Tiny); Dennis Weaver (Dandy); Frances Bavier (Martha Hammond); Tom Powers, John Hubbard, Rodolfo Acosta, Douglas Fowley, Walter Reed, Raymond Greenleaf.
Sinopsis: Dos hermanos que han combatido en el bando sudista regresan a su Texas natal una vez concluida la Guerra de Secesión. El mayor no se resigna a volver a su antigua vida de granjero e intenta ganar dinero rápido en la gran ciudad.
Cineasta siempre asociado a la serie B, Budd Boetticher transitó por distintos géneros, pero es al western al que pertenecen muchas de sus obras más valoradas. En los 50, su solvencia y eficacia a la hora de rodar películas de bajo presupuesto le sirvió para ser contratado por grandes compañías como la Universal, para la que filmó Horizontes del Oeste, con un reparto estelar y unas condiciones económicas más holgadas de lo habitual en la filmografía de Boetticher. Este drama familiar, que se centra en la reintegración a la vida civil de dos hermanos texanos una vez concluido el conflicto que enfrentó a unionistas y confederados, no se encuentra entre las obras mejor valoradas de Boetticher, pero reúne múltiples alicientes para resultar atractivo, no sólo para los aficionados al cine del Oeste.
Horizontes del Oeste, film escrito por un experto en el género como Louis Stevens, expone un tema tan habitual en la ficción como el de la oveja descarriada. Se inicia justo después de la rendición del ejército sudista, para el que han combatido Dan y Neil Hammond, los dos hijos varones de una devota familia de granjeros texana. Mientras a Neil, el menor, parece no causarle pena la derrota y regresa al hogar contento de recuperar su vida anterior en el rancho propiedad de su pequeño clan, Dan, que alcanzó el rango de mayor en el ejército confederado, observa cómo ha prosperado en lo económico la ciudad de Austin durante su ausencia y, lejos de resignarse a la modesta vida de granjero que le espera, busca la forma de obtener dinero rápido, en parte movido por la atracción instantánea que siente por Lorna, esposa de un potentado local, Cord Hardin. A través de un conocido, Dan consigue participar en una timba de póker organizada en el domicilio de los Hardin, pero no sale de allí rico, sino humillado y con la obligación de asumir una cuantiosa deuda. Desesperado, acude al encuentro de un puñado de desertores y vagabundos que está acampado en las afueras. Muy pronto, el antiguo oficial se convierte en el líder del grupo, y se sirve de él para saldar su deuda mediante los beneficios obtenidos con el robo de ganado.
La trama es sencilla, e ilustra el derrumbe moral de Dan Hammond a medida que aumenta su riqueza. Con el tiempo, y valiéndose de toda clase de artimañas ilegales, consigue lo que se propone: hacerse rico, devolverle con intereses la humillación a Hardin y quedarse con su mujer, pero su alma corrompida por las tentaciones del gran mundo (otro tema clásico donde los haya) le empuja a cometer actos cada vez más inmorales que no quedarán impunes. Boetticher, cuya mayor virtud como director fue siempre la concisión narrativa, filma la historia con mucho sentido del ritmo y buen pulso para las escenas de acción. Horizontes del Oeste tiene el espíritu, y también el acabado, de una serie B de calidad, en la que la fotografía en Technicolor de Charles P. Boyle, otro experimentado especialista en el western, luce en las escenas al aire libre que, justo es decirlo, tampoco abundan, pues la mayor parte de la historia se desarrolla en interiores. Rapidez y precisión, dos de las grandes virtudes de Boetticher, son las características de una puesta en escena a la que con seguridad le falta inspiración, pues no hallaremos ninguno de los elementos que distinguen un buen western de uno excelente, pero no oficio, al margen de que lo expuesto puede ser tópico, pero no banal: los diálogos no se salen de lo establecido, pero no caen en lo trillado, y Boetticher, que como todos los directores del mundo había estudiado las películas de John Ford, mueve la cámara lo justo, dosifica los primeros planos y satisface las expectativas de cualquier aficionado al western cuando las pistolas hablan. De hecho, la escena en la que Dan acude al rancho de Hardin, en el que mantienen a su hermano secuestrado y bajo torturas, no sólo es de las mejores de la película, sino que creo que sería del gusto del maestro. Otro punto a favor de la película es que evita el maniqueísmo, al menos por uno de los dos lados: los buenos (Neil y sus padres, sobre todo) son inmaculados en lo moral, pero Boetticher se abstiene de mostrar a Dan Hammond como un desalmado, o a Lorna Hardin como una arpía sin sentimientos que sólo adora la riqueza y es la culpable de la corrupción del antiguo soldado. El film huye de lo simplista en este aspecto, lo que es de agradecer, aunque hay malvados puros, como Cord Hardin o Dandy.
A título de anécdota, señalar que figura como coautor de la banda sonora uno de los grandes compositores de la historia del cine, Henry Mancini, en el que fue su segundo trabajo para la gran pantalla, si bien es justo señalar que su labor pasa desapercibida, y que el aspecto musical no tiene excesiva relevancia en la película.
Encabeza el elenco un valor seguro como Robert Ryan, excelente intérprete que se presta a la perfección para mostrar las diferentes aristas de un personaje ambiguo, en el que podemos apreciar su desencanto por la derrota militar, su inmediata atracción hacia Lorna, el rechazo que le produce volver al redil y al lugar que la sociedad le tiene reservado, o cómo le vence la codicia no sólo por lo que Ryan dice, sino por lo mucho que es capaz de comunicar a partir de una gestualidad en apariencia lacónica. Julie Adams, una belleza que en su juventud lució sobre todo en el western, no es que tenga un papel especialmente rico en matices, pero sí logra ir más allá de la víbora codiciosa y sin escrúpulos, o de los roles absolutamente pasivos reservados a las actrices en esta clase películas. Rock Hudson, en plena ruta hacia el estrellato, está correcto, pero lejos del desempeño de su hermano en la ficción. Cabe mencionar a una ilustre galería de secundarios, que incluye a un John McIntire algo desaprovechado en el papel de patriarca impoluto, a un Raymond Burr que sabe hacer a su personaje todo lo repulsivo que es menester, y a un Dennis Weaver, aquí como malvado secuaz del protagonista, que ya en su debut cinematográfico demostró que sus cualidades interpretativas no eran escasas.
Horizontes del Oeste es un buen western, que entretiene, va al grano y no se queda en lo meramente funcional. Boetticher llevaría más lejos sus habilidades en el género en obras posteriores, pero aquí rayó a buena altura.