
THE WILD BUNCH. 1969. 143´. Color.
Dirección: Sam Peckinpah; Guión: Walon Green y Sam Peckinpah, basado en un argumento de Roy N. Sickner y Walon Green; Director de fotografía: Lucien Ballard; Montaje: Lou Lombardo; Música: Jerry Fielding; Dirección artística: Edward Carrere; Producción: Phil Feldman, para Warner Bros.-Seven Arts (EE.UU.).
Intérpretes: William Holden (Pike Bishop); Ernest Borgnine (Dutch Engstrom); Robert Ryan (Deke Thornton); Edmond O´Brien (Sykes); Warren Oates (Lyle Gorch); Ben Johnson (Tector Gorch); Jaime Sánchez (Ángel); Emilio Fernández (Mapache); Albert Dekker (Harrigan); Strother Martin (Coffer); L.Q. Jones (T.C.); Bo Hopkins (Crazy Lee); Dub Taylor, Paul Harper, Jorge Russek, Alfonso Arau, Chano Urueta, Elsa Cárdenas, Bill Hart, Rayford Barnes, Steve Ferry, Sonia Amelio, Aurora Clavel, Enrique Lucero, Elizabeth Dupeyrón.
Sinopsis: Un grupo de forajidos atraca la oficina postal de una pequeña villa al sur de Texas. Cazarrecompensas a sueldo de la compañía del ferrocarril les tienden una emboscada y deben huir con el botín.
Luego de la agridulce experiencia que le supuso Mayor Dundee, de algún proyecto frustrado y de un par de trabajos alimenticios para la televisión, Sam Peckinpah regresó a su terreno favorito, el western, con Grupo salvaje, film visceral que definió para siempre su estilo y marcó como pocos el devenir posterior del género. Recibida en su momento con hostilidad por su desgarrador nihilismo y sus elevadas dosis de violencia, que le valieron al director el sobrenombre de Bloody Sam, la película, de rodaje difícil, contó desde el principio con fervientes defensores, entre los que se incluyó un jovencísimo Martin Scorsese. El tiempo situó Grupo salvaje como un western capital, que a mi juicio se encuentra entre los mejores de todos los tiempos y que influyó en el cine posterior de un modo tan acusado como incuestionable.
Grupo salvaje es violencia, poesía, amistad, traición, humor primario, instinto, alcohol, libertad y muerte. Es también la crónica del fin de una época, una declaración de amor a México y una exaltación de un código moral moderno de puro reaccionario, pero es, sobre todo, una lección de cine, que empieza con una de las mejores escenas de créditos que uno haya visto jamás. En ella, prodigio de montaje paralelo, junto a la identificación de quienes intervienen en la película, se alternan tres acciones simultáneas: un grupo de veteranos soldados entra en un pequeño pueblo, en el que se celebra un mitin del Movimiento por la Templanza, una organización antialcohólica. Los soldados cabalgan hacia el banco, pero algo extraño sucede, porque un grupo de pistoleros les vigila desde las azoteas de los edificios contiguos: no tardamos en descubrir que los soldados no son tales, sino forajidos, y que quienes les han preparado la trampa son cazadores de recompensas contratados por la compañía ferroviaria. En mitad de estos tres focos de la acción, una escena que dice muchas cosas, no sólo sobre la película, sino sobre la condición humana: mientras los falsos soldados atraviesan a caballo el pueblo, unos niños se divierten viendo cómo una colonia de hormigas devora a unos alacranes que intentan, en vano, defenderse; consumado el desenlace, los muchachos prenden fuego a los insectos. Este detalle, que no estaba en el guión escrito por Peckinpah y Walon Green, fue una idea de Emilio El Indio Fernández, que interpreta a uno de los personajes más importantes de la película. En mitad del atraco, que al principio se desenvuelve de un modo pausado, aparece en los créditos el nombre de Sam Peckinpah al tiempo que el líder de la banda de forajidos, Pike Bishop, pronuncia, en referencia a los rehenes, una de las frases icónicas del film: «Si se mueven, mátalos». Qué mejor carta de presentación. Cuando se disponen a salir con el botín, los ladrones descubren que les han tendido una emboscada, y planean huir del lugar mezclados con los miembros de la agrupación antialcohólica, que desfilan por la localidad como conclusión de su acto. Lo que sucede a continuación es un furioso estallido de violencia, en el que las balas acaban con la vida de varios de los protagonistas de la triple acción, aunque la mayoría de los atracadores consigue huir con el botín. Una vez a salvo, y mientras algunos de los forajidos cuestionan el reparto impuesto por su jefe, descubren que la emboscada ocultaba una última sorpresa: en las bolsas que tantas vidas habían costado no había monedas de oro, sino arandelas de hojalata. Superada la estupefacción inicial, la reacción de los forajidos es reír a carcajadas.
He aquí la descripción de un inicio perfecto. ¿Decae la película a partir de aquí? No. Se templa, e introduce escenas que nos permite conocer a los distintos personajes y la relación que existe entre ellos, conocer la situación del México prerrevolucionario una vez los forajidos consiguen cruzar la frontera, y plantear el desenlace mientras continúa la persecución, a la que se une un destacamento del ejército después del robo de las armas que los inexpertos soldados custodiaban durante un viaje en ferrocarril. Pero ahora hay que hablar de la técnica, porque en Grupo salvaje la acción y la violencia se retratan de una forma jamás vista antes, no sólo por lo explícito: Peckinpah filmó los tiroteos utilizando varias cámaras que rodaban a distinta velocidad, se apoyó en la eficaz labor del inexperto Louis Lombardo para elaborar un montaje sincopado, utilizó con profusión la cámara lenta, recurso luego imitado por varias generaciones de cineastas, y con todo ello consiguió generar lirismo a partir de la recreación fiel de la violencia más extrema. El trabajo de los especialistas, siempre difícil, es aquí muy meritorio, y para ello sólo hay que ver la escena que describe, mediante un plano general fijo, una vez más a cámara lenta, el hundimiento del puente en el que Deke Thornton, antiguo compinche de Pike ahora al mando del grupo de cazarrecompensas que les persiguen a él y a sus hombres, y su pequeña banda de cazarrecompensas caen al agua. Lucien Ballard, que ya había estado a las órdenes de Peckinpah en la seminal Duelo en la alta sierra, realizó el mejor trabajo de su carrera, pródigo en la utilización de filtros y en el que la épica del Oeste se mezcla con un enfoque más oscuro, que entronca con el espíritu de un film que, como se ha mencionado, es también la crónica del fin de una época, del Far West a la antigua usanza. De ahí que a esta película, y a casi todo el western de los años posteriores, le vaya asociado el calificativo de crepuscular. La música de Jerry Fielding, con un tema principal vigoroso y muchas influencias de las melodías tradicionales mexicanas, representa también un punto álgido en la trayectoria de este compositor.
Y hay que hablar del final, porque hay mucho más en él que la orgía de sangre y violencia ciega que vemos en la pantalla. Pike y sus hombres tienen en su poder el dinero pagado por el caudillo con ínfulas de general llamado Mapache, a cambio de proporcionarle las armas robadas en el ferrocarril. Podrían huir, o establecerse para pasar en paz sus útimos años, pero les falta Ángel, el miembro mexicano del grupo, que ha sacrificado su parte del oro para entregar una de las cajas de armamento a sus míseros paisanos, y que así puedan hacer frente a déspotas como Mapache, quien averigua el destino de los rifles que le faltan y ha tomado al responsable del robo como rehén. La actitud de Dutch, el fiel escudero de Pike, cuando el dictadorzuelo hace que capturen a Ángel, parece decirnos que sus compañeros le van a abandonar a su suerte (la amistad traicionada, un tema fundamental en la obra de Peckinpah, que el director experimentó en carne propia en el montaje final y el estreno de la película con el productor Phil Feldman, adopta el rostro de Ángel cuando ve que su compañero marcha dándole la espalda), pero ellos no son así: sin hablar, y después de una noche en el prostíbulo local que tiene sabor a despedida, cogen sus armas y marchan a pie (otra secuencia icónica que no estaba en el guión, y que ha pasado a la historia del cine como un monumento a la lealtad) con el único fin de que Mapache les devuelva a su compañero, por las buenas o por las malas. Y el resto, pertenece a la leyenda, no al modo fordiano, sino tomando la forma de un aullido nihilista.
Los rodajes de Sam Peckinpah no fueron nunca pacíficos, y el de Grupo salvaje no fue una excepción. Al igual que sabía manejat muy bien la tensión como director, aprovechó este elemento para extraer de su fenomenal reparto algunas interpretaciones mayúsculas, empezando por la de su protagonista, un William Holden que, a pesar del declive que experimentaba por entonces su carrera, lució como una verdadera estrella a través de un personaje en el que se funden virilidad, esencia trágica, vigor y melancolía, sin que le falte un punto de humor. Sobre el papel, Pike Bishop era un personaje espléndido, pero hacía falta un gran actor como Holden para que el público lo sintiera tan cercano. El trabajo de Ernest Borgnine, que da vida a Dutch, el más fiel secuaz de Pike, es sobresaliente, no hay mucho más que añadir, sino disfrutar de lo que hace en pantalla este actor formidable. Robert Ryan, rostro emblemático del cine más vigoroso, presta su lacónica y poderosa presencia a Deke Thornton, el traidor por obligación que persigue a su antiguo compañero a cambio de un indulto penitenciario. Consumada la masacre, su imagen final, sentado en el suelo tras haber recuperado la pistola de Pike a modo de póstumo homenaje, es otro de los momentos memorables de la película. Más allá de este trío, la labor de Warren Oates y Ben Johnson, los hermanos que completan el grupo de forajidos, no desmerece la de sus compañeros, Jaime Sánchez hizo aquí el papel de su vida, Edmond O´Brien deja claro por qué es uno de los grandes secundarios de Hollywood, Emilio Fernández da vida de forma convincente a un miserable tirano, y Albert Dekker simboliza a la perfección el abuso de poder al modo capitalista como jefe de la empresa del ferrocarril. Strother Martin y L.Q. Jones, dos habituales en el cine de Peckinpah, imprimen carácter a los dos cazarrecompensas más relevantes del grupo capitaneado por Thornton, y la abundante presencia de intérpretes mexicanos da autenticidad a la película.
Una verdadera joya. Si me hacen la socorrida pregunta de qué películas me llevaría a una isla desierta, Grupo salvaje, la obra maestra de Sam Peckinpah, es, sin lugar a dudas, una de ellas. Me pareció magnífica cuando, hace muchísimos años, la vi por primera vez, y hoy, después de algunas revisiones, opino lo mismo.