JAIME URRUTIA: LA FUERZA DE LA COSTUMBRE

JAIME URRUTIA: LA FUERZA DE LA COSTUMBRE. 122´. Color.

Dirección : Carlos Duarte-Quin; Guión y supervisión musical: Carlos Duarte-Quin, Esteban Hirschfeld, Jaime Urrutia; Dirección de fotografía : Kike Hernández, Luis Castro;  Montaje : Jorge Flames; Diseño musical: Soundub; Música: Jaime Urrutia, Gabinete Caligari. Producción: Juan Carlos Duarte-Quin, para Desolatría Films (España).

Intérpretes: Jaime Urrutia, Enrique Bunbury, Andrés Calamaro, Ariel Rot, Luis Eduardo Aute, Alaska, Eva Amaral, Loquillo, Ana Belén, Alberto García Alix, Pereza, Carlos Goñi, Aurora Beltrán, Dr. Explosion, Andy Chango, Esteban Hirschfeld, Paloma Urrutia.

Sinopsis: Documental que explica la trayectoria musical y vital del cantante y compositor madrileño Jaime Urrutia.

Pienso desde hace años que Jaime Urrutia, el que fuera durante 18 años voz y líder de Gabinete Caligari, es un personaje a reivindicar. Y a eso precisamente se dedica este documental, a la reivindicación de un músico auténtico, de la vieja escuela, que no tiene nada que ver con ciertos niñatos prefabricados que en estos tiempos se dedican a pontificar sobre todo y sobre todos.

Es curioso, pero a mí empezó a gustarme Gabinete Caligari justo cuando su fama declinó. Un compañero de universidad me dejó Cien mil vueltas, disco que me gustó por las mismas razones que años antes hicieron que me gustaran los discos de Radio Futura: letras pulidas, precisas y con contenido, envueltas en un traje musical sencillo, pero nada desdeñable. Lamentablemente, el propio documental olvida ese disco, al que apenas se menciona, y que aún hoy me parece muy bueno, pues contiene temas excelentes, como Viaje al Averno, Lo mejor de ti, Queridos camaradas y el propio tema-título, notable muestra de filosofía pura con lenguaje torero (dos de las más interesantes características del biografiado) en poco más de tres minutos. A partir de ahí, seguí investigando, y me he encontrado con que Urrutia es responsable de al menos una docena de canciones que sobrepasan en bastante el nivel medio del rock español desde la famosa movida hasta el día de hoy.

Se trata de un film narrado en primera persona, en el que Urrutia explica, se explica y deja grandes frases, dedicadas por ejemplo a su propia chulería o a los rockeros de vida sana y alergia al exceso. Además, desfilan por la pantalla amigos y compañeros de viaje, con especial protagonismo para un trío de personalidades carismáticas del rock en español, como son Loquillo (muy acertada su reflexión sobre el vocabulario taurino), Enrique Bunbury y Andrés Calamaro. Se echa en falta la presencia de los otros miembros de Gabinete Caligari, Ferni Presas y Edy Clavo, pero es obvio que la separación del grupo no fue nada amistosa y las heridas aún no han cicatrizado. Igualmente, considero que sus palabras hubieran aportado mucho a un documental interesante, pero que a mi entender tiene un problema: a la hora de sincronizar la música con las voces de los protagonistas, cuando éstas coinciden, a veces aquélla suena demasiada alta y cuesta entender las palabras de los que intervienen. Pese a ello, las dos horas de metraje no se hacen largas, y la película nos ofrece una rara posibilidad de entender un poco mejor el rock español, visto desde dentro por una de sus figuras señeras.

AMADEUS

AMADEUS. 1984. 160´. Color.

Dirección : Milos Forman; Guión: Peter Shaffer, basado en su propia obra de teatro; Director de fotografía : Miroslav Ondricek;  Montaje : Michael Chandler, Nena Danevic; Diseño de producción: Patrizia Von Brandenstein; Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Dirección artística: Karel Cerny; Diseño de vestuario: Theodor Pistek; Producción: Saul Zaentz, para Orion Pictures (EE.UU).

Intérpretes: F. Murray Abraham  (Antonio Salieri); Tom Hulce (Wolfgang Amadeus Mozart); Elizabeth Berridge (Constanze Mozart); Simon Callow (Schikaneder); Roy Dotrice (Leopold Mozart); Christine Ebersole (Katerina Cavalieri); Jeffrey Jones (Emperador José II); Charles Kay (Conde Orsini-Rosenberg); Kenny Baker, Lisabeth Bartlett, Vincent Schiavelli, Richard Frank.

Sinopsis: Recluido en un psiquiátrico, el anciano compositor Antonio Salieri explica a un sacerdote su historia, que es también la del genial compositor Mozart, a quien envidió, admiró y, según confesión propia, asesinó.

Pocas veces, en especial en los últimos treinta años, la película vencedora en la ceremonia de los Oscars es efectivamente, una gran película. Amadeus lo es, desde la primera escena a la última, que por cierto son dos de las mejores escenas del film. El dramaturgo Peter Shaffer hizo la adaptación de su propia obra teatral, el checo Milos Forman dirigió el complicado asunto, y el resultado de todo ello es una obra cinematográfica importante, quizá la definitiva sobre el genio, la envidia y (agárrense) la relación del ser humano con Dios. La elección de ambos artistas no pudo ser más acertada: nadie como Shaffer podía adaptar mejor un texto que, como una cebolla, sugiere cosas nuevas a medida que se desmenuza. Forman, prestigioso cineasta que venía de dirigir su mejor película hasta entonces (Ragtime) no sólo es un director de gran calidad, capaz de llevar a buen puerto una gran producción, sino que su origen centroeuropeo y su cultura musical le hacían idóneo para el proyecto.

Música de Mozart, buen director, gran texto adaptado por el propio autor… ¿qué podía fallar? Muchas cosas, como siempre ocurre tratándose de una producción importante. Para evitarlo, el productor gastó su dinero en contratar a profesionales de reconocida valía en los apartados técnicos, como Miroslav Ondricek o Patrizia Von Brandenstein, cuyo trabajo es sencillamente espectacular, para darle credibilidad a una historia de época en la que la ópera y las escenas palaciegas ocupan un lugar destacadísimo. A la hora de escoger el reparto, los responsables del film tuvieron el valor de elegir actores poco o nada conocidos y, en general, dieron en el clavo. La interpretación que realiza F. Murray Abraham del mediocre compositor Salieri ha pasado con justicia a la historia de la actuación cinematográfica, pues enriquece y llena de matices un personaje de por sí riquísimo. Decía Hitchcock que cuanto mejor es el malo, mejor es la película, y en este caso, como en muchos otros, acierta de lleno. Tom Hulce realizó el papel de su vida incorporando al genial, excesivo e histriónico Mozart, cuya risa histérica permanece como uno de los aspectos más recordados del film. Excelentes actores como Simon Callow o Jeffrey Jones recrean con acierto a personajes episódicos pero muy importantes. En cambio, la interpretación de Elizabeth Berridge como la esposa de Mozart es muy pobre en comparación con las anteriores, aunque su trayectoria tiene un significativo punto en común con la del dúo de protagonistas: todos ellos quedaron identificados de por vida con los personajes que interpretaron en esta película, y sus carreras cinematográficas nunca volvieron a asomarse a cimas tan altas.

Repito: nunca en el cine se han tratado con mayor brillantez la envidia, el genio y la absoluta arbitrariedad con la que vaya usted a saber quién reparte estos atributos. El rostro del respetado compositor imperial Salieri cuando descubre que el excelso músico al que admira es un adolescente de gustos y gestos vulgares, hormonas hiperactivas y excesiva afición por el alcohol y el humor escatológico, lo dice todo. “¿Por qué él, Señor, y no yo, que siempre te fui leal?”. La escena en la que Salieri arroja un crucifijo al fuego nos dice que ya ha dado con la respuesta. Su verdadero drama no es tanto la genialidad de Mozart enfrentada a su mediocridad, sino el hecho de ser, a causa de su inmenso amor por la música y sus grandes conocimientos en la materia, el único de sus contemporáneos realmente capacitado para apreciar ambas cosas. Ése es el auténtico castigo de Dios, y por eso Salieri decide luchar contra Él en la persona de Mozart, trazando un retorcido pero exitoso plan para destruir al genio más aún de lo que los propios defectos y vicios de éste, y su actitud libre en un mundo absolutamente encorsetado y opresivo, hagan al respecto y precipiten su caída en desgracia. Es preciso mencionar que la fidelidad a los hechos históricos es escasa, pero pocas veces esta circunstancia me ha importado menos a la hora de valorar un film. ¿Qué importa que Salieri no encargara a Mozart que compusiera el Réquiem, si la escena en la que lo coescriben es fantástica? Otros muchos detalles de la película son históricamente discutibles, cuando no directamente falsos, pero, como decía Miles Davis, otro músico incomparable, So what?

 

LA ESCORIA

Por si no lo saben, Charlie Hebdo es una publicación satírica francesa. En su último número, que han titulado Sharia Hebdo, colocaron en portada una caricatura del profeta Mahoma, a quien han nombrado redactor jefe de la revista para mostrar su alegría (que comparto, quede claro) por la victoria islamista en las elecciones tunecinas. La respuesta de los defensores de la paz, la concordia, la libertad de expresión y la tolerancia consistió, primero, en un ataque informático contra la web de la revista, en cuya página colocaron una imagen de La Meca y un vomitivo mensaje que decía algo así como: “No hay más Dios que Alá”. No contentos con eso, anoche lanzaron un cóctel Molotov contra la redacción de la revista, provocando graves daños materiales y, supongo que lastimosamente para ellos, ninguna víctima mortal. Ante hechos de este calibre uno puede mirar hacia otro lado, lo que le convierte en cómplice. Yo no quiero serlo, y pienso que la escoria fundamentalista ha de ser erradicada de Europa antes de que ella haga lo mismo con nosotros e imponga su credo de violencia e ignorancia, como ha hecho en muchas naciones y está haciendo hoy en otras. Sé positivamente que no todos los musulmanes pertenecen a esa calaña. Me refiero a quienes, estando entre nosotros, utilizan sus energías para destruirnos. No son pocos, y han de ser combatidos (por los musulmanes que no son de su cuerda y por todos los demás), igual que se combate un virus.

MILES ELECTRIC: A DIFFERENT KIND OF BLUE

MILES ELECTRIC. A DIFFERENT KIND OF BLUE. 2004. 87´. Color-B/N.

Dirección : Murray Lerner; Guión: Murray Lerner; Dirección de fotografía : Kramer Morgenthau, Henry Adebonojo, Nicholas Doob, Bob Elfstrom;  Montaje : Edward Goldberg, Pagan Harleman, Einar Westerlund; Diseño musical: Gautam Choudhury; Música: Miles Davis. Producción: Murray Lerner, para Eagle Rock Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Miles Davis, Gary Bartz, Keith Jarrett, Chick Corea, Ayrto Moreira, Dave Holland, Jack De Johnette, Dave Liebman, Herbie Hancock, Carlos Santana, Joni Mitchell, Stanley Crouch, James Mtume, Bob Belden.

Sinopsis: Documental sobre el paso de Miles Davis a la música eléctrica a finales de los 60. Incluye la actuación íntegra que su grupo realizó en el Festival de la Isla de Wight de 1970.

A mediados de los años 60, Miles Davis era la gran estrella del planeta jazz. Lideraba un quinteto formado por Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams, quizá una de las mejores bandas de la historia (no me ciño al jazz), y cualquier cosa que hiciera era reverenciada por la crítica y el público jazzísticos. Pero en aquellos años de extraordinaria riqueza cultural todo se movía en todas direcciones, Miles (influido por Betty Mabry, su esposa de entonces) descubrió el funk y el rock, escuchó con detenimiento a James Brown, Sly & The Family Stone y Jimi Hendrix, y vio que su música tenía que cambiar. El documental de Lerner narra este proceso creativo, con especial énfasis en el momento cumbre a nivel popular de aquella etapa, la actuación en la isla de Wight, ante unas 600.000 personas, celebrado el verano de 1970. Montaje frenético en la filmación del concierto para una música abstracta que en cuestión de segundos pasa del lirismo a la psicodelia, interpretada por unos músicos de extraordinario talento, con una libertad poco vista en un escenario hasta entonces (ni después). Dos discos fundamentales ilustran este período: In a silent way y Bitches Brew, en su momento el disco de jazz más vendido de la historia. ¿O no era jazz? Muchos críticos del género denostaron el experimento y decían que Miles se había vendido y ya no tocaba jazz. El documental nos ofrece el testimonio de uno de ellos, Stanley Crouch. Quizá él y los suyos tuvieran razón. Personalmente, no sé si aquello era jazz o no. Sé que, como dice uno de los entrevistados en la película, una vez te dejas atrapar por esa música (de la que surge todo el jazz-rock de los 70, entre otras cosas), ya no te suelta. El género es lo de menos. “Call it anything“, decía Miles Davis con su arrogancia característica, ésa que le dio la valentía para cambiar, experimentar y crear una música libre que era a la vez intemporal y rabiosamente de su tiempo, antes de sumirse en un período de oscuridad personal del que tardó años en resurgir.

La película está estructurada en tres partes: qué llevó a Miles Davis del trono del jazz a la isla de Wight, el propio concierto, y el análisis de todo ello que realizan quienes fueron sus protagonistas, desde el escenario (Jarrett, Corea, Moreira, Bartz, Holland y De Johnette), desde la admiración (Carlos Santana, Herbie Hancock, Joni Mitchell) o desde el rechazo (Stanley Crouch). Todos ellos hablan de aquella música; durante los 38 minutos que dura el concierto, es ella la que habla. Y dice muchas, muchas cosas, a quien quiera oírlas.

EL LABERINTO GRIEGO

Por si la cosa no estuviera ya liada, el primer ministro griego, Yorgos Papandreu, ha sorprendido a propios y extraños anunciando la convocatoria de un referéndum en su país sobre la aceptación o no del rescate europeo (y sus consecuencias colaterales) acordado la semana pasada. Aunque se me escapa la risa al ver las caras que les han quedado a nuestros muy democráticos (quería decir despóticos) líderes ante la posibilidad de que las víctimas de sus políticas puedan opinar de forma vinculante respecto a ellas, la iniciativa de Papandreu me parece absurda, por cuanto buena parte de los recortes previstos ya están hechos, y aplicándose. Que además se haya tomado justo ahora, sin comunicarla previamente ni a los miembros del gobierno ni a los del muy dividido PASOK, y coincidiendo con el relevo de toda la cúpula militar del país, resulta como mínimo sospechoso. Y tal como está el patio, la pregunta más honesta que debería hacérsele a los griegos es: “¿Preferís lo horrible conocido, o lo peor por conocer?”.

QUEEN: DAYS OF OUR LIVES

DAYS OF OUR LIVES. 2011. 110´. B/N-Color.

Dirección : Matt O´Casey; Guión: Matt O´Casey; Dirección de fotografía : Ric Clark;  Montaje : Christopher Bird, Matt Seccull; Diseño musical: Peregrine Andrews; Música: Queen. Producción: Simon Lupton y Rhys Thomas, para Globe Productions-BBC (Reino Unido).

Intérpretes: Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor, John Deacon, Reinhold Mack, Fred Mandel.

Sinopsis: Documental que repasa la trayectoria musical de Queen desde la formación de la banda, en 1971.

Empezaré por decir que mi valoración sobre esta película ha de ser necesariamente poco objetiva, porque he sido fan de Queen desde la EGB, sigo siéndolo, y les considero una de las mejores bandas de rock que he oído jamás. Aclarado este punto, el documental es espléndido, pues en algo menos de dos horas repasa, con la pulcritud técnica y la calidad que uno espera de la BBC, los cuarenta años de historia de Queen, explicados por sus propios protagonistas y con abundante material que hasta ahora permanecía inédito. Rock and roll en estado puro, llegado directamente desde épocas en las que la relevancia social y musical del rock eran incomparablemente mayores que ahora. Cuatro mentes creativas muy diferentes pero complementarias, una de esas grandes bandas en la que el conjunto era mucho más que la suma de los factores. Desde los duros comienzos hasta la cima del mundo, del hedonismo y la megalomanía más absolutos a tener que enfrentarse a la enfermedad y la muerte de Freddie Mercury. Siempre excesivos, siempre únicos (en lo bueno y en lo malo), autores de muchas canciones que forman parte de eso que muchos denominan, con suma cursilería, “la banda sonora de mi vida”. Risas, nudos en la garganta y mucha, mucha música. Todo ello explicado (el montaje es excelente, por cierto) con rigor y en orden cronológico. Imprescindible para cualquiera que esté interesado en la música de Queen, y en la historia del rock en general. Si además se es fan de la banda, el goce se multiplica. Lo dicho, God save the Queen.

LA PÍLDORA NÚMERO ONCE

Pues eso, nueva pildorita al canto. Una advertencia al lector: si nunca ha entrado en una discoteca y se ha sentido como un pulpo en un garaje, espere a la siguiente píldora…

MÚSICA DE BAILE

“Bailando a lo bestia/yo soy el primero/y pego unos saltos/que llego hasta el techo”.                                                       FERNANDO ESTESO, Bellotero pop

Del mismo modo que existen vendedores de seguros que cuando llega la noche sustituyen los pantalones de pinzas y los mocasines por minifaldas de cuero y botas de plataforma, también existen discotecas que, a ciertas horas de la madrugada, pasan de ser el hogar del prejubilado alegre a convertirse en templos de la música electrónica. Son las seis de la mañana y acabo de salir de uno de esos lugares. ¿Que qué pinto yo (un ex heavy reconvertido al jazz cuya indumentaria está tan a la última como los modelitos de Doris Day en Pijama para dos) en semejante tipo de antros tan alejados de mi vida y costumbres? Pues no mucho, la verdad. Yo estaba en un pub irlandés, saboreando los últimos tragos de mi segunda pinta de Guinness y todavía relamiéndome pensando en la tremenda cena (foie, bacallà a l´all cremat y peras al vino) que acababa de zamparme cuando mi compañero de comidas pantagruélicas y noctambuladas varias, que se hallaba en plena planificación de lo que quedaba de noche -pensando seguramente en el lugar más idóneo para dedicarse al sanísimo deporte de desflorar a alguna muchacha en flor-, empezó a intercambiar saludos y palmadas en la espalda con tres tipos que resultaron ser ex compañeros suyos de facultad. Cuando al cabo de media hora nos echaron del pub, uno de aquellos sujetos dijo que en cierta sala de esas de las que les hablaba al principio había un par de camareros amigos suyos, lo que suponía al menos un cubata gratis. Yo hubiera preferido un par de camareras, pero no pagar la dosis de ginebra tampoco era mal negocio, y como en algún lugar tendríamos que matar la noche, fuimos para allá sin hacer más preguntas.

Entramos sin dificultad, cosa que me extrañó vista la cara de bulldog hambriento del portero de la discoteca. Una vez dentro, no tardé en comprobar, para mi desilusión, que aquel sitio estaba bastante lejos del desparrame ibicenco que los profanos solemos asociar a este tipo de lugares y músicas. Luz tenue, barra kilométrica donde empezar a buscar esos cubatas gratis, chill out soso pero no demasiado molesto (uno que pensaba que en estos sitios siempre suena Orbital) y una hilera de sofás que estaban pidiendo a gritos un uso más gamberro. De no ser por la gente que bailaba hubiera creído que estaba en la Filmoteca, o lo que es peor, en la presentación de un libro de poemas. Necesitaba con urgencia la primera dosis de ginebra, y fui por ella moviéndome entre un maremágnum de gafitas de intelectual y chicas sin carne con pinta de haberse tragado toda la filmografía de Antonioni sin pestañear. Ya en la barra, tropecé con una antigua compañera de trabajo que pedía su consumición rodeada de un cuarteto de pollas al parecer bien amaestradas y de un coño que no despertó en mí ningún interés. La chica (diría su nombre si fuera capaz de recordarlo) era una visitante asidua del local que en un par de minutos me puso al corriente de la situación. En la cabina, un par de tíos de Belle & Sebastian pincharían música para combatir el insomnio hasta que, a eso de las cuatro –aún quedaba cerca de una hora-, el DJ residente de la sala tomara el mando de las operaciones y animara algo el cotarro, lo cual no era muy difícil. Conseguido mi gin-lemon, volví junto a mis acompañantes. Nuestro anfitrión ya iba por el segundo cubata y empezaba a vocalizar con dificultad. “No tardará mucho en caer”, pensé mientras él abordaba a un par de chicas despistadas sólo porque eso es lo que se supone que un machito que se precie debe hacer en sitios como aquel. Un cubata después el tipo se hundió del todo y uno de sus amigos tuvo que llevarle a rastras hacia la salida. Nos quedamos, en medio de la pista pero sin mover un músculo, mi compadre, un servidor y  el superviviente del terceto. Había que hacer algo para combatir el aburrimiento, así que decidimos inventar un bailecito que consistía básicamente en acompañar los cambios de ritmo de la música (uno cada cinco minutos, más o menos) con unos cuantos movimientos sacados del extenso repertorio de Tony Manero. Para nuestra sorpresa, al mirar a nuestro alrededor notamos que otros desorientados se habían sumado a nuestro baile. ¿Tan grande era su aburrimiento? ¿Reían con o de nosotros? Qué más daba, nosotros reíamos. Por una vez. De ellos y de nosotros.

7.000 MILLONES

En uno de esos alardes de idiocia tan propios de ésta y de todas las épocas, la parte menos informada del mundo celebra el nacimiento de una niña filipina que, según dicen, es el ser humano número siete mil millones del planeta Tierra. Para empezar, la cifra es falsa, pues no tiene en cuenta a los muchos miles de personas no censadas que viven (o malviven, más bien) en distintos países. Es decir, que aún somos muchos más. En mi opinión, se trata de una pésima noticia que debería hacer pensar a los doctores de esta Iglesia, si es que los hay, en adoptar de una vez medidas serias contra la superpoblación a escala mundial, aunque sea a costa de enfrentarse en serio a la lacra de las grandes (y no tan grandes) confesiones religiosas, y a la ignorancia de la gran mayoría. O hacemos eso o, vistas la escasez de recursos (empezando por los energéticos) y la pésima distribución de los mismos, la fiesta no va a durar mucho, salvo milagro venido no del cielo, sino del progreso técnico. Me temo que esa niña filipina verá, si vive el tiempo suficiente, cómo suceden en la Tierra cosas terribles que hoy apenas sospechamos.

KRUGMAN, OTRA VEZ

Por tercera vez, y por su indudable interés, reproduzco un artículo del economista Paul Krugman, voz de los puteados del mundo con eso de la crisis, publicado en el diario El País.

“Islandia, el camino que no tomamos

Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.

Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.

La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.

Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el “hada de la confianza”. Bueno, vale, era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la “consolidación fiscal”.

Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).

Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.

Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.

Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.

Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.

¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. “Las cosas podrían haber ido mucho peor” puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.

Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera.”

MICHEL PETRUCCIANI

MICHEL PETRUCCIANI. 2011. 98´. B/N-Color.

Dirección : Michael Radford; Guión: Michael Radford; Dirección de fotografía : Sophie Maintigneux;  Montaje : Yves Deschamps; Diseño musical: Olivier Le Vacon; Música: Michel Petrucciani. Producción: Réjane Michel y Catherine Grel, para Les Films d´Ici (Francia).

Intérpretes: Michel Petrucciani, Tony Petrucciani, Eugenia Morrison, George Wein, Dr. Georges Finidori, Alain Brunet, Joe Lovano, Judi Silvano, John Abercrombie.

Sinopsis: Documental sobre la vida del pianista de jazz francés Michel Petrucciani.

Felicito a Michael Radford por haber realizado un documental sobre un pianista de jazz perfectamente disfrutable incluso si no te gusta ese estilo musical. De hecho, el director británico ha confesado que no conocía a Petrucciani cuando le ofrecieron rodar la película, factor que en principio debería ser un problema y se convierte casi en virtud. Esta frase resume también la vida del biografiado, quien, pese a padecer una minusvalía severa que llevaba aparejado el enanismo, supo convertirse en un pianista creativo y genial, hasta el punto de ser el primer jazzman europeo contratado por Blue Note, quizá el sello discográfico más emblemático del jazz norteamericano, y de llegar a ser conocido y admirado por muchas estrellas del género tras cruzar el Atlántico.

El film explica la vida del músico francés de forma lineal, incluye muchas declaraciones del propio protagonista, y se centra en tres puntos básicos: la enfermedad, la música y la vida amorosa del pianista, que por cierto fue bastante agitada. La primera marcó su vida, sin duda, aunque Petrucciani tuvo el mérito de negarse a ser un minusválido y dedicarse a vivir igual que tocaba, con rapidez e intensidad. Por la pantalla desfilan familiares, ex-mujeres, doctores y compañeros de profesión, y todos ellos aportan diferentes puntos de vista, a veces contradictorios entre sí, sobre la exagerada y corta vida del virtuoso francés. No se esconde la cara oculta del personaje, su egoísmo, sus coqueteos con las drogas o su forma de utilizar a la gente que le rodeaba, pero la película tampoco se recrea demasiado en eso, en contra de las modas de la época, porque lo importante es la música, la creatividad de un hombre que medía la mitad que casi todos y vivió el doble que la gran mayoría pese a morir con tan sólo 36 años. El film, muy completo y realizado con extrema pulcritud, está para mí resumido en una frase del guitarrista John Abercrombie (con quien Petrucciani grabó el magnífico tema One for us): “Hay gente que vive 80 ó 90 años y no produce nada. Mira todo lo que él hizo, sin llegar a cumplir los cuarenta”.En definitiva, un muy buen documental, que ha supuesto mi primera visita de este año al Festival In Edit, para mí uno de los eventos culturales más interesantes que se celebran en Barcelona a lo largo del año. La prueba de que el film es bueno es que todos los presentes aguantamos la proyección con estoicismo y sin chistar, pese a que el aire acondicionado de la sala se había estropeado y el ambiente era más propio de una sauna que de un festival de cine.