LA PÍLDORA NÚMERO ONCE

Pues eso, nueva pildorita al canto. Una advertencia al lector: si nunca ha entrado en una discoteca y se ha sentido como un pulpo en un garaje, espere a la siguiente píldora…

MÚSICA DE BAILE

“Bailando a lo bestia/yo soy el primero/y pego unos saltos/que llego hasta el techo”.                                                       FERNANDO ESTESO, Bellotero pop

Del mismo modo que existen vendedores de seguros que cuando llega la noche sustituyen los pantalones de pinzas y los mocasines por minifaldas de cuero y botas de plataforma, también existen discotecas que, a ciertas horas de la madrugada, pasan de ser el hogar del prejubilado alegre a convertirse en templos de la música electrónica. Son las seis de la mañana y acabo de salir de uno de esos lugares. ¿Que qué pinto yo (un ex heavy reconvertido al jazz cuya indumentaria está tan a la última como los modelitos de Doris Day en Pijama para dos) en semejante tipo de antros tan alejados de mi vida y costumbres? Pues no mucho, la verdad. Yo estaba en un pub irlandés, saboreando los últimos tragos de mi segunda pinta de Guinness y todavía relamiéndome pensando en la tremenda cena (foie, bacallà a l´all cremat y peras al vino) que acababa de zamparme cuando mi compañero de comidas pantagruélicas y noctambuladas varias, que se hallaba en plena planificación de lo que quedaba de noche -pensando seguramente en el lugar más idóneo para dedicarse al sanísimo deporte de desflorar a alguna muchacha en flor-, empezó a intercambiar saludos y palmadas en la espalda con tres tipos que resultaron ser ex compañeros suyos de facultad. Cuando al cabo de media hora nos echaron del pub, uno de aquellos sujetos dijo que en cierta sala de esas de las que les hablaba al principio había un par de camareros amigos suyos, lo que suponía al menos un cubata gratis. Yo hubiera preferido un par de camareras, pero no pagar la dosis de ginebra tampoco era mal negocio, y como en algún lugar tendríamos que matar la noche, fuimos para allá sin hacer más preguntas.

Entramos sin dificultad, cosa que me extrañó vista la cara de bulldog hambriento del portero de la discoteca. Una vez dentro, no tardé en comprobar, para mi desilusión, que aquel sitio estaba bastante lejos del desparrame ibicenco que los profanos solemos asociar a este tipo de lugares y músicas. Luz tenue, barra kilométrica donde empezar a buscar esos cubatas gratis, chill out soso pero no demasiado molesto (uno que pensaba que en estos sitios siempre suena Orbital) y una hilera de sofás que estaban pidiendo a gritos un uso más gamberro. De no ser por la gente que bailaba hubiera creído que estaba en la Filmoteca, o lo que es peor, en la presentación de un libro de poemas. Necesitaba con urgencia la primera dosis de ginebra, y fui por ella moviéndome entre un maremágnum de gafitas de intelectual y chicas sin carne con pinta de haberse tragado toda la filmografía de Antonioni sin pestañear. Ya en la barra, tropecé con una antigua compañera de trabajo que pedía su consumición rodeada de un cuarteto de pollas al parecer bien amaestradas y de un coño que no despertó en mí ningún interés. La chica (diría su nombre si fuera capaz de recordarlo) era una visitante asidua del local que en un par de minutos me puso al corriente de la situación. En la cabina, un par de tíos de Belle & Sebastian pincharían música para combatir el insomnio hasta que, a eso de las cuatro –aún quedaba cerca de una hora-, el DJ residente de la sala tomara el mando de las operaciones y animara algo el cotarro, lo cual no era muy difícil. Conseguido mi gin-lemon, volví junto a mis acompañantes. Nuestro anfitrión ya iba por el segundo cubata y empezaba a vocalizar con dificultad. “No tardará mucho en caer”, pensé mientras él abordaba a un par de chicas despistadas sólo porque eso es lo que se supone que un machito que se precie debe hacer en sitios como aquel. Un cubata después el tipo se hundió del todo y uno de sus amigos tuvo que llevarle a rastras hacia la salida. Nos quedamos, en medio de la pista pero sin mover un músculo, mi compadre, un servidor y  el superviviente del terceto. Había que hacer algo para combatir el aburrimiento, así que decidimos inventar un bailecito que consistía básicamente en acompañar los cambios de ritmo de la música (uno cada cinco minutos, más o menos) con unos cuantos movimientos sacados del extenso repertorio de Tony Manero. Para nuestra sorpresa, al mirar a nuestro alrededor notamos que otros desorientados se habían sumado a nuestro baile. ¿Tan grande era su aburrimiento? ¿Reían con o de nosotros? Qué más daba, nosotros reíamos. Por una vez. De ellos y de nosotros.

7.000 MILLONES

En uno de esos alardes de idiocia tan propios de ésta y de todas las épocas, la parte menos informada del mundo celebra el nacimiento de una niña filipina que, según dicen, es el ser humano número siete mil millones del planeta Tierra. Para empezar, la cifra es falsa, pues no tiene en cuenta a los muchos miles de personas no censadas que viven (o malviven, más bien) en distintos países. Es decir, que aún somos muchos más. En mi opinión, se trata de una pésima noticia que debería hacer pensar a los doctores de esta Iglesia, si es que los hay, en adoptar de una vez medidas serias contra la superpoblación a escala mundial, aunque sea a costa de enfrentarse en serio a la lacra de las grandes (y no tan grandes) confesiones religiosas, y a la ignorancia de la gran mayoría. O hacemos eso o, vistas la escasez de recursos (empezando por los energéticos) y la pésima distribución de los mismos, la fiesta no va a durar mucho, salvo milagro venido no del cielo, sino del progreso técnico. Me temo que esa niña filipina verá, si vive el tiempo suficiente, cómo suceden en la Tierra cosas terribles que hoy apenas sospechamos.

KRUGMAN, OTRA VEZ

Por tercera vez, y por su indudable interés, reproduzco un artículo del economista Paul Krugman, voz de los puteados del mundo con eso de la crisis, publicado en el diario El País.

“Islandia, el camino que no tomamos

Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.

Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.

La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.

Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el “hada de la confianza”. Bueno, vale, era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la “consolidación fiscal”.

Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).

Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.

Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.

Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.

Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.

¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. “Las cosas podrían haber ido mucho peor” puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.

Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera.”

MICHEL PETRUCCIANI

MICHEL PETRUCCIANI. 2011. 98´. B/N-Color.

Dirección : Michael Radford; Guión: Michael Radford; Dirección de fotografía : Sophie Maintigneux;  Montaje : Yves Deschamps; Diseño musical: Olivier Le Vacon; Música: Michel Petrucciani. Producción: Réjane Michel y Catherine Grel, para Les Films d´Ici (Francia).

Intérpretes: Michel Petrucciani, Tony Petrucciani, Eugenia Morrison, George Wein, Dr. Georges Finidori, Alain Brunet, Joe Lovano, Judi Silvano, John Abercrombie.

Sinopsis: Documental sobre la vida del pianista de jazz francés Michel Petrucciani.

Felicito a Michael Radford por haber realizado un documental sobre un pianista de jazz perfectamente disfrutable incluso si no te gusta ese estilo musical. De hecho, el director británico ha confesado que no conocía a Petrucciani cuando le ofrecieron rodar la película, factor que en principio debería ser un problema y se convierte casi en virtud. Esta frase resume también la vida del biografiado, quien, pese a padecer una minusvalía severa que llevaba aparejado el enanismo, supo convertirse en un pianista creativo y genial, hasta el punto de ser el primer jazzman europeo contratado por Blue Note, quizá el sello discográfico más emblemático del jazz norteamericano, y de llegar a ser conocido y admirado por muchas estrellas del género tras cruzar el Atlántico.

El film explica la vida del músico francés de forma lineal, incluye muchas declaraciones del propio protagonista, y se centra en tres puntos básicos: la enfermedad, la música y la vida amorosa del pianista, que por cierto fue bastante agitada. La primera marcó su vida, sin duda, aunque Petrucciani tuvo el mérito de negarse a ser un minusválido y dedicarse a vivir igual que tocaba, con rapidez e intensidad. Por la pantalla desfilan familiares, ex-mujeres, doctores y compañeros de profesión, y todos ellos aportan diferentes puntos de vista, a veces contradictorios entre sí, sobre la exagerada y corta vida del virtuoso francés. No se esconde la cara oculta del personaje, su egoísmo, sus coqueteos con las drogas o su forma de utilizar a la gente que le rodeaba, pero la película tampoco se recrea demasiado en eso, en contra de las modas de la época, porque lo importante es la música, la creatividad de un hombre que medía la mitad que casi todos y vivió el doble que la gran mayoría pese a morir con tan sólo 36 años. El film, muy completo y realizado con extrema pulcritud, está para mí resumido en una frase del guitarrista John Abercrombie (con quien Petrucciani grabó el magnífico tema One for us): “Hay gente que vive 80 ó 90 años y no produce nada. Mira todo lo que él hizo, sin llegar a cumplir los cuarenta”.En definitiva, un muy buen documental, que ha supuesto mi primera visita de este año al Festival In Edit, para mí uno de los eventos culturales más interesantes que se celebran en Barcelona a lo largo del año. La prueba de que el film es bueno es que todos los presentes aguantamos la proyección con estoicismo y sin chistar, pese a que el aire acondicionado de la sala se había estropeado y el ambiente era más propio de una sauna que de un festival de cine.

 

MÚSICA

Frase que nos habla de una de mis formas de arte favoritas, escrita por uno de los pensadores más lúcidos que he tenido ocasión de leer, E.M.Cioran:

“FUERA DE LA MÚSICA, TODO, INCLUSO LA SOLEDAD Y EL ÉXTASIS, ES MENTIRA. ELLA ES JUSTAMENTE AMBOS, PERO MEJORADOS”.

DUELO DE SAXOS

Nueva escapada al Jamboree en la noche del viernes, en esta ocasión para asistir al concierto del cuarteto de Jerry Bergonzi y Dick Oatts. La noche prometía hard bop del bueno, y no defraudó.

Bergonzi es un saxo tenor conocido principalmente por haber sido miembro durante muchos años de la banda de Dave Brubeck. Oatts, a quien vi en la cava de la Plaça Reial hace al menos una década, destacó en la big band de Thad Jones y Mel Lewis. Ambos son músicos de mucha calidad, y han dado forma a un cuarteto sin piano (instrumento del que Bergonzi es un competente intérprete), acompañados por Dave Santoro al contrabajo y Andrea Michelutti a la batería. Y se trata de un gran cuarteto: hard bop con estilo y sin concesiones, con dos saxofonistas disfrutando y retándose sobre el escenario, acompañados por una muy sólida sección rítmica. Estilísticamente, no inventan nada, pero lo que tocan, lo tocan realmente bien. Todo el concierto tuvo un buen nivel, pero fue en los dos temas compuestos por Dick Oatts (ambos vibrantes y culminados con sendos duelos entre el saxo alto y el tenor), también hardboperos pero con huellas de Ornette Coleman, donde la temperatura de la sala subió a los niveles que el buen jazz en directo acostumbra a suministrar, porque el jazz es una música especialmente disfrutable en vivo. Sin pantallas gigantes, confeti, posturitas ni oeoeoeoés. Sólo cuatro individuos vestidos de calle que tocan la música que les gusta, lo hacen muy bien y durante hora y media te reconcilian un poco con la especie humana.

Jerry Bergonzi en el Jamboree, el 25 de febrero de este año:

Dick Oatts en directo junto al JAM Trio:

 

LO QUE ESPAÑA NECESITA

Detrás de este pomposo título (que, aunque lo parezca, no es un slogan del Partido Popular) no se esconde ninguna fórmula mágica, sino la constatación de un hecho muy triste: que este país mejorará mucho el día que consigamos que haya un cerebro dentro de cada cráneo. Dos noticias de actualidad me hacen pensar que ese objetivo queda aún lejano: la primera, el follón que se ha montado por la presunta decapitación del cantante Dani Martín en El Hormiguero. No soy fan de Pablo Motos, pero me parece muy triste que alguien se tenga que disculpar por un hecho contra el que poco puede hacer: que la mayoría de la humanidad es gilipollas. En el caso de los fans de Martín, parece que la mayoría es absoluta, rozando la unanimidad.

El segundo caso de cráneo sin cerebro que quiero tratar hoy es más grave que el anterior: el presidente de Mango (nombre ideal para una empresa española, por cierto), Isak Andric, ha dicho: “La época de los derechos se ha acabado. Ahora hay que pagar la fiesta”. Imagino que el individuo se refiere a los derechos de los demás, olvidando quizá que muchos de esos “demás” son quienes le mantienen en la opulencia y quienes podrían hacer que acabara sus días buscando desperdicios en los contenedores de basura, cosa que por desgracia no ocurrirá porque (creo que ya lo dije) la mayoría de la humanidad es gilipollas. Me pregunto también: ¿Dónde y cuándo fue la fiesta? Porque yo, ni me enteré. En cambio, la resaca sí la voy padeciendo…

EL SUR

EL SUR. 1983. 93´. Color.

Dirección : Víctor Erice; Guión: Víctor Erice, basado en un relato de Adelaida García Morales; Director de fotografía : José Luis Alcaine;  Montaje : Pablo González Del Amo; Diseño de producción: Antonio Belizón; Música: Miscelánea. Piezas de Enrique Granados, Ravel, Schubert. Producción: Elías Querejeta, para Elías Querejeta P.C. (España) y Chloë Productions (Francia).

Intérpretes: Omero Antonutti  (Agustín); Sonsoles Aranguren (Estrella, a los 8 años); Icíar Bollaín (Estrella, a los 15 años); Lola Cardona (Julia); Rafaela Aparicio (Milagros); Aurore Clément (Irene Ríos/Laura); Germaine Montero (Doña Rosario); María Caro, José Vivó.

Sinopsis: Una mujer, Estrella, recuerda los años vividos en su infancia, al final de la década de los 50, en una finca del norte de España llamada La Gaviota, junto a sus padres, un médico y una maestra represaliados por el franquismo.

Cuando me hablan de la poesía en el cine, o de los valores estéticos de una película, suelo ponerme a la defensiva (cuando no a temblar), pues semejantes elogios normalmente esconden un film narrativamente vacuo. No es el caso de El Sur, segundo largometraje de uno de los mejores (y menos prolíficos) cineastas españoles de la historia, Víctor Erice. Sí, la película es estéticamente bella, contiene imágenes fantásticas y la fotografía de José Luis Alcaine es excelente. El ritmo del film es pausado, como la tranquila vida en el frío Norte; pero es que además El Sur nos habla de muchas cosas: del desarraigo, de la nostalgia, de la tristeza y las miserias de la vida adulta , de las víctimas de una época gris, del amor y del desamor, de la idealización de los padres, y de su humanización a medida que uno crece, del poder del cine como evasión… y, sobre todo, nos habla de la iniciación a la vida, de la comprensión de todas esas cosas que he mencionado antes, muchas de las cuales no nos hacen precisamente felices. Y lo hace como lo ha de hacer el cine de verdad: con pocas palabras, muchos silencios, gran poder visual y unos actores espléndidos, entre los que destaco a Omero Antonutti, que sale airoso interpretando a un personaje que exige una enorme contención, y a Rafaela Aparicio, espléndida, que borda su personaje de anciana andaluza alegre y tradicional. Otra gran baza del film es su acertada utilización de la música, importante en escenas clave de la película, como la de la primera comunión de Estrella o su conversación con el padre en el Gran Hotel.

El Sur es un largometraje triste, bellamente envuelto pero que encierra muchas cosas y mejora con cada visionado. Quizá parte de esa mejora se basa en que uno ya va entendiendo qué es eso de hacerse mayor y enterrar ilusiones, ha aprendido a ver a las personas como lo que son y no como uno lo que uno creía que eran, sabe qué es sentirse extranjero, que los amores que conmueven sucedieron, como la lluvia, en el pasado, y que muchas veces crecer es entender que la vida duele. La maestría de Erice consiste en explicarnos todo eso sin aspavientos, con un envidiable sentido de la elipsis y una forma de hacer cine en las antípodas de la superficialidad. Sin duda, una de las mejores películas que jamás se hayan rodado en España.

 

LA DÉCIMA

Nueva píldora. Tómese mezclada con manzanilla, jamón serrano, aceitunas rellenas de anchoa y canciones del verano.

DE ETIQUETA

El Chavi llevaba toda una vida de rumbas cantadas en tugurios de mala muerte, de faenas temporales en la construcción, de cassettes en gasolineras y actuaciones en bodas, bautizos, comuniones y alguna despedida de soltera esperando su gran día, ese día de gloria con el que sueña todo artista. Ese día fue ayer. Para llegar a él, El Chavi había tenido que esperar cuarenta años y soportar críticas como esta, publicada pocos meses antes en un diario local:”Con canciones así, no nos extrañaría que España pase en breve a formar parte de la lista de países que colaboran con el terrorismo”. Ahora todo eso daba igual; El Chavi iba a tener sus quince minutos de gloria (televisada y todo) por cortesía de Julio Romero, gurú de las ondas hertzianas y organizador del festival de sevillanas más multitudinario de la Vía Láctea.

No todos los días tiene uno la oportunidad de cantar tres de sus canciones ante cientos de miles de personas y algunos políticos y periodistas, así que, para estar a la altura del acontecimiento, El Chavi tiró de ahorros y se compró un espectacular traje gris oscuro en la tienda de Adolfo Domínguez. Al ponérselo, media hora antes de salir a cantar, El Chavi recordó que aquella misma noche tenía un bolo en un restaurante de L´Hospitalet de Llobregat regentado por un viejo amigo suyo. Como casi siempre, le pedirían que cantara dos veces su gran éxito, una rumbita picarona que tenía el apropiado título de El Kiki y que amenazaba con ser el gran hit estival de Isla Fantasía.

– Nada será igual a partir de ahora –le decía su esposa Vanessa, Vane para las amigas, mientras se dirigían hacia los camerinos-. Allí, El Chavi tuvo tiempo de hacerse unas fotos con Los Chunguitos, con una mujer de la limpieza que se sabía un par de canciones suyas y con la concejala de Cultura, que lucía espléndida en traje de faralaes. En el escenario empezaba su actuación Johnny Ortega, el nuevo sex-symbol latino, entre los gritos de millares de adolescentes calenturientas.

– Ahora vas tú –le dijo Julio Romero, que compartía jamón serrano y Fino La Ina con el Conseller de Benestar Social- Suerte, Chavi.

A la hora convenida, las doce y cuarto del mediodía, los chillidos de las adolescentes y de sus mamás reclamando más canciones (o, para ser exactos, más playbacks) de Johnny Ortega se hicieron insoportables. El Chavi pudo oír, desde detrás del escenario, cómo Johnny pedía cantar otro tema y cómo Julio Romero le decía que adelante.

– Tranquilo, Chavi –le calmó Julio Romero- Es sólo un pequeño retraso.

El pequeño retraso se convirtió en un gran problema cuando Azucena Del Río, la veterana diva de la copla, se negó en redondo a salir al escenario un minuto más tarde de su hora convenida, las doce y media.

– O salgo a mi hora o no salgo- tronó la folclórica-  Y tú- dijo señalando a Julio Romero- ya puedes ir diciéndole al sudaca que en los festivales serios uno sale y se va cuando le toca.

A las doce y veinticuatro, Johnny Ortega abandonó el escenario después de haber dado las gracias no menos de catorce veces a la cada vez más histérica audiencia.

– Deja que salga Azucena – le dijo Julio Romero a un cada vez más encendido Chavi-. Intentaremos hacerte un hueco por la tarde, pero antes de las siete es imposible.

*                                                            *                                          *

El Chavi tenía que marcharse a L´Hospitalet a las ocho y media. Unos minutos antes de esa hora, se le acercó Julio Romero armado con su sonrisa de vendeloquesea y le dijo:

-Saldrás a las nueve menos diez, pero podrás cantar sólo dos canciones porque a las nueve salen Los Rocieros del Sur.

El Chavi se quedó callado, pensando, aunque había tenido tiempo de hacerlo en las más de ocho horas de espera. Le daban a elegir entre cantar en el restaurante de toda la vida, delante de veinticinco o treinta fieles como máximo, o hacerlo en EL hipermegafestival de sevillanas ante un cuarto de millón de personas, de las cuales no más de veinticinco o treinta habían ido para verle a él. Al cabo de un minuto, se acercó a Julio Romero y le dijo al oído:

– Julio, a las nueve menos diez va a salir a cantar tu puta madre.

Ya en el coche, camino del restaurante, El Chavi pensó: “Hoy también cantaré dos veces El Kiki. Pero lo haré vestido de etiqueta”.

LO TRISTE Y LO EXCELENTE

LO TRISTE: El año pasado oí cómo, aprovechando la presentación de una conferencia del cineasta D.A. Pennebaker, el director del festival In Edit dijo que le alegraba ver el cine lleno, porque en bastantes ocasiones la ciudad de Barcelona no está a la altura de los eventos culturales que en ella se celebran. Anoche, durante el concierto de la Maria Schneider Orchestra en el Palau de la Música Catalana (lugar tan estéticamente bello como escasamente funcional), aquella frase me vino varias veces a la cabeza. Ver tantos asientos vacíos en un espectáculo musical de primerísimo orden me entristeció, máxime cuando Maria es una enamorada de Barcelona y ha traído su música a la ciudad muchas veces. Evidentemente, no puedo culpar (faltaría más) a los que disfrutan el jazz y no tienen dinero para gastar en conciertos. A quienes ni siquiera se toman la molestia de acercarse a una música de inusual riqueza, que Pedro Botero los bata en su caldero. Si así fue la puesta de largo del Festival de Jazz de Barcelona 2011, las perspectivas de cara al resto del certamen han de ser por fuerza pesimistas, y aquí empieza la fase de buscar culpables. Todos ellos, seguramente, repletos de beatíficos deseos, pero ya dicen que de buenas intenciones están los cementerios llenos. Creo, sencillamente, que organizar el mismo tipo de festival que hace tres o cuatro años, en plena época de bonanza económica, roza lo suicida. No nos engañemos, el público barcelonés que asiste regularmente a conciertos de jazz no sólo es escaso, sino que no es potencialmente mayor que en los años anteriores a la actual crisis económica. Parece obvio pensar que parte de ese público potencial se quedará en eso en años de estrecheces monetarias, que a parte del público real también le habrá pillado el toro, y que por tanto redimensionar el certamen era casi obligatorio, más allá de la siempre agradecida, institucional y económicamente, apuesta por los músicos de casa. Cuando ves, como llevamos muchos meses viendo, que artistas que llenaban Palaus y Auditoris ahora no lo hacen ni de lejos, has de probar cosas nuevas. Otros nombres, otros locales, menos pompa y titulares, pero con buen jazz. Quizá habrá que aceptar que Barcelona, que hace unos años pareció serlo pese a la escasa cultura musical general, no es una ciudad que pueda permitirse organizar conciertos de grandes estrellas del jazz, que por caché o logística pura hayan de tocar en lugares más grandes que el Jamboree o Luz de Gas, por poner dos ejemplos. Bienvenidos a provincias, algo habremos hecho mal en nuestras vidas anteriores. Dos cosas más: pagar 25 euros (con descuento) por estar en el gallinero me parece excesivo a todas luces; y, con la situación antes descrita, que anoche coincidieran en la ciudad cuatro conciertos interesantes para los aficionados al jazz (dos de ellos en un certamen que tiene el mismo patrocinador que el Festival Internacional de Jazz de Barcelona) es simplemente esperpéntico. En fin, háganselo mirar todos un poco.

LO EXCELENTE: Voy a explicar una anécdota personal: ayer, después de otra anodina jornada laboral, llegué a casa, preparé la comida y puse un CD (Allegresse) de la Maria Schneider Orchestra. Cuando acabé de comer, encendí un cigarrillo y, mientras lo fumaba y escuchaba la música, pensé que a veces el mundo mola. Sí, la banda es excelente. Su concierto de anoche también lo fue, pese a esas cosas que he contado antes. La excelencia parece normal si tienes un talento privilegiado para escribir música y te rodeas de un puñado de instrumentistas de altísimo nivel, muchos de los cuales son a su vez líderes de bandas interesantes. Parecerá normal, pero todo eso se da pocas veces, y esas veces son un regalo. Música bella y evocadora tocada por una orquesta que suena enormemente compacta, pero que siempre ofrece espacios para el lucimiento de solistas del nivel de Steve Wilson, Donny McCaslin, Scott Robinson, Gary Versace o Ben Monder. Jazz que navega por Brasil, por el flamenco y que casi siempre anda cerca de la perfección. Que justifica cada minuto, aunque todo lo demás sea frustrante.Y es que no hay una big band mejor en el mundo, puedo asegurarlo.

La banda la formaron:

Maria Schneider, arreglos y dirección
Steve Wilson, saxos alto y soprano, clarinete y flauta
Dave Pietro, saxo alto
Rich Perry, saxo tenor y flauta
Donny McCaslin, saxos tenor y soprano, clarinete y flauta
Scott Robinson, saxo barítono, flauta y clarinete
August Haas / Greg Gisbert / Laurie Frink / Frank Greene, trompetas
Keith O’ Quinn / Ryan Keberle / Bart van Lier / George Flynn, trombones
Gary Versace, acordeón
Ben Monder, guitarra
Frank Kimbrough, piano
Clarence Penn, batería.

Uno de los grandes temas que sonaron anoche:

Interpretando en concierto Journey home: