EL DOCTOR

Recordando a un futbolista único al que tuve la suerte de ver jugar en mi infancia. Elegancia, imaginación y arte sobre el césped. Mucha gente se esfuerza en ser distinta, algunos nacen siéndolo. Sócrates fue uno de ellos, alguien que jugó y vivió diferente, y que acertó cuando dijo que el gran perjudicado por la derrota de Brasil ante Italia en el Mundial 82 fue el fútbol. Anoche su equipo de siempre, el Corintians, aquél al que lideró en tiempos de rebeldía, se proclamó campeón de Liga. Bonito homenaje para un jugador excepcional.

EL PADRINO

THE GODFATHER. 1972. 174´. Color.

Dirección : Francis Ford Coppola; Guión: Francis Ford Coppola y Mario Puzo, basado en la novela de este último; Director de fotografía : Gordon Willis;  Montaje : William Reynolds, Peter Zinner; Diseño de producción: Dean Tavoularis; Música: Nino Rota. Dirección artística: Warren Clymer; Diseño de vestuario: Anna Hill Johnstone; Producción: Albert S. Ruddy, para Paramount Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Marlon Brando  (Vito Corleone); Al Pacino (Michael Corleone); Robert Duvall (Tom Hagen); James Caan (Santino Sonny Corleone); Talia Shire (Connie Corleone); Richard Castellano (Clemenza); Richard Conte (Barzini); Al Lettieri (Sollozzo); Diane Keaton (Kay Adams); John Cazale (Fredo Corleone); Sterling Hayden (Capt. McCluskey); Al Martino (Johnny Fontane); John Marley (Jack Woltz); Abe Vigoda (Tessio); Gianni Russo (Carlo); Morgana King (Mamma Corleone); Lenny Montana (Luca Brasi); Salvatore Corsitto (Bonasera); Richard Bright (Al Neri); Simonetta Stefanelli (Apollonia); Franco Citti (Calo); Corrado Gaipa (Don Tommasino); Alex Rocco (Moe Greene); .

Sinopsis: Vito Corleone es un capo mafioso de ascendencia siciliana. Después de la boda de su hija Connie, su familia se ve envuelta en una guerra entre bandas por su negativa a intervenir en el negocio de los narcóticos. Don Vito resulta malherido por unos pistoleros y son sus hijos quienes han de dirigir la familia.

Decir que El Padrino es una de las mejores películas de la historia del cine es una obviedad, pero no por ello dejaré de hacerlo. Para mí es, además, una de las más brillantes obras de arte del siglo XX. Obra maestra absoluta, sin peros. La mejor traslación a la gran pantalla del universo shakespeariano es la historia de una familia de mafiosos italo neoyorquina a partir del final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Por qué? Para empezar, porque es una adaptación modélica de una novela más interesante que brillante, en la que está todo lo mejor del texto y se aportan muchas otras cosas que no están en él. El mérito de ello es de Francis Ford Coppola, por entonces un joven director de gran talento, que gracias a esta obra de encargo subió al Olimpo del cine sin parar en ninguna de las estaciones previas. Su dirección es ejemplar, y capta a la perfección un mundo de contrastes: la alegría de la boda mezclada con las peticiones de justicia de los invitados a Don Corleone, ese maravilloso montaje paralelo final deudor de Griffith, el rostro desencajado de Luca Brasi que anuncia la futura muerte de sus asesinos, la belleza bucólica de las escenas sicilianas, interrumpida de la manera más brutal… Que Coppola es el director de los personajes mesiánicos, de los hombres que están por encima de los demás, queda claro al analizar el retrato de dos personajes: Vito y Michael Corleone. El primero se elevó de inmediato a la categoría de mito, encarnando al hombre hecho a sí mismo, que gobierna su mundo sin respetar otra ley que la propia y que, sin embargo, posee una ética inflexible (“no somos unos asesinos, diga lo que diga ese funerario”). El Hombre-Dios, el personaje a quien querríamos acudir cuando somos victimas de la humillación o de la injusticia, un superhéroe humano y mortal. Que Marlon Brando dé vida al personaje brindando una de las mejores interpretaciones de la historia del cine ayuda mucho, sin duda. No obstante, El Padrino es la película de Michael Corleone, de su transformación de chico modelo en capo di capi. Empieza siendo el veterano de guerra, con novia americana e integrado en el sistema, que no quiere saber nada de los negocios de su familia. De su inteligencia da prueba su respuesta a su novia Kay (fantástica, como de costumbre, Diane Keaton) cuando ésta le dice que su padre roba y mata a la gente, y eso le diferencia de los grandes empresarios y de los presidentes, a quienes Michael le ha comparado: “Tú eres la ingenua, Kay”. Tres hechos trágicos cambian su modo de pensar respecto a su familia: el atentado que deja malherido a su padre, que le hace ver que él es la persona más indicada para dirigirla y protegerla, y sobre todo los asesinatos de su hermano Santino y de su esposa siciliana Apollonia. Michael regresa a Nueva York convertido en un hombre frío y tan o más despiadado que aquéllos a quienes debe enfrentarse, y perfectamente capacitado para ser el nuevo Padrino. En esta película, un por entonces semidesconocido Al Pacino se mostró al mundo como el espléndido actor que es. El resto del elenco está perfecto en sus papeles, desde James Caan en el papel del impulsivo Sonny, a Robert Duvall, que incorpora con maestría al inteligente consigliere Hagen, pasando por veteranos como Richard Conte o Sterling Hayden.

Está claro que El Padrino tampoco sería lo que es si no fuera un prodigio de excelencia técnica, apartado en el que la fotografía de Gordon Willis exige los elogios más encendidos. Capítulo aparte merece la música de Nino Rota, que ha conseguido, de forma merecida, tanta popularidad como el film que ilustra. En suma, The Godfather es una película para ver veinte veces, las tres horas que más cortas se me hacen ante una obra cinematográfica, que casi nació ya legendaria y que, como Shakespeare (ya se ha dicho) lo tiene todo, pues aborda, y con intensidad, todos los grandes temas que ha tratado el arte, desde la era rupestre a la digital. Séptimo Arte, con mayúsculas. La Ronda de Noche, Saturno devorando a su hijo, La Libertad guiando al pueblo, la Quinta Sinfonía de Beethoven, Kind of blue, Crimen y castigo, Así habló Zaratustra, Viaje al fin de la noche, los Conciertos de Brandenburgo, El Pensador, la Capilla Sixtina, El Padrino

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Otra píldora para empezar diciembre con alegría. ¿Saben que las cartas y las fotos de las ex hacen un fuego magnífico? Pruébenlo y lean.

AFLICCIÓN

Existen en el mundo personas tan ingenuas que dan por supuesto que los demás las escuchan cuando hablan. Pero el colmo de la ingenuidad lo constituyen aquellas que creen que también por teléfono sus palabras son escuchadas. Yo padecí a una de esas personas, Martina Vila.

Martina era una mujer de unos veintiocho años que sufría mucho, debido a que su talla intelectual era bastante mayor que su talla de sujetador y a otras razones de menor importancia. La conocí en un taller de literatura creativa y me enamoré de ella todo lo que un individuo como yo puede llegar a enamorarse de alguien, que no es mucho. Iniciamos una relación estúpido-platónico-cultural sin derecho a roce (el roce ya se lo buscaba uno donde podía, con poco éxito las más de las veces) que hizo que durante un largo trimestre en mi cuerpo hubiese más semen que sangre y en mi cerebro más Bécquer que Sade, para escándalo de mis amigos, mosqueo de mis amigas y cachondeo de mis detractores. Por suerte, una noche invité a Martina a compartir conmigo una cena compuesta por un revuelto de gambas y ajos tiernos, un tronco de merluza a la vasca y una mousse de chocolate blanco, regada con un albariño Pazo de Barrantes y una copa de patxaran, y ella salió tan contenta del restaurante que se consideró obligada a llevarme a su habitación y dejar que se la metiera, no por donde yo quería metérsela, eso sí, sino por donde uno suele meterla en casos similares. Después de eso, me vi sumergido en una relación de pareja culterana pero convencional, que acabó a los pocos meses porque estas historias no están hechas para durar y porque mi ego se sintió herido al comprobar que en el ranking de personas insoportables del planeta no podía aspirar más que a la medalla de plata.

Lo malo es que, cuando uno regresa a la masturbación compulsiva, surge la tentación de rescatar a la antigua pareja, y yo sucumbí a ella. Martina, todo sea dicho, no se resistió mucho, y pronto volvimos a las andadas. Pero no nos fue mejor, lo negativo seguía siendo igual de negativo, y lo bueno un poco menos bueno porque ya no era nuevo. Intentando prevenir el cansancio, estuve un par de semanas sin hablar con ella, hasta que un domingo por la noche mi madre olvidó que tenía que decir que yo no estaba en casa y tuve que pegar mi oreja izquierda al auricular del teléfono. No era el mejor momento, en diez minutos empezaban a pasar Aflicción en la tele y yo estaba haciendo los preparativos para grabarla (cinta de vídeo virgen, mando a distancia, ya saben). Siempre se me dio bien imitar voces, pero imitar la de mi madre con ella delante me pareció excesivo, así que me dediqué a contestar con monosílabos mientras explicaba por señas los pasos a seguir para grabar correctamente la película, acariciaba a mi perro y veía a través de la ventana cómo la gente huía de la lluvia.  Traté de cortar el discurso de Martina un par de veces, pero ella no se detuvo y siguió con su monólogo sin que yo acertara a captar más de tres palabras seguidas hasta que preguntó:

–         ¿Crees que deberíamos dejar de vernos?

Había llegado mi momento. Caixa o faixa. Como un emperador romano, podía decidir el futuro con mi dedo pulgar. Debí recrearme algo en la idea, porque Martina volvió a intervenir:

–         ¿ No vas a decir nada?

–         Sí  – dije por fin, con mi mejor tono Harry Callahan-. Pienso que nuestra maravillosa relación es manifiestamente mejorable. Sólo eso.

Colgó. Conociéndola, no esperaba otra cosa. Ahora  podría ver tranquilo la película.

ORTEGA EN LA ESPAÑA DESCEREBRADA

GREGORIO MORÁN. El maestro en el erial. Tusquets. 541 páginas.

Este libro son dos libros, aunque conectados entre sí: por un lado, es una documentada biografía de uno de los más brillantes pensadores españoles de todos los tiempos, José Ortega y Gasset; por otro, un estudio de la cultura española surgida de los vencedores de la Guerra Civil, desde el final de ésta hasta la muerte del creador de la Revista de Occidente, ocurrida en 1955. Ambos libros son interesantes: Ortega es un personaje controvertido, cuya valía intelectual pocos discuten, pero que por sus hechos biográficos y el contenido de su obra no es objeto de reivindicación por ninguna de las fuerzas que hoy forman el pensamiento único por estos lares: ni la derecha heredera del franquismo, ni la izquierda (o lo que queda de ella), ni los nacionalismos se sienten cómodos con Ortega, e imagino que por ello, y por la endémica miopía intelectual española, el filósofo madrileño se ha convertido en un autor más conocido que leído. Precisamente, el libro de Morán se centra en cómo Ortega pasó de ser la prima donna de la cultura española y maestro de intelectuales desde los años veinte hasta la sublevación franquista, a ser un exiliado interior condenado al ostracismo y distanciado de la juventud. Él, que siempre quiso estar en el primer plano de la cultura y de la política, y que sólo respecto a uno de los regímenes políticos que le tocó vivir (la Restauración borbónica) mantuvo una posición inmutable (de rechazo, en este caso), se vio reducido a estatua viviente en los últimos años de su existencia. Morán tira de correspondencia y de hemeroteca, no se priva de criticar a los albaceas y compiladores de la obra orteguiana por su incapacidad y oscurantismo, y desenmascara, con estilo a veces mordaz y huyendo de la hagiografía, tanto a un intelectual tan brillante como cobarde en su peripecia vital, como a la sociedad de los vencedores, responsables de los años más negros que se vivieron en España durante el siglo pasado. Muy interesantes resultan los extractos periodísticos que en la época publicaban en generosas dosis los popes de la intelectualidad fascista (Tovar, Laín Entralgo, Ridruejo, Aranguren y otros de cuyo nombre mejor no acordarse), algunos de ellos convertidos después en demócratas de toda la vida gracias a la intensa labor de los profesionales del lavado y planchado de reputaciones, así como los apuntes sobre la sociedad catalana (barcelonesa, para ser exactos) de aquellos años sobre los que hoy reina una interesada amnesia, cuando no la más burda falsificación de los hechos de sus protagonistas. Sólo por ello ya merece la pena leer el libro, en el que su autor demuestra tener un conocimiento nada superficial de la obra de Ortega y Gasset. Morán no es, ni pretende ser, objetivo en sus valoraciones, pero pocas cosas buenas pueden decirse (porque pocas hubo) de la cultura de un país y de una época dominados por el sable y el crucifijo, de un rincón de Europa que vivió completamente al margen de la libertad, del progreso o de la justicia. No hay que olvidar que la Guerra Civil se llevó (a la tumba o al exilio) a gran parte de los mejores representantes de la cultura española en sus diferentes ámbitos, y que aquí, poco de valor quedó. Entre ese poco, un Ortega que regresó del exilio en 1945, fue en primera instancia ensalzado por un régimen cuyo ascenso había apoyado (si bien no de un modo explícito) para más tarde ser relegado al estatus de reliquia intelectual molesta, precisamente por uno de sus hechos más dignos, el no renunciar a su ateísmo pese a vivir en un entorno inquisitorial y asfixiante. Buen libro para conocer al biografiado, para no olvidar la vida y milagros de los que ganaron la guerra (que tanto mandan todavía) y para estimular al personal a hacer algo tan enriquecedor como leer a José Ortega y Gasset.

PLACERES ÍNTIMOS

Anoche asistí a mi tercer y último concierto de la edición 2011 del Festival de Jazz de Barcelona. Tercer concierto y tercer escenario, en esta ocasión el del teatro Coliseum, lugar que no pisaba desde que era un cine, en el que el gallinero lo es de veras y la visibilidad y la acústica me dejaron satisfecho. De camino al teatro, pensé en cuánto han cambiado las cosas en esta ciudad: ahora la derecha ya no necesita bombardear la zona para llegar al poder. Una vez instalado en mi asiento, tocaba centrarse en la música.

Es difícil reunir tanto talento sobre un escenario en el que únicamente hay dos personas. Qué decir de Brad Mehldau, seguramente el mejor pianista de los últimos veinte años, y quizá la persona que me ha hecho pasar más veces por una taquilla para ver y oír sus conciertos. Músico sutil, elegante y virtuoso, dotado de una profundidad discursiva que convierte su introvertida sensibilidad en algo auténtico, y de una cultura musical enciclopédica, Mehldau es todo un creador de belleza. Joshua Redman, hijo del talentoso saxofonista Dewey Redman, destacó desde sus inicios como un músico excelente, alabado por muchos (entre los que me cuento) por su tremenda técnica, y criticado por otros (como pasó durante muchos años con otro saxofonista portentoso, el tristemente fallecido Michael Brecker) por su falta de discurso. En mi opinión, Redman es, junto a Branford Marsalis, el mejor saxofonista de la escena jazzística actual, y ha conseguido algo muy difícil: que su carrera no decaiga pese a haberla iniciado con unos discos (Joshua Redman, Wish) de impresión. Uno de los grandes méritos del saxo tenor y soprano estadounidense fue contratar, hace unos tres lustros, a un tal Brad Mehldau como pianista de su banda. Dos viejos conocidos, virtuosos además, que se reúnen para girar por el mundo y tocar música a dúo… y se dejan caer por Barcelona un lunes por la noche.

Tras un primer tema casi de tanteo, el concierto empezó a volar alto con la interpretación, con Redman al saxo soprano (instrumento con el que, en mi opinión, estuvo más brillante que al tenor, y ya es decir), del tema de Mehldau To hold on or to let go. El tono general del concierto tuvo más del intimismo del pianista que del estilo más extrovertido y exhuberante de Redman (formato obliga), pero el nivel de calidad no decayó en ningún momento, y algunos temas (Monk´s dream, el Dream Brother de Jeff Buckley) fueron atronadora y merecidamente ovacionados por un público hechizado por dos artistas fuera de serie. En total, más de dos horas de música extraordinaria que, para mí, supusieron el perfecto final para una nueva edición del Festival de La Mejor Música Para Disfrutar En Directo de mi ciudad.

Versión (Budapest, 2010) del tema más conocido de Nirvana:

En Munich, hace menos de veinte días, ofrecieron esta interpretación de una balada intemporal que también sonó anoche en Barcelona:

 

LA ABADÍA

Hace no demasiados años, encontrar bares en Barcelona en los que poder degustar una buena cerveza belga no era tarea sencilla. En estos tiempos no escasean los locales de muy distinto pelaje en los que puedes tomarte una Chimay, una Val Dieu Triple o una Rochefort 8 disfrutándola como es debido. Uno de ellos, y uno de mis favoritos, es La Abadía, situado en la calle Rosselló (entre Enric Granados y Aribau). En este espacioso, limpio y acogedor local disponen de un amplio abanico de cervezas de importación, preferentemente (pero no sólo) belgas, y ésa es una de las cosas que aún hoy me motivan para salir de casa y entrar en un bar. La clientela es variopinta, aunque, en especial los fines de semana (no en vano el local se halla en una zona de bastante ajetreo nocturno), preferentemente joven y, cosa que uno agradece entre tanto abrevadero cutre para guiris, autóctona. Además, alguna de las cervezas de barril es excelente (por ejemplo, la eslovaca Master), también disponen de algunas de las mejores ginebras del mercado y (uno es muy puntilloso para estas cosas) la música de ambiente es, cuando no buena, soportable. En fin, que también en la Esquerra del Eixample existen refugios para cerveceros acérrimos, y que dure.

LOS MIERDAS

Un gobierno patético y lamentable tenía que despedirse haciendo cosas patéticas y lamentables, como indultar a poderosos banqueros contra el dictamen del Tribunal Supremo. Y lo peor no es el hecho en sí, sino que indultadores e indultado van a irse de rositas y vivirán tranquilos y felices el resto de sus fétidas existencias, como todos los corruptos, incompetentes y sinvergüenzas de colegio privado y VISA Oro que han esquilmado el país y aspiran a quedarse con lo poco que queda, pues sólo se diferencian de Al Capone en una cosa: si el sanguinario Alfonso viviera hoy y fuese español, jamás pisaría la cárcel.

PONGA A METHENY EN SU VIDA

Ayer hubo noche grande en el Festival de Jazz de Barcelona, con la presencia en el Auditori del Pat Metheny Trio con su formación primeriza, es decir, la formada por Larry Grenadier al contrabajo y Bill Stewart a la batería acompañando al genio de Missouri. Servidor tomó asiento, preparó las manos para aplaudir mucho, y salieron a escena Metheny y Grenadier, que interpretaron a dúo los tres primeros temas del concierto, entre los cuales estuvo el memorable Bright size life, tema-título del primer álbum en solitario del guitarrista, publicado allá por 1976. A continuación apareció en escena el prodigioso baterista Bill Stewart y, uno a uno, fueron cayendo temas muy habituales en el repertorio del trío y extraídos de todos los períodos musicales de Metheny (James, So may it secretly begin, Always and forever) hasta llegar a una bestial versión de más de 20 minutos de Question and answer, con Metheny improvisando a la guitarra sintetizada y demostrando, una vez más, que lleva en el ADN el legado musical de Ornette Coleman. El concierto nos dio otros puntos álgidos, como ver en directo la evolución conceptual del visionario proyecto Orchestrion, integrando a los otros dos miembros del trío junto al maestro y su ejército sónico-tecnológico, el recuerdo al gran Enrique Morente o una emocionante versión acústica del And I love her, de los Beatles, que cerró un concierto de unas dos horas y media (con dos bises incluidos), ofrecido por una de las más brillantes agrupaciones musicales que en este momento existen en el planeta. Qué decir de Pat Metheny, posiblemente la mejor mano izquierda del mundo, el hombre que sabe extraer belleza de mil y una guitarras, el artista que combina como muy pocos estilo propio e innovación, respeto al lenguaje tradicional y vanguardia. Me enamoré de su música y de su toque hará unos veinte años, escuchando el solo de Slip away una oscura y afortunada noche de zapping televisivo, y hoy más que entonces me impresionan su expresividad, su alegría y esa facilidad para caer de pie pese a recorrer caminos muy intrincados en sus solos. Si a este genio le añades una sección rítmica portentosa, con la que se entiende a la perfección tras más de una década de grabaciones y conciertos, el resultado es una gran victoria contra la nada cotidiana, la pena cuando se encienden las luces y acaba la magia, y la alegría por lo que te llevas, y porque ya queda un día menos para el próximo concierto de Pat Metheny.

Into the dream:

 

En 1999, año de formación del trío, interpretando James:

 

UNO DE LOS GRANDES

Ayer me enteré del fallecimiento, a los 80 años de edad, del gran batería de jazz Paul Motian, un hombre que ya tendría un lugar importante en la historia de la música sólo por haber sido miembro del trío de Bill Evans, pero que no se contentó con eso y a lo largo de más de medio siglo construyó una carrera marcada por el deseo de innovación y el alejamiento de la comodidad y los lugares comunes. Docenas de trabajos discográficos, como líder, coequipier y acompañante, dan testimonio del talento de este músico cuya influencia sobre generaciones enteras de bateristas es manifiesta. Sus trabajos junto a Keith Jarrett, Carla y Paul Bley o Charlie Haden merecen también un lugar muy destacado en cualquier discografía selecta, al igual que grabaciones posteriores junto a músicos de la talla de Bill Frisell o Joe Lovano. De su discografía como líder destaco álbumes como Holiday for strings o los conciertos en trío en el Village Vanguard, que forman parte de mi colección desde hace años, así como cualquiera de los editados por su Electric Be Bop Band. Calidad y modernidad, sutileza y vanguardia, fueron algunos de sus sellos. Descanse en paz.

En directo en Holanda (1995), junto a Lovano, Frisell, Lee Konitz y Marc Johnson:

Y, cómo no, acompañando a Bill Evans y Scott La Faro:

TODA TUYA, MARIANO

Empezaré diciendo que los resultados de las elecciones generales de ayer han sido tan penosos como esperaba, o quizá incluso más. Si ya el porcentaje de participación me parece lamentable, el reparto de escaños lo ha sido aún más. La debacle socialista es perfectamente entendible, además de merecida, pero que se haya puesto el futuro del país en manos de la derecha más cavernaria de Europa, como ya se hizo en Catalunya hace un año, es delirante. O no: en un país donde el 40% de la población confiesa no leer nunca, es normal que la gente vote lo que vota. En fin, es lo que hay. Lo que va a haber, al menos a corto plazo, está claro: más recortes, más paro, menos derechos, peores servicios públicos porque hay que pagar la deuda y a los del fraude no se les toca, y todos deseando que nos toque la lotería o que la Virgencita nos deje como estamos (hablo de los que, más o menos, estamos. Los otros deberían escoger entre el suicidio colectivo y las barricadas, según sus gustos personales). La suerte es que el margen de maniobra de Rajoy y su gobierno será, desde el principio, escaso, lo cual me tranquiliza enormemente porque en el PP hay poco diestro para tan fiero Miura como el que habrán de lidiar. No obstante, hay algo de justicia poética en el hecho de que quienes pusieron las condiciones para que se creara la burbuja que hace tiempo explotó, lleguen al poder en el peor (hasta ahora) momento de la crisis. España es tuya, Mariano, a ver qué haces con ella, ya que hasta ahora toda la culpa era de los pérfidos socialistas (misma y exitosa fórmula que se ha utilizado en Catalunya para sodomizar al personal con muy patrióticos recortes, por cierto). La verdad es que el país (intervenido de facto desde hace 18 meses) no está hoy más lejos que el viernes de un rescate o del colapso financiero, pero ya manda la fachenda de verdad y todo es alegría y gaviotas sobrevolando el cielo azul de este estado subdesarrollado y tercermundista. A partir de ahora, todo irá bien. ¿Por qué? Porque los que ganaron ayer tienen las manos libres para aplicar la sangrienta cirugía que nos espera, y que nos merecemos.