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TENET

TENET. 2020. 148´. Color.

Dirección: Christopher Nolan; Guión: Christopher Nolan; Dirección de fotografía: Hoyte Van Hoytema; Montaje: Jennifer Lame; Dirección artística: Rory Bruen, Eggert Ketilsson, Jenne Lee y Toby Britton (Supervisión); Música: Ludwig Göransson; Diseño de producción: Nathan Crowley; Producción: Christopher Nolan y Emma Thomas, para Syncopy-Warner Bros. (EE.UU.- Reino Unido).

Intérpretes: John David Washington (Protagonista); Robert Pattinson (Neil); Kenneth Branagh (Andrei Sator); Elizabeth Debicki (Kat); Dimple Kapadia (Priya); Himesh Patel (Mahir); Fiona Dourif (Wheeler); Aaron Taylor-Johnson (Ives); Michael Caine (Crosby); Martin Donovan (Fay); Clémence Poésy, Yuri Kolokolnikov, Anthony Molinari, Marcel Sabat, Andrew Howard, Jefferson Hall.

Sinopsis: Un agente de inteligencia se enfrenta a un magnate de origen ruso con el fin de evitar una inminente catástrofe planetaria.

Culminada con éxito la incursión en el cine bélico materializada en Dunkerque, Christopher Nolan regresó con Tenet a uno de sus terrenos predilectos, el de las fábulas espacio-temporales que mezclan intelecto y adrenalina en formato de gran espectáculo para las masas. El film dividió a la crítica, que alabó la puesta en escena pero no mostró idéntico entusiasmo hacia una narrativa demasiado enrevesada, a juicio de muchos especialistas. En taquilla, los resultados en los Estados Unidos fueron bastante discretos, pero el éxito en el resto del mundo salvó con suficiencia los muebles de una producci´on carísima. Por lo que a mí respecta, Tenet tiene dos precedentes claros en la filmografía de Nolan, como son Origen e Interstellar, filmes ambos ya reseñados en este blog. En lo que a su calidad respecta, sitúo Tenet en el segundo lugar del terceto, pues reúne muchas de las virtudes de Interstellar, pero reincide en varios de los defectos de Origen.

Soy consciente de haberlo comentado en alguna otra ocasión, pero sigo creyendo que a Christopher Nolan le vendría de perlas un coguionista con calidad y criterio, porque el británico es mucho mejor cineasta que escritor. En Tenet, el armazón narrativo es el de una historia de espías al uso, género al que uno es muy aficionado, y la película es mejor en su primera mitad precisamente porque se mantiene fiel a ese esquema y no pierde demasiado tiempo en explicar lo que, por otra parte, a esas alturas todavía es bastante inteligible. Después, Nolan maneja peor sus desmedidas pretensiones, su obsesión por la física cuántica y su interés por rizar el rizo del gran espectáculo, y no es que el espectador se pierda, que también: es que se pierde él, y con él una historia que prometía muchísimo, una versión 2.0 de una obra mayor de John Le Carré. Al final, la película pasa de eso a ser una especie de James Bond cuántico, y con ello se malogra parte de lo mucho conseguido hasta entonces, y ya desde el principio, con la filmación de un asalto armado al Teatro de la Ópera de Kiev que es un prodigio de planificación y puesta en escena. En esos primeros minutos, Nolan está a la altura de lo que es, uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo, y de lo que pretende, aunar autoría y espectáculo a gran escala. La manera, muy británica, de tejer el hilo de la intriga me parece también de primer nivel, con distinción, ironía, ambiente cosmopolita (no en vano el film fue rodado en siete países distintos) y no más explicaciones de las necesarias. Cuando, después de algunas vueltas de tuerca y de las primeras disquisiciones acerca del tiempo invertido, entra en escena el malvado de la película, que de acuerdo a la larga tradición de la que se bebe es de origen ruso, la sensación es que vamos derechos a una gran película. Poco a poco, la artificiosidad, el excesivo metraje empleado en explicar una trama que, de todas formas, es difícil de entender, la inclusión de un triángulo amoroso que es un topicazo en sí mismo y la ampulosidad desmedida de una historia que, repito, funcionaba a la perfección como relectura futurista de alguna obra canónica sobre la Guerra Fría, hacen que esa sensación se pierda, y quede un film absolutamente espectacular en lo técnico, pero confuso y aquejado de pretenciosidad en lo narrativo. En la película, una frase destaca sobre las demás: “No trates de entenderlo, siéntelo”. Durante los créditos finales, es fácil pensar que esas palabras son la autojustificación de Nolan respecto a un guión fallido que comete el error de ser más complicado de lo que debería, y de aparentar ser más complejo de lo que lo es realmente. Además, esa apelación al sentimiento, cuando viene de parte de un cineasta eminentemente cerebral como Christopher Nolan, no es ni de lejos la solución correcta al problema.

En la puesta en escena, pocas objeciones se pueden poner. La mayor quizá sea que Nolan pretenda, al final, superar un comienzo que roza la perfección, y de querer hacerlo a partir de una acumulación de elementos que acaba por resultar excesiva a todas luces. Es cierto que, aunque muchos lo intenten, no existe en estos tiempos otro cineasta tan capaz de proporcionar al público un gran espectáculo cinematográfico (las películas del director británico son para verse en sala grande, de eso no hay duda) que a la vez esté teñido de su sello personal, pero Christopher Nolan debería refrenar esa tendencia suya al más difícil todavía. Lo que en el asalto al teatro con el que comienza la película es, además de virtuoso, preciso hasta lo milimétrico, al final se malogra porque, al querer superar eso, lo que consigue Nolan es que el caldo rebose la olla, entendida ésta como el cerebro del espectador. Por otro lado, en la sala de montaje debieron recortarse partes del clímax final, y sobre todo algunos diálogos explicativos de la trama que se hacen largos y que, además, consiguen lo que pretenden sólo en parte. Eso sí, la unión de dos talentos visuales como los de Christopher Nolan y Hoyte Van Hoytema consigue unas imágenes magníficas, que se graban en la retina. Por contra, a la música de Ludwig Göransson le sucede lo mismo que a la película, pues pasa de lo espectacular a lo machacón sin que aparezca el imprescindible sentido de la mesura.

La grandeza como artista visual de Christopher Nolan tampoco va acompañada de igual maestría en la dirección de actores, ni en la elección de los mismos. Muchos personajes de Tenet me parecen huecos, y otros dependen, quizá demasiado, de la pericia de los intérpretes escogidos. John David Williams sale muy bien parado del desafío físico que representa su personaje, pero como estrella de un filme de espías y acción adolece de falta de carisma, y tampoco veo que en las partes de mayor intensidad dramática su desempeño sea mucho más que correcto. De Robert Pattinson he alabado alguna vez, y vuelvo a hacerlo ahora, su voluntad de ser mucho más que el forracarpetas que empezó siendo, pero aquí me da la impresión de no estar enterándose demasiado de qué va la cosa, y he de decir que su nivel en El faro supera con creces al exhibido aquí. Kenneth Branagh, en cambio, consigue insuflar humanidad y peso a un personaje descrito con brocha gorda. Tenet es mejor porque Branagh está en ella, eso lo tengo claro. Creo que lo que consigue es que su personaje pase de ser un malvado de película de Bond a uno de película de Hitchcock, y eso es mucho. Por su parte, Elizabeth Debicki debe lidiar con un papel que parece la versión plana del que interpretó en la soberbia miniserie televisiva El infiltrado, lo que deja claro que, escribiendo, Nolan ni se acerca a Le Carré. El principal personaje femenino de la película es m´ás bien pobre, y la actriz que lo interpreta, y que tal vez debería elegir mejor sus papeles en el cine, tampoco logra sobresalir. Respecto a lo que es y no es el cine, sólo decir que, en una película llena de secuencias de acción, tiros, explosiones, saltos espacio-temporales y toda la parafernalia posible, una de sus mejores escenas nos la ofrece Michael Caine sentado en la mesa de un lujoso restaurante.

Una vez más, Christopher Nolan firma una obra sobresaliente en lo visual y con una narrativa cuyo nivel no está a la altura de sus pretensiones. Tenet impacta más que emociona, empacha más que entusiasma y, a la postre, confunde más que ilumina. Podríamos estar ante una de las grandes películas de espionaje del siglo, pero el director decidió que eso era demasiado poco para él, y decidió mal. Incluso a los cineastas muy buenos les puede suceder.

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