EL FACTOR PILGRIM

EL FACTOR PILGRIM. 2000. 87´. Color

Dirección: Santi Amodeo y Alberto Rodríguez; Guión: Santi Amodeo y Alberto Rodríguez; Dirección de fotografía: Alex Catalán;  Montaje: José M. G. Moyano; Música: Lavadora; Producción: A. Sirokh A y José Antonio Félez, para Tesela Producciones Cinematográficas-Seisdedos Producciones (España).

Intérpretes: Álex O´ Dogherty (Francisco); Enrico Vecchi (Giuseppe); Jons Pappila (Ambar Pool); Simon Edwards (Bruce); Howard Nigthtingall (Julius McDoom); Paul Rattee (Paul Simon); Kevin Brock, Jane Paul, Simon Joslin, Noel White, Milagros Martínez.

Sinopsis: Un español que vive en Londres y sus tres peculiares amigos se buscan la vida como pueden, hasta que intuyen que unas antigüedades con las que trapichean en los mercadillos parecen tener mucho valor.

El factor Pilgrim supuso el debut en la dirección de largometrajes de los sevillanos Santi Amodeo y Alberto Rodríguez, quienes por separado han sido capaces de desarrollar unas carreras importantes en el cine español. Se trata de una comedia muy modesta en el presupuesto, y también en las pretensiones, que toma como punto de partida la situación de cuatro jóvenes extranjeros, sin demasiados recursos económicos, en el Londres del cambio de milenio. El film logró una mención especial en San Sebastián, que reconocía la frescura y el ingenio de la propuesta, gustó a los espectadores y, por tanto, cumplió con creces con el objetivo de toda ópera prima.

Al ver El factor Pilgrim, a uno le vienen a la cabeza dos historias de jóvenes en Gran Bretaña: el icónico film Trainspotting, que encumbró al escocés Danny Boyle, y la mítica serie The young ones, que marcó época en los años 80. Aquí, la cosa es mucho menos salvaje, y se opta por un enfoque más liviano, en línea con lo ajustado del presupuesto de la película. A la hora de narrar, Rodríguez y Amodeo hacen una apuesta marcada por la voz en off, a través de la cual conocemos a Francisco, un joven español que vive en Londres y nos cuenta su visión de la ciudad, y de su día a día en ella, encadenando trabajos basura y viviendo a salto de mata. Su tono, siempre irónico, marca el ritmo de una historia que comienza con nuestro protagonista trapicheando en los mercadillos, lugares que frecuenta porque visitarlos es gratis y siempre se puede obtener alguna ganga. Ahí, Francisco exhibe su muy española capacidad para el regateo, que dada su escasez de recursos en esa ciudad carísima es casi una obligación. En el tenderete improvisado de un amigo italiano, Giuseppe, el narrador se encapricha de una vieja fotografía y de una caja sin valor aparente. El proyecto de comerciante se niega a venderle a Francisco ambos artículos, porque un tipo trajeado le ha comprado todo lo que tiene expuesto por 200 libras. A fuerza de insistir, Francisco acaba llevándose la caja y la foto a cambio de un poco de calderilla. Apenas se ha alejado unos cientos de metros del lugar del canje cuando el tipo del traje le aborda y le ofrece por ambos objetos mucho más de lo que ha pagado. Viendo el interés del sujeto, a Francisco no le cuesta deducir que esas dos baratijas pueden ser su gallina de los huevos de oro, por lo que se pone en marcha una operación de compraventa en la que también están involucrados el propio Giuseppe, un amigo común, Bruce, y un vecino sueco, que vive en un universo paralelo donde todo es naranja y responde al sobrenombre de Ambar Pool.

A pesar del marco cosmopolita, El factor Pilgrim es una película muy española, por su tono y por su espíritu. Rodríguez y Amodeo, que se apoyan en la desacomplejada música de Lavadora, la banda de la que forma parte el segundo de ellos, nos hablan de picaresca, de buscarse la vida, del soñado golpe de suerte que termine de una vez con la malvivencia, de la distinta manera de ver el mundo que tienen los que manejan el cotarro y los que lo soportan, y de una extraña camaradería masculina, en un film en el que las féminas brillan por su ausencia. Todo ello, además, con un trasfondo berlanguiano. Los codirectores evitan abusar de ese topicazo indie que es la cámara en mano y, conscientes de los recursos de que disponen, y desde luego de los que no, son capaces de tejer un entramado narrativo fresco, que se hace simpático al espectador porque se aprecia el talento detrás de un tinglado de lo más artesanal. Me parece ingenioso que la historia se saque de la manga a un desconocido músico escocés que es el verdadero autor de muchos de los éxitos de los Beatles, secreto que llegan a conocer los protagonistas gracias a sus trapicheos de mercadillo, pero también es justo decir que la escena en la que Julius McDoom, el tipo del traje, cuenta la historia, es de lo más flojo del film, pues resulta demasiado larga y discursiva, rompiendo un tanto un ritmo que en general es bastante ágil.

El reparto internacional cumple con las expectativas, participando de ese espíritu amateur que tiene la película, pero sin resultar cutre. El polifacético Álex O´ Dogherty, por entonces casi un debutante en la gran pantalla, exhibe ese desparpajo que le ha hecho célebre. Enrico Vecchi y Simon Edwards están a un nivel más discreto, sin bajarse de lo correcto, mientras que Jons Pappila se luce en un papel en el que lo fácil es dejarse ir por el camino de la sobreactuación. En cuanto a los actores que dan vida a los tipos encorbatados, me quedo con Paul Rattee.

No es que El factor Pilgrim sea nada del otro mundo, pero no puede negársele que es ingeniosa y resultona, muestra precoz de dos talentos que, sobre todo en el caso de Alberto Rodríguez, han alcanzado cotas muy elevadas en obras posteriores.

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