GRANUJAS A TODO RITMO

THE BLUES BROTHERS. 1980. 132´. Color.

Dirección: John Landis; Guión: Dan Aykroyd y John Landis; Dirección de fotografía: Stephen M. Katz; Montaje: George Folsey, Jr.; Música: Miscelánea, Canciones de Sam & Dave, John Lee Hooker, Henry Mancini, Elmore James, Fats Domino, Aretha Franklin, etc.; Diseño de producción: John Lloyd; Dirección artística: Henry Larrecq; Producción: Robert K. Weiss, para Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: John Belushi (Jake Blues); Dan Aykroyd (Elwood Blues); Cab Calloway (Curtis); James Brown (Reverendo Cleophus James); Ray Charles (Ray); Kathy Freeman (Hermana Mary); Carrie Fisher (Mujer misteriosa); John Candy (Burton Mercer); Charles Napier (Tucker McElroy); Henry Gibson (Líder nazi); Donald Dunn, Steve Cropper, Lou Marini, Murphy Dunne, Willie Hall, Tom Malone, Alan Rubin, Matt Murphy, Paul Reubens, John Lee Hooker, Twiggy, Chaka Khan.

Sinopsis: Cuando Jake Blues, un músico metido a delincuente, sale de la cárcel, sólo le espera su hermano Elwood. Pronto, los dos descubren que el orfanato en que se criaron va a ser vendido y deciden reagrupar a su banda con el fin de recaudar el dinero necesario para impedirlo.

Ejemplo paradigmático de cineasta cuya carrera ha ido de más a menos, John Landis vivió su mejor momento profesional a caballo entre las décadas de los 70 y los 80. Su película más recordada, aunque no la mejor para mi gusto, es Granujas a todo ritmo, desmadrada comedia musical en la que el director explota el peculiar sentido del humor y el carisma de una pareja surgida, al igual que la propia película, del programa televisivo Saturday night live, la formada por Dan Aykroyd, coguionista de la cinta, y el malogrado John Belushi. Gran éxito de taquilla para un título que, de forma casi inmediata, se convirtió en film de culto y que significó el punto más alto en la carrera de muchos de sus principales artífices.

Es evidente que esta película es conocida por todo el mundo, y así sucede también en España, como The blues brothers, aunque es justo señalar que la traducción patria del título original es fiel al espíritu de una obra que, si por algo merece ser destacada desde un punto de vista cinematográfico, es por su frenético ritmo. Al principio, en la escena en la que vemos una panorámica nocturna de la ciudad de Chicago y cuando, acto seguido, la acción se traslada a la penitenciaría que Jake Blues está a punto de abandonar gracias a su buena conducta, Landis juega un poco al despiste, con una cadencia pausada y la idea de ocultar hasta el final de la secuencia el rostro del principal protagonista, un rostro que prácticamente no dejará de aparecer en pantalla durante las dos horas siguientes. Sin embargo, en cuanto Jake abandona el recinto carcelario y se reencuentra con su hermano Elwood, que le espera apoyado en su nuevo coche, la película se dispara y adquiere unas maneras adrenalínicas (o cocainómanas, si se quiere) que ya no abandonará durante el resto del metraje. La premisa argumental, que se basa en la idea de Jake de reunir a su antiguo grupo de música para intentar recaudar el dinero necesario para evitar que el orfanato en el que se criaron los dos hermanos sea vendido por el arzobispado, es sin duda lo de menos. Lo que de verdad importa es dar rienda suelta al disparatado humor de Aykroyd y Belushi, y homenajear a lo grande a la música negra norteamericana, con especial querencia por el soul y el rhythm & blues.

Opino que, de las dos facetas antes señaladas, The blues brothers funciona mejor como película musical que en su vertiente de pura comedia. El desfile de grandes luminarias de la música negra, de una entidad pocas veces vista en el celuloide, funciona como un reloj y marca casi todos los puntos álgidos de la película: ahí está ese miniconcierto callejero de John Lee Hooker, la brutal performance de James Brown (con Chaka Khan como líder del coro) en el rol de un predicador evangelista, la no menos mítica aparición de Ray Charles en la tienda de música, la inolvidable autoreivindicación de Aretha Franklin a los sones de Think, uno de sus éxitos más potentes, y la interpretación en el escenario que hace Cab Calloway, que de todos los mencionados es quien tiene más relevancia en la película a nivel actoral, de la archiconocida Minnie the moocher. Añádase la energía y el desparpajo que demuestran Aykroyd y Belushi en cada una de sus actuaciones en el escenario, así como el buen hacer de una banda que es pura dinamita, véanse también las excelentes coreografías, y el resultado es que el aura mítica de la película está más que justificada si atendemos exclusivamente a la parte musical. En su vertiente de comedia pura, no obstante, The blues brothers es mucho más irregular, sobre todo porque el humor de la pareja protagonista, a cuya mayor gloria se entrega Landis sin poner las necesarias dosis de contención, adolece de una notoria falta de sutileza. Al margen de algún afortunado encontronazo con las fuerzas del orden, considero que los momentos cómicos de mayor nivel se encuentran en la actuación que la banda de los hermanos Blues lleva a cabo en el garito country, haciéndose pasar por una formación llegada directamente desde Nashville. En los siempre brutales atentados que una mujer misteriosa perpetra contra los hermanos, Landis opta por una resolución muy próxima a los dibujos animados, mientras Aykroyd y Belushi se sumergen en un registro keatoniano que les viene algo grande. Por otra parte, la aparición del grupo neonazi da pie a un buen momento cómico, aunque las posteriores escenas en las que intervienen esos ridículos sujetos con camisas pardas están metidas en el guión con calzador. El mayor defecto, y es aquí donde el director debería haber puesto freno al desparrame de sus protagonistas, es que todo lo que ocurre a partir de la huida de los hermanos Blues desde el escenario de su concierto de regreso hasta el final de la película cae en lo aparatoso. Por decirlo claramente, se requiere cierta mesura incluso para que la falta de mesura tenga gracia, y aquí Landis se muestra menos inspirado que en los mejores momentos de su comedia precedente, Desmadre a la americana. Las persecuciones automovilísticas son en verdad espectaculares, pero mostrada esa carta desde el principio, en el tramo final resulta reiterativa y no hace más que aumentar la sensación de que todo está excesivamente recargado y tiende a lo artificioso. Hay que destacar, eso sí, la secuencia en la que interviene la hermana Mary, en la que Landis demuestra tener muy buena mano para el terror, como confirmaría de manera inmediata.

Bastante he hablado ya de las virtudes y defectos interpretativos de Dan Aykroyd y John Belushi, pero es preciso señalar que sus grandezas y miserias van muy de la mano. Aykroyd da vida al tipo más parco, mientras que Belushi, como en él era habitual, se encarga del personaje más desmadrado y pasado de rosca, sin duda la especialidad de la casa. Divierte, pero llega a cargar. Al margen de las apariciones de las luminarias musicales a las que antes se hizo alusión, lo mejor es la breve aparición de Kathy Freeman, en el papel de una monja inquietante y muy dada a impartir disciplina. Charles Napier está bien como líder de la banda country suplantada por los Blues Brothers, mientras que Carrie Fisher me da la impresión de andar muy despistada. Henry Gibson, tan ridículo como corresponde.

Modélica como musical, The blues brothers pierde pie en lo que debería ser su clímax, en el que seguramente se hubiese necesitado usar más la tijera, al margen de que es irregular en lo humorístico. Son, pues, dos películas en una, de calidad diversa. Hoy en día, resulta curioso que la película haya envejecido mejor en su faceta retro, pues fue concebida como homenaje a la mejor música negra de las décadas inmediatamente anteriores, que en lo que en su estreno era contemporáneo, cual es la vis cómica de sus protagonistas, que cuando bajan del escenario flaquean, a mi juicio. En todo caso, ahí queda aquello de Everybody needs somebody. Y entretener, vaya si entretiene.

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