WOODSTOCK: TRES DÍAS QUE MARCARON A UNA GENERACIÓN

WOODSTOCK: THREE DAYS THAT DEFINED A GENERATION. 2019. 105´. Color.

Dirección: Barak Goodman y Jamila Ephron; Guión: Barack Goodman y Don Kleszy; Montaje: Don Kleszy; Música: Canciones de Bob Dylan, Richie Havers, Joan Baez, The Who, Santana, Jimi Hendrix, etc.; Producción: Mark Samels, Barak Goodman y Jamila Ephron, para PBS Distribution (EE.UU.).

Intérpretes: John Roberts, Joel Rosenman, Joel Makower, Bob Spitz, Michael Lang, Donald Goldbacher, Mel Lawrence, David Crosby, Paul Kantner, John Morris, Miriam Yasgur, Louis Ratner, Chip Monck, Richie Havers, Wavy Gravy, Stanley Goldstein, Barnard Collier, Paul George, Lareen Starobin, Katherine Daye, Henry Diltz.

Sinopsis: Film que aborda lo que supuso a nivel artístico y sociológico el festival de Woodstock, celebrado en el verano de 1969.

Con una dilatada y variopinta carrera como documentalista, Barak Goodman extendió su radio de acción temático hacia el mundo de la música con un trabajo que, al igual que sucedió con uno de sus anteriores proyectos, Far from the tree, codirigió junto a Jamila Ephron. El impacto comercial de la película no ha llegado más allá del público habitual en este tipo de producciones, pero sí ha contado con el merecido beneplácito de los espectadores, pues el dúo Goodman/Ephron consiguió elaborar un documental técnicamente pulido, inteligente en su propuesta y honesto en su formulación.

Más de medio siglo después de la celebración del que sigue siendo el evento musical multitudinario por excelencia, la perspectiva del tiempo ha llevado a lecturas muy dispares acerca de lo que fue y significó Woodstock en una época particularmente convulsa de la reciente historia norteamericana. El rasgo quizá más llamativo de este documental es que renuncia por completo a esa perspectiva, as´í como a la distancia que conlleva, decidiéndose por un muy consciente regreso a 1969, motivado sin duda por el deseo de trasladar al espectador contemporáneo a aquel momento histórico, más que en explicarlo con ojos de ahora. Es por ello que no vemos en toda la película una sola imagen grabada en la actualidad: todas las que se ofrecen fueron obtenidas sobre el terreno, y son explicadas por las voces de los organizadores al evento, y también por las de varios asistentes al festival. Las voces, digo, porque no vemos el rostro actual de ninguno de ellos en pantalla. Todo es 1969, pues, con lo que queda claro que lo que pretenden Goodman, Ephron y el co-guionista y montador Don Kleszy, máximos artífices del proyecto, es una inmersión, más que un análisis.

Sin duda, el referente máximo es la monumental película que Michael Wadleigh estrenó pocos meses después de la celebración del festival de Woodstock, que por algo es uno de los documentales por excelencia del rock, pero los responsables de Tres días que marcaron a una generación optan por centrarse en el contexto y la logística del evento, más que en unas actuaciones musicales de sobras conocidas por los aficionados y de las que, eso sí, se recogen fragmentos de las más legendarias (The Who, Joe Cocker, Santana, Sly Stone, Hendrix…). No estuvieron Dylan, Clapton, los Doors, los Stones, los Byrds o unos Led Zeppelin que ya empezaban a romper, pero la relevancia musical de Woodstock está fuera de toda discusión y este es el eje de la película de Wadleigh. Goodman y Ephron explican cómo eran los centenares de miles de jóvenes que acudieron a aquel fangal situado a unos 200 kilómetros de la ciudad de Nueva York, y en qué se basaba su rechazo a una sociedad que, de muchas maneras distintas, les daba la espalda. Woodstock ha quedado como el cénit de la contracultura en los Estados Unidos, del mismo modo que el mayo del 68 parisino goza de ese estatus en Europa, pero su más reseñable cualidad, y en ella inciden mucho y bien los responsables de la película, es haberse convertido en uno de esos rarísimos casos en los que un caos multitudinario no degenera en un completo desastre ni termina en tragedia. Esto fue posible gracias al pacifismo y la buena voluntad de los asistentes, pero también a los desvelos de unos organizadores que, a pesar de verse claramente superados por la magnitud del evento, tuvieron la virtud de no entrar en pánico pese a que el desastre que todos anunciaban estuviera cerca de producirse en más de una ocasión. El film no oculta que, además de por la implicación de una pintoresca secta que, por una vez, sirvió para algo bueno, la hecatombe del mayor festival del rock, que se celebró en los terrenos de un granjero republicano de ideas liberales, pudo evitarse en parte gracias al auxilio de fuerzas hostiles (helicópteros y personal médico suministrado por el ejército cuando, en parte a causa de que ya por entonces mucha gente se drogaba mucho y mal, los suministros médicos se agotaron a mitad del evento, o donaciones de alimentos y bebidas hechas por unos lugareños que, en general, eran más bien hostiles a esos melenudos antisistema, cuando las existencias proporcionadas por los organizadores se redujeron al mínimo). En algunos momentos la película funciona casi al modo de un thriller, cuando se narran en paralelo las actuaciones o las costumbres lúdico-festivas de los asistentes con las de los distintos hechos (no hay que olvidar que, en Woodstock, mucho de lo que podía salir mal salió, en efecto, mal) que podían hacer saltar la chispa y provocar que esos tres días de amor y paz (forma muy eufemística de llamarlos, por cierto) se fueran al traste en cualquier momento y mucho antes del final previsto.

Un montaje más que acertado pone al espectador en situación, logrando que entienda que Woodstock no sólo fue un enorme festival de música, sino también una verdadera rareza, en la que la libertad de muchos no degeneró, para variar, en material sensacionalista para los noticieros. El canto de cisne del sueño de libertad del movimiento hippie estaba a la vuelta de la esquina, pero este inteligente documental nos muestra un milagroso momento en que una gran cantidad de hombres y mujeres jóvenes decidió, durante tres días, no comportarse como los energúmenos que, para muchos, eran. O, por decirlo más claro, no ser unos hijos de puta. Fue un sueño bonito, aunque breve, y más allá del cliché del flower-power y el amor libre, el film de Goodman y Ephron deja ver que en Woodstock hubo, además de un enorme esfuerzo logístico, mucho de emociones auténticas, las de una generación que rechazó la generosa oferta de sacrificar su juventud yendo al Sudeste asiático a asesinar nativos en pro de la libertad y regresar, quizá, dentro de una bolsa de plástico, y que quiso, con gran empeño y tremenda ingenuidad, ser en verdad libre. Y de su fracaso surgió, queridos niños, este maravilloso mundo de hoy. Por todo lo expuesto, el valor de Woodstock: tres días que marcaron a una generación va más allá de lo musical.

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