THE BEE GEES

THE BEE GEES: HOW CAN YOU MEND A BROKEN HEART. 2020. 110´´´ . Color.

Dirección: Frank Marshall; Guión: Mark Monroe; Dirección de fotografía: Michael Dwyer; Montaje: Derek Boonstra y Robert A. Martínez; Música:  Canciones de Barry Gibb, Maurice Gibb y Robin Gibb; Producción: Nigel Sinclair, Jeanne Elfant Festa y Mark Monroe, para Diamond Docs-Polygram Entertainment-White Horse Pictures-The Kennedy/Marshall Company- HBO (EE.UU.).

Intérpretes: Barry Gibb, Maurice Gibb, Robin Gibb, Andy Gibb, Alan Kendall, Dennis Byron, Blue Weaver, Karl Richardson, Albhy Galuten, Peter Brown, Vince Melouney, Lulu, Mark Ronson, Yvonne Gibb, Bill Oakes, Nicky Siano, Dwina Gibb, Eric Clapton, Mykael S. Riley, Noel Gallagher, Chris Martin, Justin Timberlake, Nick Jonas.

Sinopsis: Film que repasa la trayectoria musical de los Bee Gees, desde sus inicios en Australia hasta su disolución.

Después de un largo paréntesis, que cada vez iba pareciéndose más a un retiro, Frank Marshall regresó a la dirección de largometrajes con un documental dedicado a una de las formaciones pop más exitosas del siglo XX, los Bee Gees. El resultado es un film de mucha calidad, lleno de elementos de interés que van más allá del que pueda despertar el propio grupo, cuya trayectoria comercial es un magnífico ejemplo de montaña rusa, en los espectadores. El premio Emmy a la mejor edición de sonido es un justo, y me atrevo a decir escaso, reconocimiento a un trabajo técnicamente formidable.

Es cierto que alguien con tanto poder en la industria del cine como Frank Marshall dispone, al abordar un proyecto de este tipo, de los mejores medios a su alcance, pero sucede en este caso que el uso de esos medios es espectacular, en especial en lo que se refiere al montaje, tanto de los audios como de las im´ágenes. Tanto es así que la película, que abarca siete décadas de trayectoria vital y musical de sus principales protagonistas, posee un ritmo tan frenético que ni siquiera da tiempo al público a pensar en algún momento que tampoco le interesa tanto lo que le están contando. El mérito del director es que ese aluvión de imágenes, palabras y fragmentos de canciones no resulte atropellado, y a fe que lo consigue. The Bee Gees: How can you mend a broken heart se degusta tan rápido y bien como el mejor gazpacho, si se me permite la comparación. Es justo reconocer que Marshall no inventa la rueda, y que se ciñe al típico planteamiento narrativo cronológico, pero su trabajo, así como el de sus más inmediatos colaboradores, está a la altura técnica de los mejores documentales sobre música que uno haya visto (y ha visto muchos, por aquello de que las vidas de los músicos acostumbran a ser mucho más interesantes que las del resto de los mortales, o al menos que las de gran parte de ellos), incluyendo los dirigidos por Martin Scorsese.

Llegados a este punto, hay que hablar de los Bee Gees, grupo exitoso y discutido como pocos en la historia del pop. Debo aclarar que siempre me acerco a su música con muchos reparos, pues mis gustos personales transitan por otros derroteros y creo que la banda de los hermanos Gibb se nutre de una mezcla tan perfecta de ñoñería, genialidad y horterada que jamás he logrado encontrarles el punto. Opino también que las mejores canciones del grupo se hallan en su primera etapa de grandes éxitos, a finales de los años 60, más que en la época por la que son más recordados a día de hoy. Por otro lado, ya se me ha pasado la edad de restarle méritos a quien ha conseguido tantos logros, y tan prolongados, en la música por el simple hecho de que no sea de mi estilo. Ahí están las canciones, entre las que hay verdaderas joyas del pop, para que hablen por sí mismas. Soy consciente de las cualidades vocales y compositivas de Barry, Robin y Maurice Gibb; lo que les discuto es para qué las han utilizado en multitud de ocasiones. Dicho lo cual, la película, cuyo académico pero inteligente guión firma Mark Monroe, esquiva los episodios más escabrosos en la trayectoria de los Bee Gees, que los hubo, y termina cayendo en una reivindicación acrítica de la banda frente al público norteamericano, que tanto tuvo que ver en el arrollador éxito y en la caída en desgracia del grupo, que a estas alturas raya en lo innecesario. Más interesante es escuchar las reflexiones actuales de Barry Gibb, el único superviviente del grupo, que nos dejan ver el enorme peso que tiene, para alguien en cuya vida la familia ha tenido una importancia tan decisiva, el hecho de haber visto desaparecer, uno por uno, a todos sus miembros. Igualmente, las declaraciones de los antiguos músicos de la banda y las imágenes de archivo de Robin y Maurice aportan muchos elementos reveladores, a la par que valiosos. No ocurre lo mismo, creo, con las intervenciones de muchas de las estrellas invitadas al evento. Exceptúo de esta impresión general las palabras de Nicky Siano, que en apenas un par de pinceladas explica a la perfección los orígenes y desarrollo del fenómeno disco, al que se unieron con entusiasmo los Bee Gees a mediados de los 70 y que les llevó no sólo a reverdecer, sino a multiplicar hasta el infinito, sus antiguos laureles. Sin embargo, reducir, como hace otro de las personas que prestan su testimonio a la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, la brutal hostilidad que acabaron generando los éxitos discotequeros del grupo (varios de los cuales cruzaron la frontera entre lo pegadizo y lo pegajoso) entre numerosos aficionados a la música a una reacción racista y homófoba me parece de una simpleza mental extrema, muy propia de la época, por otra parte. Esto supone ignorar la horrorosa saturación de Bee Gees que el mundo vivió en los meses inmediatamente posteriores al estreno de Fiebre del sábado noche, durante la cual muchos melómanos, en especial los devotos del rock, corrieron un serio peligro de morir por sobredosis involuntaria de falsete. Al margen de que quizá el auténtico racismo y la auténtica homofobia radicaran en el hecho de que el boom de la música disco, omnipresente en la segunda mitad de los años 70 y explotado por la industria musical hasta más allá de lo absurdo, fuese capitalizado por tres chicos blancos heterosexuales. Dicho esto, destruir discos me parece obsceno… aunque quizá los de reggaetón no merezcan otra cosa.

Al margen de que en ella sobre algo de azúcar y falte un pelín más de vitriolo, no se me ocurre la forma en la que Frank Marshall podría haber hecho una película mejor con el material de que disponía. Si su propósito era homenajear a los Bee Gees, esa intención está más que cumplida en este film que, como documental musical, es modélico en muchos aspectos.

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