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CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO

HOME FROM THE HILL. 1960. 150´. Color.

Dirección: Vincente Minnelli; Guión: Harriet Frank, Jr. e Irving Ravetch, basado en la novela de William Humphrey; Dirección de fotografía: Milton Krasner; Montaje: Harold F. Kress; Música: Bronislau Kaper; Dirección artística: Preston Ames y George W. Davis; Producción: Sol C. Siegel y Edmund Grainger, para Sol C. Siegel Productions-Metro Goldwyn Mayer (EE.UU.)

Intérpretes: Robert Mitchum (Wade Hunnicutt); Eleanor Parker (Hannah Hunnicutt); George Peppard (Rafe Copley); George Hamilton (Theron Hunnicutt); Everett Sloane (Albert Halstead); Luana Patten (Libby Halstead); Anne Seymour (Sarah Halstead) Ray Teal (Dr. Carson); Constance Ford (Opal Bixby); Ken Renard, Hilda Haynes, Stuart Randall, Denver Pyle, Dub Taylor, Orville Sherman, Guinn Big Boy Williams.

Sinopsis: Un potentado texano, autoritario y mujeriego, decide enseñar a su hijo adolescente, cuya educación ha dejado en las manos de su madre, a comportarse de acuerdo a su condición en la vida adulta.

Cineasta mundialmente célebre por sus comedias musicales, Vincente Minnelli dirigió también un puñado de excelentes dramas, entre los que se encuentra Con él llegó el escándalo, adaptación de la novela con la que William Humphrey logró el mayor éxito de su carrera, con diferencia. Se trata de un drama ambientado en el sur del estado de Texas que entronca con el film anterior de Minnelli, Como un torrente, en cuanto al desencantado retrato que se hace en ambas películas del interior de la Norteamérica contemporánea. La acogida crítica fue, en este caso, algo menos entusiasta que la obtenida con su anterior obra, y de hecho no son mayoría quienes sitúan Home from the hill entre las mejores películas de Minnelli, pero opino que se trata de un magnífico drama servido por un director en plena posesión de su muchísimo talento.

Con este film, Minnelli se mete de lleno en una categoría muy en boga en el Hollywood de la época, la de las películas-río, dramas de dilatado metraje que adaptaban novelas de éxito y servían como retrato de pasiones más grandes que la vida. Obras herederas, por supuesto, de Lo que el viento se llevó, si bien en los años 50 se añade al clásico entramado de estos productos un elemento, el del conflicto generacional y la creciente inadaptación de los jóvenes a los roles sociales establecidos, que tiene mucha importancia en Home from the hill. El drama arrebatado, muy propio de Douglas Sirk o Nicholas Ray, no era ningún secreto para el director italoamericano, a pesar de que en su obra predomine el tono ligero, y Minnelli se arrojó a él con decisión, y con su buen hacer característico. Su muy elevado (y alabado) sentido del entretenimiento hace que el ritmo narrativo sea envidiable y que en ningún momento se hagan pesadas las dos horas y media de metraje, mérito que también se deriva de la brillante adaptación realizada por el matrimonio de guionistas que formaron Irving Ravetch y Harriet Frank, Jr., a quienes sin duda les iban las emociones fuertes, porque venían de escribir dos adaptaciones cinematográficas consecutivas de novelas de William Faulkner. Humphrey, el autor de Home from the hill, tomó este título de un verso del poema que dejó escrito Robert Louis Stevenson para su epitafio. Ese verso habla de un cazador, y efectivamente es en una cacería donde transcurre la primera escena de la película. Allí, el hombre más poderoso de la zona, Wade Hunnicutt, sufre un intento de asesinato cometido por un marido despechado, furioso porque el terrateniente no se anda con miramientos a la hora de seducir a las esposas ajenas. La cosa no pasa a mayores porque el joven Rafe, hijo ilegítimo de Hunnicutt, intuye la escena segundos antes de que suceda y aparta a su padre de la trayectoria de la bala lo suficiente como para que ésta no sea mortal. Cuando Wade, que decide no denunciar al marido ultrajado, regresa, herido, a su mansión, se encuentra con esta frase de Hannah, su mujer: “Algún día habrá un marido que te mate”. Pronto vemos que ambos forman un matrimonio a todas luces fracasado, en el que ella sufre por la condición de mujeriego empedernido de su esposo y este argumenta que debe buscar fuera aquello que se le niega en su hogar. De ese matrimonio nació un hijo, Theron, ya adolescente, educado casi en exclusiva por su madre. El resultado: el muchacho es sensible y no carente de inteligencia, pero sí de virilidad y fortaleza de carácter, lo que le sitúa en las antípodas de lo que desea Wade como heredero de su abundante patrimonio. Es de señalar que esas cualidades, que el ingenuo Theron no posee, sí abundan en el hijo bastardo, relegado a la condición de empleado para todo en los dominios de su progenitor. Una broma pesada que gastan los hombres desocupados del pueblo a Theron es el detonante que hace que Wade piense que alguien con tan poca vida será incapaz de ser un digno sucesor suyo, y decida, por primera vez, implicarse en la educación de su vástago y prepararle para la vida real y, más en concreto, para lo que todo el mundo espera de un Hunnicutt. Lo que acaba uniendo a padre e hijo es la puntería que este demuestra con las armas de fuego, pero esta cercanía provoca una ruptura del statu quo familiar y una disputa entre los padres por el control de la vida de su hijo, ya enamorado de una adolescente del lugar, que convierten al muchacho en un arma arrojadiza en mitad de una continua guerra de nervios. Una vez más, se nos presenta a los jóvenes como víctimas de los conflictos no resueltos de los adultos, en un entorno en el que las habladurías, siempre malintencionadas, de las masas constituyen el ingrediente principal de un cóctel explosivo.

Minnelli utiliza con insistencia los planos medios en un film que, en contra de lo que sucede con otros de sus mismas características, está rodado principalmente en exteriores, destacando el brío con que se filman las cacerías (la escena en la que no vemos el ataque de un enfurecido jabalí a los perros de los Hunnicutt es un modelo de buen cine) y el aprovechamiento que se hace de la lujosa escenografía, que acentúa el contraste entre la muy acomodada vida de la familia protagonista y el infierno que acaba siendo la convivencia en el hogar a causa de la incompatibilidad de caracteres entre quienes lo habitan. El luminoso Technicolor contribuye sobremanera al excelente envoltorio visual de la película. Celebro que el guión muestre cómo el patriarca se comporta en todo momento con personas y propiedades como un señor feudal, sin que por ello se le presente como a un ser falto de humanidad e incapaz de evolucionar. Wade Hunnicutt podrá ser un mujeriego sin remedio y abusar de su tendencia al autoritarismo, pero también es un hombre que comprende a la perfección cómo funciona el mundo real (básicamente porque él mismo tiene mucho que ver en cómo funciona), está de vuelta de las cosas mientras los demás llegan a ellas y a la vez comprende que debe cambiar ciertos aspectos de su carácter si no quiere perder a quienes le rodean. Un macho alfa típico, pero no hueco, por decirlo en una frase. Su esposa es una mujer infeliz, que busca proteger a su hijo y sufre los efectos de un matrimonio claramente equivocado, pero que a veces se ve dominada por el rencor. Por su parte, Theron pasa de ser un hijo de mamá ideal a demostrar que algo ha heredado del férreo carácter paterno, Su relación con la bella y bondadosa Libby, hija de un comerciante que rechaza a su proyecto de yerno a causa de la reputación de su padre, es la que le empuja a salir del cascarón, aunque el verdadero detonante de su abrupta entrada en el mundo adulto es el descubrimiento de que Rafe es su hermanastro. En verdad, este muchacho sería el hijo perfecto para Wade, pero el patriarca se niega a considerarlo como tal por su condición de bastardo. Estos hechos marcan el momento en que el film se adentra en sus derroteros más melodramáticos, acentuados quizá de un modo demasiado obvio por la música de Bronislau Kaper, cuyo trabajo, pese a ello, me parece notable. La escena en la que el padre de Libby acude a visitar a Wade es antológica, no sólo por sus diálogos, sino también por el modo, firme sin perder la elegancia, en el que Minnelli resalta la superioridad del anfitrión respecto al hombre que le despreció a través de su hijo. Igualmente, la escena final, que tiene lugar en un cementerio, constituye un perfecto epílogo.

Si digo que estamos ante uno de los mejores trabajos de Robert Mitchum en el cine, ya estoy diciendo bastante. Wade Hunnicutt es un personaje que se ajusta muy bien a las cualidades de un actor que hizo de la parquedad su estilo y de su carisma su salvoconducto. Mitchum le da la presencia y la autoconfianza para que el espectador le vea como al hombre poderoso que es, pero también ese poso amargo que le aporta profundidad. Eleanor Parker, una actriz que por talento y amplitud de registros merece seguramente más fama de la que tiene, ni se arruga ante la jerarquía de Mitchum ni se conforma con presentar a su personaje como a una víctima sin iniciativa. Un casi debutante George Hamilton se limita a cumplir en un papel que le viene grande, mientras que George Peppard lleva a cabo una de sus interpretaciones más memorables en el cine. Nota alta para un secundario de lujo como Everett Sloane, en el papel de un ser mezquino obsesionado, como la mayoría de los de su especie, por su reputación, y correcta labor de Luana Patten en el único film importante de su carrera.

Gran drama, magnífico en su puesta en escena y con una base literaria de mucha calidad. Un clásico con todas las letras, al que un servidor sí concede un espacio entre las mejores obras de un director espléndido como Vincente Minnelli.

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