MAUDIE: EL COLOR DE LA VIDA

MAUDIE. 2016. 112´. Color.

Dirección: Aisling Walsh; Guión: Sherry White; Dirección de fotografía: Guy Godfree; Montaje: Stephen O´Connell; Música: Michael Timmins; Diseño de producción: John Hand; Dirección artística: Owen Power; Producción: Mary Sexton, Andrea Cooper, Bob Cooper, Mary Young Leckie y Susan Mullen, para Painted House Films-Small Shack Productions-Solo Productions-Mongrel Media-H is 4 Productions-Storyscape Entertainment (Canadá-Irlanda).

Intérpretes: Sally Hawkins (Maude Dowley); Ethan Hawke (Everett Lewis); Kari Matchett (Sandra); Gabrielle Rose (Tía Ida); Zachary Bennett (Charles Dowley); David Feehan, Marthe Bernard, Lawrence Barry.

Sinopsis: Maud, una joven artrítica que siente pasión por la pintura, huye de su sobreprotectora familia y entra a trabajar como sirvienta en la casa de Everett, un rudo vendedor de pescado.

Si bien la gran mayoría de los trabajos como directora de la irlandesa Aisling Walsh han sido para la televisión, en contadas ocasiones esta ya veterana cineasta ha realizado interesantes largometrajes como esta biografía de la pintora Maud Lewis, una de las más célebres artistas canadienses del segundo tercio del siglo XX. La aproximación de Walsh a la vida de esta singular artista no sólo se llevó los mayores premios concedidos por la Academia del Cine de Canadá, sino que fue también muy elogiada en el resto de países en los que se estrenó, por la elegancia y sensibilidad de un film que mejora a medida que avanza.

Si el trabajo de la directora es muy meritorio, justo es también no regatear elogios al excelente guión escrito por Sherry White, polifacética artista cuyo trabajo también se ha orientado mayoritariamente hacia el mundo de la televisión. Allá donde muchos otros, y estoy pensando en algunos nombres muy célebres, hubieran escogido la vía del melodrama lacrimógeno y el feminismo facilón, Walsh y White eligen la sencillez, la riqueza en los matices y la observación de la belleza cotidiana a la hora de trazar el retrato de una mujer a la que, pese a haber vivido circunstancias personales muy difíciles, debe considerársele, y así lo muestra la película, una triunfadora. En el film no se hace la más mínima alusión a la infancia y la adolescencia de Maud, a la que el espectador conoce ya pasada la treintena. Aquejada de una artritis reumatoide que marcó toda su vida, y víctima de un trato familiar lleno de sobreprotectora condescendencia, esta mujer se refugió desde muy joven en su gran pasión, la pintura, arte para el que además poseía cualidades. Después de que su hermano vendiera sin su permiso el hogar familiar, Maud decidió romper con sus parientes y optar al puesto de criada que ofrecía Everett Lewis, un vendedor de pescado tan trabajador como huraño. El empleo permitió a Maud dejar para siempre la casa de su tía Ida, aunque el trato que en principio le brindó Lewis apenas puede calificarse de humano. El rudo vendedor, eso sí, dejó que la mujer pintara, y pronto las tarjetas que ella dibujaba empezaron a tener éxito entre sus vecinos, e incluso entre los visitantes de la zona. Con el tiempo, Maud hizo del hogar que compartía con Everett no sólo su estudio, sino un sencillo museo que se convirtió en un lugar de peregrinaje para los aficionados al arte. Todo esto se cuenta de un modo apacible, sin histerismos formales ni resbalones hacia la sensiblería. Se agradece, y más en estos tiempos, que no se presente al hombre como una bestia, sino más bien como alguien que ha sido educado para no ser otra cosa que una bestia (y en esto, que nadie se equivoque, tiene más relevancia la clase social que el sexo de cada uno), y que sin embargo es capaz de comprender que esa mujer poco agraciada que un día llamó a su puerta pidiendo ser su sirvienta era, en realidad, un tesoro, alguien dotado de eso de lo que tanto se habla y tan poco se ve, llamado por algunos belleza interior. Hombre que no le hacía ascos a trabajar sin descanso, Everett no sólo comprende con el tiempo lo que le ha sido dado, sino que obra en consecuencia para hacer que Maud pueda dedicarse exclusivamente a hacer aquello que más la llena. Por lo tanto, Maudie es la crónica del triunfo de una mujer en lo personal y en lo profesional. Y no es un triunfo cualquiera, porque hablamos de una persona cuyo destino es la tragedia, y a la que todo le es más difícil que al común de los mortales, por sus limitaciones físicas, su baja extracción social, su condición de mujer y el absoluto desamparo en el que se encuentra, en lo humano y en lo artístico, a una edad en la que la mayoría ya tiene la vida organizada. La protagonista se impone a los desdenes y las adversidades, al hecho de que la sociedad no tenga un lugar para ella, de un modo paulatino pero incesante, que es la definición que, a mi juicio, mejor cuadra con el ritmo que Aisling Walsh imprime a su película. Quizá abusa un tanto de los primerísimos planos de Maud, en especial cuando se la muestra pintando, en un intento loable pero algo reiterativo de captar su reconcentrado mundo interior, pero la verdad es que la directora consigue que su película vaya calando en espectador de una manera tan pausada como inexorable.

Tratándose de una obra acusadamente intimista, no hay espacio para la espectacularidad ni el despliegue de virtuosismo técnico. pero lo cierto es que Walsh logra captar de forma inspirada la dura belleza de las tierras de Nueva Escocia, ajenas a la mayor parte de los cambios que se suceden en las distintas épocas. De hecho, en la película apenas aparecen alusiones al contexto histórico, que tampoco juzgo necesarias. La directora opta siempre por lo sutil, ya sea a la hora de reflejar la manera en la que Maud va erosionando la dura coraza de Everett (el episodio de la mosquitera es fundamental en este aspecto, pero también son dignas de apreciar las diferencias entre cómo ambos hacen los trayectos por el pueblo al principio y al final de la película), como cuando se muestran los sucesos más dramáticos en la vida de Maud, que ella asume con admirable entereza, sabedora de que sus muchos esfuerzos no han sido vanos. Disfruto también con esas canciones de corte rural que aparecen en la película, como la muy adecuada Little bird, en la voz de Lisa Hannigan.

Que Sally Hawkins es una actriz de alto nivel es algo que muchos ya habíamos visto antes de que todo el mundo lo reconociera después de ver La forma del agua. Aquí, su trabajo es tan bueno que incluso lo considero merecedor de un reconocimiento más importante que el que obtuvo, que no fue escaso. Sin recurrir a una gestualidad forzada, Hawkins nos hace partícipes de la luz interior de su personaje, que es la que ilumina toda la película. A su lado brilla un actor cuya presencia en un proyecto es casi siempre sinónimo de calidad, y que con los años ha ido ganando una fuerza como intérprete que pocos pueden igualar. Hablo de Ethan Hawke, que de una forma muy austera nos permite ver la evolución que sufre su personaje al ver que ha tenido la gran suerte de compartir su vida con una de esas personas que te hacen mejor. Se pueden elaborar escenas de alto calado dramático alrededor del sentimiento de pérdida, pero la forma en la que Hawke lo muestra sólo con su expresión, mientras recoge el cartel que anuncia la venta de las pinturas de Maud, es para quitarse el sombrero. Ellos dos son casi toda la película a nivel actoral, aunque no quiero obviar el buen trabajo de Gabrielle Rose en el papel de la mezquina tía de la protagonista.

Una pequeña gran película, que demuestra que una buena historia, dos actores de mucha calidad y un estilo sencillo pero efectivo siguen siendo suficientes para complacer a los cinéfilos más exigentes.

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