LAS PISTOLAS DEL INFIERNO

DAY OF THE EVIL GUN. 1968. 92´. Color.

Dirección: Jerry Thorpe; Guión: Charles Marquis Warren y Eric Bercovici, basado en un argumento de Charles Marquis Warren; Dirección de fotografía: W. Wallace Kelley; Montaje: Alex Beaton; Música: Jeff Alexander; Dirección artística: George W. Davis y Marvin Summerfield; Producción: Jerry Thorpe, para Metro Goldwyn Mayer (EE.UU.).

Intérpretes: Glenn Ford (Lorn Warfield); Arthur Kennedy (Owen Forbes); Dean Jagger (Jimmy Noble); John Anderson (Capitán Addis); Paul Fix (Sheriff Kelso); Nico Minardos (De León); Harry Dean Stanton (Sargento Parker); Pilar Pellicer, Parley Baer, Royal Dano, Ross Elliott, Barbara Babcock, James Griffith.

Sinopsis:  Un pistolero retirado regresa a su hogar después de un largo viaje y se encuentra con que su esposa y sus hijas han sido raptadas por los apaches. En su búsqueda le acompañará un pretendiente de la mujer.

A mediados de los años 60, el productor y realizador televisivo Jerry Thorpe dio el salto a la gran pantalla con Intriga en Venecia. Su siguiente proyecto le llevó al género estadounidense por excelencia, el western, adaptando un guión de todo un especialista en la materia como Charles Marquis Warren. Por entonces, el cine del Oeste ya no gozaba de la popularidad de antaño, al menos en su país de origen, y Las pistolas del infierno pasó más bien desapercibida, quizá lastrada porque se queda un tanto a medio camino entre las maneras del western clásico y la visión más crepuscular del género, que era la que se estaba imponiendo, en parte por influencia de las películas europeas y, también, por el brío de nuevos autores como Sam Peckinpah.

En el libreto coescrito por Warren y Eric Bercovici. este último también proveniente del mundo de la televisión, se dan cita muchas de las constantes en el género: el protagonista es Lorn Warfield, un pistolero, ya maduro, que ha decidido renunciar a las armas y regresa a sus tierras para vivir en paz junto a su esposa y sus dos hijas. No obstante, el cowboy se encuentra con un paisaje muy distinto al que esperaba, pues la casa está vacía. Un vaquero, que se hizo algún tiempo atrás con una parcela colindante, le advierte de que las mujeres han sido secuestradas por indios pertenecientes a las tribus apaches. En consecuencia, Lorn emprende la búsqueda de su familia, aunque se encuentra con que el vecino, que ha aprovechado su ausencia para cortejar a su esposa, está empeñado en acompañarle en una labor de rescate que llevará al hombre a cruzarse con personas de mente peculiar que se dedican al comercio ambulante con los apaches, con unos forajidos capitaneados por un hombre de origen español, con desertores del ejército y, por fin, con los captores, no sin antes atravesar un pueblo asolado por una epidemia de cólera. No faltan, pues, elementos de interés, pero el caso es que Jerry Thorpe los desperdicia en parte por culpa de una dirección plana en la que algunos aciertos parciales no disimulan la falta de un estilo definido ni las dificultades para mantener un ritmo narrativo alto. El rescate de las mujeres, que es el eje sobre el que se sustenta la trama, se despacha de un modo más bien insatisfactorio, en beneficio de un clímax final que resulta un poco forzado. Se perciben las huellas de los clásicos rodados por la pareja protagonista, formada por Glenn Ford y Arthur Kennedy, a las órdenes de cineastas de mayor fuste, así como el influjo del Peckinpah de Duelo en la alta sierra, pero falta brío en la dirección para llegar a cotas más altas. Los mejores momentos se hallan, según mi criterio, en la secuencia en la que los dos vaqueros se encuentran con la cuadrilla de soldados, que resultan ser desertores, y en la breve escena, sin duda la más oscura de todas, que transcurre en el pequeño pueblo masacrado por el cólera, en la que asistimos a la impotencia del médico para poner freno a la escabechina. Ahí la película da su mejor nivel, lo que le da pie a uno a pensar que se hubiera hecho un mejor aprovechamiento del guión de haberle dado un tono más decididamente crepuscular al conjunto.

En el film, rodado casi en su totalidad en exteriores, se hace un buen uso del Technicolor, permitiéndose la fotografía algunos alardes como los planos lejanos de las siluetas de los jinetes en el ocaso, quintaesencia del western y símbolo quizá de lo que aspiraba a conseguir la película en su globalidad. A la música, de Jeff Alexander, la encuentro carente del aliento épico imprescindible en esta clase de producciones.

Al frente del reparto encontramos a un Glenn Ford que, pese a que sus años de mayor popularidad ya habían pasado, aún era capaz de interpretar con convicción a un héroe del Oeste un poco ya de vuelta de todo y siempre parco en su gestualidad. La réplica que le da Arthur Kennedy, cuyo personaje es el más complejo de todos, es de alto nivel, y ambos, con su buen trabajo, logran darle fuerza a un aspecto que el guión recalca con acierto, como es la distinta evolución de los dos personajes en cuanto al modo de afrontar su violento periplo: mientras Lorn, que ya ha tenido demasiado de eso en su vida, se limita a aplicar la violencia mínima necesaria, y aún lo hace reflejando incomodidad, Forbes, que lo que de verdad ambiciona es suplantar a Warfield, muestra una creciente desenvoltura, que desemboca en regocijo, en eso de quitar vidas. Excelente John Anderson como jefe de una cuadrilla de desertores en la que encontramos también a un intérprete de gran calidad como Harry Dean Stanton. Por último, nota alta para Royal Dano, como doctor superado por los acontecimientos, y Dean Jagger, en el papel de comerciante medio loco.

Buen western, que podría haber dado más de sí de haber contado con un director dotado de una personalidad más acusada que la de un Jerry Thorpe que, después de esta película, retornó de manera definitiva a la televisión.

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