EL CARNAVAL DE LAS ÁGUILAS

THE GREAT WALDO PEPPER. 1975. 107´. Color.

Dirección: George Roy Hill; Guión: William Goldman, basado en un argumento de George Roy Hill; Dirección de fotografía: Robert Surtees; Montaje: William Reynolds; Música: Henry Mancini;  Dirección artistica: Henry Bumstead; Decorados: James Payne; Vestuario: Edith Head; Producción:  George Roy Hill, para Jennings Lang-Universal Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Robert Redford (Waldo Pepper); Bo Svenson (Axel Olsson); Bo Brundin (Ernst Kessler); Susan Sarandon (Mary Beth); Geoffrey Lewis (Newt); Edward Herrmann (Ezra Stiles); Philip Bruns (Dillhoefer); Roderick Cook (Werfel); Margot Kidder (Maude); Kelly Jean Peters, Scott Newman, James S. Appleby, James Harrell, John Reilly.

Sinopsis: En los años previos a la Gran Depresión, Waldo Pepper es un piloto que se gana la vida con sus acrobacias aéreas, cada vez más arriesgadas por la competencia existente entre quienes ejercen la profesión y las exigencias del público.

Después del absoluto pelotazo que supuso un film como El golpe, que ya nació mítico, George Roy Hill se embarcó en un proyecto muy personal que suponía un homenaje a los pioneros de la aviación. A pesar de la presencia de una de las mayores estrellas del Hollywood de la época, como Robert Redford, El carnaval de las águilas fue un innegable fracaso de taquilla que marcó la carrera de su director. Ni la espectacularidad de las escenas aéreas salvó la trayectoria comercial de una obra de tono agridulce, que vio la luz en una época en la que el público estaba más interesado en las películas de catástrofes aeronáuticas que en la recreación de las acrobacias de los pioneros del aire. Sea como fuere, opino que estamos ante una producción de mucha calidad que merece ser reivindicada.

De entre las críticas recibidas por la película, creo que la más justificada es la que dice que George Roy Hill, aprovechando las cada vez mayores posibilidades técnicas de la filmación en el aire, se recrea en exceso en la exhibición de esas piruetas a cientos de metros de altura. Que nadie se confunda, sin embargo: aquí hay guión, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta que quien se encargó de su escritura fue todo un primer espada en la materia como William Goldman. Otra cosa es que ese guión tenga un marcado tono amargo e insista en acentuar, de distintas maneras, la condición de perdedores de los protagonistas, unos individuos tan brillantes en la cabina de sus pájaros de acero como inadaptados cuando sus pies pisan tierra firme. Son perdedores porque han pasado de ser héroes, cuando combatían en la Primera Guerra Mundial sirviendo a sus respectivas naciones, a atracciones de feria. Estos hombres, que hacen lo que les apasiona y, por lo tanto, se niegan a crecer, son perdedores incluso como atracciones de feria, porque su espectáculo va perdiendo popularidad de manera paulatina, y lo son en última instancia porque se juegan la vida para complacer a un público que les observa más por morbo que por pasión aeronáutica. Esto les obliga a ejecutar acrobacias cada vez más arriesgadas, lo que choca con los intereses de las autoridades, deseosas de propagar la seguridad de los aviones para contribuir a la expansión de los vuelos comerciales. Como consecuencia de ello, el cine acaba siendo el destino de esas personas que, como bien se encarga de transmitir la película en el prólogo, tienen una esperanza de vida muy corta.

Más que en subrayar la belleza de los planos aéreos, la principal preocupación estética de George Roy Hill consiste en mostrar el extremo riesgo del trabajo de los pilotos, tanto visto desde tierra como desde el aire, siendo especialmente gráfico en las escenas en las que se transmite cómo ese riesgo puede acabar en tragedia. Puro vértigo, a través del cual el film deriva del tono más ligero del primer encuentro entre Waldo y Axel a constituirse en un muy logrado ejercicio de suspense en la escena en la que el protagonista intenta rescatar a una Mary Beth presa del pánico. Escena resuelta de una manera admirable, dicho sea de paso. Rodeado del mismo equipo técnico que lo bordó en El golpe, es una vez más de alabar el gran trabajo de Robert Surtees, en un film muy cuidado en un aspecto fundamental como es el de reflejar la ambientación de la Norteamérica rural de entreguerras. La partitura de Henry Mancini incide en el tono espectacular, casi circense, del conjunto, aunque no nos hallemos ante uno de los trabajos más inspirados de este magnífico compositor, inspiración que hubiese sido necesaria para acentuar el tono crepuscular de las secuencias que ilustran las andanzas de los protagonistas en el mundo del cine, cuando ya son conscientes de que sus hazañas aéreas son una mentira con apariencia de verdad… salvo cuando vuelan.

Tener a un Robert Redford en el mejor momento de su carrera no es poca cosa, y la verdad es que el actor hace un notable trabajo en la piel de un personaje a quien su antiguo jefe define a la perfección: “Buen tipo, pero peligroso”. Un prodigio de inmadurez, para lo bueno (la pasión) y lo malo (casi todo lo demás). Bo Svenson, cuyos trabajos hasta la fecha se circunscribían de manera prácticamente exclusiva a la televisión, hace un buen trabajo en el rol de un piloto dotado de algo más de sentido común que Waldo Pepper. Otro actor sueco, Bo Brundin, cumple muy bien como as alemán de la aviación derrotado por la vida, mientras que Susan Sarandon está, como de costumbre, espléndida. No hay que olvidar la muy eficaz labor de Geoffrey Lewis como antiguo piloto estrella lleno de sentido práctico, ni tampoco la de Edward Herrmann, el final de cuyo personaje da lugar a una escena particularmente amarga. El papel de Margot Kidder, quien ya empezaba a despuntar, no le brinda demasiadas posibilidades de lucimiento.

El carnaval de las águilas fue una película incomprendida en su momento, en parte porque fue rodada en mitad de la última época dorada del cine estadounidense y la competencia era tremenda, pero creo que supone un buen ejemplo de cómo el público se equivoca con más frecuencia de la que a uno le gustaría. Es espectacular, y a la vez es reflexiva y amarga. Por ello, creo que se hace acreedora de un reconocimiento mucho mayor del que tiene.

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