EL ASESINO DEL NUDO

THE CLOVEHITCH KILLER. 2018. 108´. Color.

Dirección: Duncan Skiles; Guión: Christopher Ford; Director de fotografía: Luke McCoubrey; Montaje: Megan Brooks y Andrew Hasse; Música: Matt Veligdan; Dirección artística: Chad Blevins; Diseño de producción: Latisha Duarte; Producción: Andrew Kortschak, Walter Kortschak, Cody Ryder, Christopher Ford y Duncan Skiles, para End Cue (EE.UU).

Intérpretes: Dylan McDermott (Don Burnside); Charlie Plummer (Tyler Burnside); Samantha Mathis (Cindy Burnside); Madisen Beaty (Kassi); Emma Jones (Amy); Jonathan Riggs (Pastor Randy); Brenna Sherman, Lance Chantiles-Wertz, Kat Pérez, Mark Nash, Janet Scott.

Sinopsis: Un adolescente es señalado por su comunidad después de que su novia encuentre una fotografía de temática sadomasoquista en su coche. La imagen pertenece al padre del muchacho, un hombre muy respetado en la zona.

Aunque ya había tocado multitud de palos en el mundo audiovisual, el nombre de Duncan Skiles empezó a ser conocido entre la cinefilia más inquieta de su país de origen gracias a su debut como director de largometrajes, The last of the great romantics. Con su segunda película, El asesino del nudo, Skiles ha comenzado a ser reconocido en el panorama internacional, gracias a un film que rompe con muchas de las fórmulas más trilladas del cine de terror contemporáneo.

El asesino del nudo se basa en la historia real de Dennis Rader, diácono luterano que cometió una decena de asesinatos entre 1974 y 1991 antes de ser detenido a principios de este siglo. Este célebre caso inspiró a Christopher Ford, el aplaudido guionista de Un amigo para Frank, a crear una historia en la que se incide en lo podridas que suelen estar las balsas de aceite en la América profunda. En esta ocasión, hablamos de una comunidad cohesionada y devota que, durante años, vivió aterrada por la presencia de un asesino en serie que estrangulaba a sus víctimas y dejaba un nudo en la escena del crimen como seña de identidad. La película se inicia cuando se han cumplido diez años desde el último de los asesinatos y se centra en Tyler, un adolescente que vive con sus padres, el respetado jefe local de los Boy Scouts y una cristiana ama de casa, y con un tío que se encuentra en estado semivegetativo a consecuencia de un accidente de coche. Sucede que a Tyler se le malogra la pérdida de su virginidad por culpa de una foto sadomaso que su novia encuentra por puro azar en la camioneta propiedad del padre del muchacho. Por si el frustre sexual no fuese suficiente, se extiende la creencia general de que la fotografía pertenece a Tyler, por lo que al chico se le regala la etiqueta de pervertido, que en una comunidad como la suya equivale al ostracismo social más absoluto. Sólo la joven rarita del pueblo, una adolescente obsesionada con los crímenes, comprende a Tyler, quien después de acreditar la pertenencia de la imagen empieza a sospechar que el asesino del nudo puede ser su propio padre.

Destaca el hecho de que Skiles y Ford escojan una manera nada escabrosa de narrar una historia que ya lo es mucho de por sí. Se ha resaltado que en la película no se ve una sola gota de sangre, aunque eso se justifique en parte por el modus operandi del asesino cuyos crímenes constituyen el eje de la historia. La verdadera cuestión, a mi juicio, es que, incluso cuando se desvela la identidad del autor de los crímenes y le vemos en acción, El asesino del nudo sugiere mucho más de lo que expone, lo que la distingue de la práctica totalidad de los filmes de terror de estos tiempos, y la convierte en una versión tan inquietante como extrema del típico film sobre la pérdida de la inocencia adolescente. La primera mitad del metraje, en la que se narran el hallazgo de la fotografía, sus consecuencias y cómo, tirando del hilo que le lleva desde su en apariencia idilico entorno al inframundo de los crímenes sexuales, Tyler y su nueva amiga llegan a la certeza de que el asesino vive bajo el mismo techo que el muchacho, me parece sobresaliente por la utilización que se hace del conocimiento de la psicología humana para poner al espectador en situación y hacerle partícipe de la zozobra de un adolescente a quien se le derrumba eso que todos necesitamos como el comer: los referentes. Todo ello, repito, desde una sobriedad casi minimalista. En la segunda mitad todo se hace más típico, aunque no decaiga el interés. Aplaudo que, llegados a un punto trascendental de la narración que a primera vista resulta muy forzado (y que sí vemos en centenares de films al uso), los creadores de la película se tomen la molestia de retroceder y explicar de un modo bastante coherente cómo se ha llegado hasta allí, a través de un oportuno cambio en el punto de vista. Se hace trampa, pero no de un modo grosero, y el resultado agrada, particularmente por un final en el que, una vez la audiencia conoce los pormenores del asunto, se utiliza el montaje paralelo para mostrar la diferencia entre lo que uno dice en público y la terrible verdad que conoce y debe guardarse para sí. La puesta en escena apuesta por lo sombrío, pero desde un prisma realista: por decirlo en colores, hay mucho más gris que negro. La música resalta la sordidez, mientras que Skiles, además de huir de la exposición gráfica de los aspectos más morbosos, lo hace también de los ejercicios de virtuosismo, que aquí se antojan bastante innecesarios.

Las interpretaciones son otro capítulo en el que esta película sobresale respecto a muchas otras a priori similares. Dylan McDermott, un actor de carrera irregular y centrada en la televisión desde hace bastantes años, lleva a cabo la mejor actuación que uno le recuerda para certificar una verdad que, no por repetida, hay que tener siempre presente: que los monstruos viven entre nosotros, y casi nunca lo parecen. El joven Charlie Plummer sale bien parado de su papel de joven metido a detective que aprende sobre la marcha a manejarse en mitad del caos, mientras que Madisen Beaty, actriz que me había pasado desapercibida en Érase una vez en… Hollywood, salvo por el muy adecuado final de su personaje, luce aquí de una manera que la sitúa como candidata a cualquier papel de joven de cerebro peculiar que pueda ser interesante en un futuro cercano. Samantha Mathis, otra intérprete de buen nivel que lleva años brillando más en la tele, lidia con un personaje cuya esencia consiste en no enterarse en ningún momento de qué va la historia, y lo hace con soltura.

Si bien en la segunda mitad se diluyen en parte los muchos aciertos de la primera, El asesino del nudo es una película de gran calidad que gustará especialmente a quienes busquen historias que, sin dejar de entretener, vayan más allá de la superficie. No inventa nada, pero su clasicista mirada sobre una temática tan recurrente en el cine de las últimas décadas es digna de elogio.

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