TESTIMONIO DE MUJER

LA PASSANTE DE SANS-SOUCI. 1982. 110´. Color.

Dirección: Jacques Rouffio; Guión: Jacques Kirsner y Jacques Rouffio, basado en la novela de Joseph Kessel; Director de fotografía: Jean Penzer; Montaje: Anna Ruiz; Diseño de producción: Jean-Jacques Caziot y Hans Jürgen Kiebach; Música: Georges Delerue; Dirección artística: Georges Glon; Producción: Artur Brauner y Raymond Danon, para Elephant Productions-Films A2-CCC Filmkunst (Francia-República Federal de Alemania).

Intérpretes: Romy Schneider (Lina/Elsa Wiener); Michel Piccoli (Max Baumstein); Helmut Griem (Michel Wiener); Dominique Labourier (Charlotte Maupas); Gérard Klein (Maurice Bouillard); Mathieu Carrière (Rudolf Von Leggaert/Federico Lopo); Wendelin Werner (Max Baumstein joven); Maria Schell (Anna Helwig); Jacques Martin, Marcel Bozonnet, Christiane Cohendy, Pierre Michaël, Véronique Silver, Pierre Pernet, Jean Reno.

Sinopsis: El presidente de una organización internacional pro derechos humanos asesina al embajador de Paraguay en París. El motivo de este crimen se encuentra medio siglo atrás.

Poco conocida es la escasa filmografía como director de Jacques Rouffio al sur de los Pirineos. No obstante, el realizador galo puede presumir de haber firmado algunas obras estimables, como por ejemplo Testimonio de mujer, adaptación de una novela de Joseph Kesler, autor cuya extensa relación con el cine había dado lugar a películas tan importantes como Belle de jour o El ejército de las sombras. El film fue bien recibido en su país de origen, aunque su fama en el resto del mundo tiene mucho que ver con el hecho de que fuese la última película filmada por su protagonista, Romy Schneider.

En muchas ocasiones el cine ha tratado las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. La novela de Kesler, adaptada con pulcritud por Jacques Kirsner y por el propio director de la película, se refiere a los fantasmas de la convulsa Europa de los años 30 no desde un plano general, sino desde una perspectiva mucho más íntima. El film se desarrolla, pues, en dos épocas distintas, la contemporánea a su estreno y la de entreguerras, en la que hallamos la explicación a un hecho de lo más extraño: el asesinato a sangre fría de un diplomático paraguayo a manos de Max Baumstein, un conocido activista por los derechos humanos. En las escenas iniciales, casi más propias de una película romántica (en el fondo, Testimonio de mujer responde bastante a esa definición), este hombre llega al aeropuerto de París, donde es recibido por su esposa, de la que está muy enamorado. Nada más aterrizar, Baumstein ofrece una conferencia de prensa, en la que manifiesta que al día siguiente comparecerá en la embajada paraguaya para reclamar información acerca de una ciudadana británica desaparecida en ese país, por entonces gobernado por el dictador Alfredo Stroessner. Cuando se dispone a a acudir a una cena con amigos, Baumstein recibe un sobre cuya visión le altera, porque los documentos en él contenidos le confirman que el diplomático con quien va a reunirse es en realidad un viejo conocido de su infancia, época a la que regresará después de su detención para que el mundo conozca sus motivos.

Hay que decir que, en la parte de la película que transcurre en el presente, la puesta en escena peca de cierto envaramiento, especialmente apreciable en las secuencias que discurren en sede judicial. Por contra, ese larguísimo flashback que nos lleva hasta el ascenso al poder de Adolf Hitler en Alemania contiene muchos momentos de gran cine, en los que se nos muestra lo mejor y lo peor del ser humano: el salvajismo elevado a norma por la horda frente a la defensa de la libertad, el amor puro, el necesario (cuando el terror entra por la puerta, la pureza salta por la ventana), el que se da entre los miembros de una familia y, también, el no correspondido, todo ello con el París de los music-halls como trasfondo y con una figura central, la de la cantante de opereta Elsa Wiener, con unas indiscutibles hechuras de heroína trágica. El regreso de Max a la infancia es, a grandes rasgos, un tributo a la mujer que le acogió en circunstancias muy penosas, que le trató como a un hijo y que llegó a sacrificar su dignidad para salvar al hombre que amaba. Ahí el film, que constituye una clara apología de la venganza, brilla de un modo que exige reconocimiento. Rouffio aprovecha las bondades del material literario para ofrecernos un drama romántico en época convulsa que entronca con lo más granado de la tradición novelística francesa. El estilo es, en general, austero en cuanto a encuadres y movimientos de cámara, lo que por momentos (ahí está la escena del asesinato para demostrarlo) remite también al noir. La estética es eminentemente realista, quedando el aliento épico y el subrayado de lo romántico a cargo de la destacable banda sonora de Georges Delerue. El muy amargo final, saldado con dos breves brochazos en forma de asalto callejero y de rótulo, no hace sino subrayar el elemento trágico que sustenta toda la película.

Excelsa es la presencia de Romy Schneider, cuya belleza es, valga la paradoja, inmarchitable pese a que en ella se percibe la huella de lo marchito, del drama personal que la acabaría devorando y que la convierte en la intérprete idónea para dar vida a un personaje de tanta envergadura como el de Elsa Wiener. La otra cara de su doble papel, la de amante esposa de Max Baumstein, presenta a la actriz en un registro más contenido. Por su parte, a ese gran actor que es Michel Piccoli le perjudica el hecho de que la película sea mejor en las escenas en las que él no aparece, lo que no obsta para que su trabajo esté a la altura de lo que de él se espera. Helmuy Griem, actor de merecido prestigio, está un escalón por debajo de la pareja protagonista, mientras que son muy de alabar las interpretaciones tanto de Gérard Klein, en la piel de un enamorado sin esperanza y de naturaleza bondadosa, como de Maria Schell, en una intervención tan breve como tristemente ilustrativa de cómo funcionan los mecanismos del horror. El joven Wendelin Werner, en su único papel en el cine, aguanta bien el tipo, mientras que Mathieu Carrière repite el rol de individuo maligno e inquietante que ha marcado su carrera.

Pese a su naturaleza desigual, Testimonio de mujer es una notable película, que debe ser reivindicada y recuperada para nuevas audiencias.

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