ESCENAS EN EL MAR

ANO NATSU, ICHIBAN SHIZUKANA UMI. 1991. 101´. Color.

Dirección: Takeshi Kitano; Guión: Takeshi Kitano; Dirección de fotografía: Katsumi Yanagijima; Montaje: Takeshi Kitano; Música: Joe Hisaishi; Dirección artística: Osamu Sasaki; Producción: Masayuki Mori y Takio Yoshida, para Toho Company-Totsu-Office Kitano (Japón).

Intérpretes: Kurodo Maki (Shigeru); Hiroko Oshima (Takako); Sabu Kawahara (Takoh); Toshizo Fujiwara (Nakajima); Susumu Terajima, Katsuya Koiso, Toshio Matsui, Yasukazu Ishitani, Naomi Kubota, Tatsuya Sugimoto, Tetsu Watanabe, Meijin Serizawa.

Sinopsis: Un basurero que parece sordera encuentra una tabla de surf rota entre los escombros. Después de arreglarla, decide iniciarse en la práctica de ese deporte.

Escenas en el mar fue el tercer largometraje dirigido por Takeshi Kitano, y supuso un cambio de registro respecto a los anteriores. En primer lugar, se trata del primer film en el que Kitano se limitó a situarse detrás de la cámara, sin formar parte del elenco de intérpretes. Además, el director dejó atrás por primera vez las historias de violencia y yakuzas, abordando en su lugar una temática intimista. Aunque este film obtuvo reconocimiento en Japón, se trata de una de las obras menos conocidas de Kitano, pese a sus innegables cualidades.

Cineasta personal donde los haya, Takeshi Kitano muestra aquí muchas de las características más marcadas de su filmografía: fijación por los personajes marginales de la sociedad, diálogos reducidos a lo imprescindible y un estilo seco, conseguido a través de un meticuloso trabajo de edición. Esta vez, el protagonista es Shigeru, un joven sordo, que se gana la vida como empleado en la recogida de basuras y mantiene una relación sentimental con una abnegada muchacha. Un día, este joven encuentra entre los desperdicios que debe retirar de la vía pública una tabla de surf, rota en uno de sus extremos. Atraído por la posibilidad de aprender a surfear, el muchacho se lleva la tabla a su casa y la deja lista para volver a ser utilizada. Pese a no disponer ni de traje de neopreno, y de que sus primeros envites contra las olas provocan la hilaridad de los surfistas más expertos, Shigeru encuentra ahí la pasión que da un nuevo sentido a su vida, marcada por un empleo rutinario y un noviazgo que parece más bien aburrirle, y que se mantiene a flote sólo gracias a la entrega de Takako, la chica que, día tras día, acompaña a su amado hasta la playa. Poco a poco, y haciendo gala de una enorme tenacidad, Shigeru va mejorando su técnica, hasta el punto de ganarse el respeto de quienes le superan en experiencia, lo que le lleva a presentarse a algunos concursos regionales. Conforme aumenta su nivel como surfista, Shigeru pierde interés tanto en su trabajo, al que deja de acudir con frecuencia sin ni siquiera buscar excusas, como en su relación de pareja, lo que hace que Takako pierda la paciencia y le abandone, cansada de sufrir desaires. Ante la posibilidad de perder ambas cosas, el protagonista reacciona de maneras distintas: a su empleo, regresa a rastras, mientras que es él quien toma la iniciativa para recuperar su relación con Takako.

Encontramos aquí a un Kitano que empieza dejar espacio a lo lírico, aunque sin perder su estilo cortante y su cáustico sentido del humor. Hay en Escenas en el mar, más que el elogio a la constancia que de ella parece desprenderse, una apología de la pasión como ingrediente imprescindible para la vida: al principio, y no sólo ahí, nadie ayuda a Shigeru, más bien al contrario. Su devoción por el surf no genera más que indiferencia o burlas. No obstante, su perseverancia es lo que cambia las reacciones ajenas, hasta el punto de atraer a nuevos aficionados a la práctica del surf, ejemplo de la naturaleza gregaria de los seres humanos o, como mínimo, de buena parte de ellos. Eso sí, este elogio tiene trampa: en la película no hay violencia explícita, pero sí una sonora bofetada de Kitano al espectador en el clímax. La querencia del realizador por recortar al máximo los diálogos encuentra una excusa perfecta en la sordera de la pareja protagonista. En las imágenes se aprecia un estilo austero, casi minimalista, en el que todavía no aparecen las referencias pictóricas que se adueñarán del universo visual de Kitano unos años después. Por otro lado, en Escenas en el mar se produjo la primera colaboración entre el director y Joe Hisaishi, magnífico creador de bandas sonoras que aquí aprovecha de manera espléndida la importancia que le concede Kitano a sus piezas a lo largo del metraje. El tema principal, de un evocador romanticismo, es uno de los puntos fuertes de la película, que en general apuesta más por la parquedad que por el lirismo, que el director reserva para el tramo final.

Claude Maki, que aquí aparece con su nombre de pila, Kurodo, es un actor de pocos registros, pero que cumple a la hora de mostrar la ciega tenacidad de su personaje. Le supera, eso sí, una Hiroko Oshima que abrió y cerró con esta película su etapa en el cine y que, sin embargo, logra comunicar la entrega, y también el desengaño, de Takako de un modo loable. Los secundarios tienen poco peso, aunque aparecen en el reparto algunos intérpretes habituales en el cine de Kitano, como Susumu Terajima, que hacen su trabajo con solvencia.

Muestra temprana del lado más intimista de Takeshi Kitano, Escenas en el mar es un film que consigue bastante con muy pocos elementos, y que abrió un muy fructífero sendero para uno de los realizadores japoneses más importantes de los últimos decenios.

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