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LA VERDAD

LA VÉRITÉ. 2019. 106´. Color.

Dirección: Hirokazu Kore-Eda; Guión: Hirokazu Kore-Eda, con subtrama basada en un relato de Ken Liu; Dirección de fotografía: Eric Gautier; Montaje: Hirokazu Kore-Eda; Música: Alexei Aigui; Diseño de producción: Riton Dupire-Clément; Producción: Muriel Merlin y Miyuki Fukuma, para 38 Productions-Bun Buku-MI Movies-France 3 Cinéma (Francia-Japón).

Intérpretes: Catherine Deneuve (Fabienne Dangeville); Juliette Binoche (Lumir); Ethan Hawke (Hank); Clémentine Grenier (Charlotte); Manon Clavel (Manon Lenoir); Alain Libolt (Luc); Christian Crahay (Jacques); Roger Van Hool (Pierre); Ludivine Sagnier, Laurent Capelluto, Maya Sansa, Sébastien Chassagne.

Sinopsis: Una gran estrella del cine francés, inmersa en el rodaje de su nueva película, recibe la visita de su hija, una guionista que vive en los Estados Unidos.

La verdad es el primer largometraje rodado por el director japonés Hirokazu Kore-Eda más allá de las fronteras de su país de origen. Francia fue el país escogido por Kore-Eda para llevar a cabo su primer proyecto internacional, y lo cierto es que la película fue recibida por la crítica con mayor tibieza de la habitual en los recientes estrenos de uno de los más importantes cineastas nipones contemporáneos. Mi opinión es que esa tibieza no está demasiado justificada, porque La verdad es un film notable.

Kore-Eda muestra valentía al abandonar el mundo que mejor domina y aventurarse a rodar en otro país y, lo que es aún más complicado, en otro idioma. La obra resultante aúna un carácter típicamente francés, prueba de la capacidad del director para asimilar los rasgos esenciales de una cultura que demuestra conocer bien, con las señas de identidad más características de su cine. Kore-Eda es un realizador que ha hecho de las familias poco convencionales el eje central de su filmografía, y La verdad constituye una nueva vuelta de tuerca a esta rica temática que, en sus manos, ha dado lugar a varias películas importantes. En esta ocasión tenemos a una legendaria actriz francesa que, ya septuagenaria, acaba de publicar sus memorias. En la escena inicial, en la que la estrella es entrevistada por un periodista en el salón de su casa, comprobamos que, sin ningún género de dudas, la gran Fabienne Dangeville responde al prototipo de la diva caprichosa. Su hija, que escribe guiones, vive en los Estados Unidos y está casada con un actor de aquel país, la visita con motivo de la publicación del libro, y en esa breve estancia parisina aflorarán viejos fantasmas, que guardan diversas semejanzas con el film que en ese momento rueda la actriz. Por tanto, Kore-Eda une a su conocido discurso familiar un análisis sobre las, en ocasiones, muy cortas distancias entre la realidad y una ficción que, con frecuencia, parece empeñada en imitarla. El director japonés da en la diana al incidir en lo poco de fiar que son las autobiografías, subgénero literario que está tan trufado de medias verdades como lo están de buenas intenciones los cementerios. Las memorias de Fabienne contienen un cúmulo de omisiones e inexactitudes que, como es natural, no pasan desapercibidas para quienes la conocen bien. Su hija Lumir le reprocha, sin perder la compostura, que en el libro se ha convertido en una madre mucho menos distante de lo que en realidad fue; su fiel asistente decide abandonarla al comprobar que la ingratitud de la estrella llega hasta el punto de no mencionar su nombre en el libro. La responsabilidad de asistir a la diva recae, durante esos pocos días de viaje, en Lumir, que no puede dejar de reparar en el asombroso parecido entre la joven actriz que coprotagoniza la nueva película de Fabienne y la difunta amiga-rival de ésta en su juventud, una mujer a la que traicionó por lograr un papel de una forma que, aunque ahora se silencie, ha sido y es muy habitual en ese mundo.

Con todo, Kore-Eda no carga las tintas, y se abstiene de la tentación de convertir a la estrella de la gran pantalla en una bruja malvada de cuento. A la vez, su sentido de la mesura le impide caer en lo folletinesco, otro riesgo implícito en un film de estas características. En ocasiones, vemos a la diva bajarse del escenario y asumir que sus horas de esplendor han quedado atrás y que se acerca para ella el momento del telón definitivo. Todo esto se hace desde la contención, sin entregarse a arrebatos melodramáticos. Entre la pornografía emocional de ambos lados, la del sadismo y la de la sensiblería, existe un punto de equilibrio que Kore-Eda abraza con tino, de forma que sus personajes son humanos cultos, pero también débiles, egocéntricos y mezquinos.

El estilo del director a la hora de filmar cuadra con el espíritu sobrio de la narración. En un brillante momento, Fabienne critica, con esa lengua viperina que es su marca de fábrica, la tendencia a rodar cámara en mano con esta demoledora sentencia: “¿Tan caro es un trípode?” Imagino que es Kore-Eda quien habla a través de los labios de su protagonista, pero suscribo, y quienes lean mis reseñas ya lo habrán notado, la afirmación. Por establecer un símil deportivo, creo que la cámara en mano es algo así como la defensa zonal en el baloncesto: puede ser un recurso útil en determinadas situaciones, pero su uso sostenido revela deficiencias estructurales. Lejos de estas tendencias, Kore-Eda filma como un clásico, sacando partido de las posibilidades que ofrece el lujoso hogar de Fabienne, en el que se desarrolla buena parte de la acción, mostrando las interioridades de un rodaje, danza de egos incluida, y apoyándose en el carisma de sus intérpretes, a quienes mima de una forma sutil, pero evidente. Alexei Aigui, compositor al que no conocía, firma un trabajo muy a tener en cuenta, detallista y sereno.

Quién mejor para interpretar a una gran dama del cine francés que alguien a quien le cuadra divinamente tal definición: Catherine Deneuve borda un personaje que da la impresión de tener mucho de sí misma, y que desde luego parece escrito para ella. Frialdad, altivez y capacidad de seducción son tres cualidades que siempre poseyó esta verdadera estrella, que se mantiene activa en la frontera de los ochenta años, y que están, y no en pequeñas dosis, en Fabienne. Le da la réplica Juliette Binoche, actriz que a veces me resulta cargante pero que aquí es capaz de estar a la altura, sin caer en el tópico de la hija atormentada y rencorosa. Ethan Hawke, actor casi siempre asociado a proyectos interesantes, da vida al único personaje masculino de verdadera relevancia, y lo hace trazando un logrado retrato de los intérpretes estadounidenses, en lo bueno y en lo malo. Resulta curioso, eso sí, que sea bajo la influencia de su mayor tortura, el alcohol, cuando su personaje demuestre poseer más inteligencia de la que le atribuye su propia esposa. He de mencionar también que el trabajo de la cuasidebutante Manon Lenoir me hace pensar que a esta joven le aguarda un gran futuro en su profesión.

Al margen de ser algo lenta en su desarrollo, creo que pocos peros más pueden ponérsele a La verdad, inspirada obra que nos permite apreciar que el cambio de continente no ha afectado de forma negativa a uno de los grandes del actual cine japonés.

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