MAGGIE

MAGGIE. 2015. 92´. Color.

Dirección: Henry Hobson; Guión: John Scott 3; Director de fotografía: Lukas Ettlin; Montaje: Jane Rizzo; Música: David Wingo; Dirección artística: Gabor Norman Nagy y Frank Zito; Diseño de producción: Gabor Norman Nagy; Producción: Bill Johnson, Joey Tufaro, Arnold Schwarzenegger, Colin Bates, Pierre-Ange Le Pogam, Trevor Kaufman, Matthew Baer y Ara Keshishian, para Lionsgate-Grindstone Entertainment Group-Gold Star Films-Lotus Entertainment-Matt Baer Films-Sly Predator (EE.UU).

Intérpretes: Arnold Schwarzenegger (Wade Vogel); Abigail Breslin (Maggie Vogel); Joely Richardson (Caroline Vogel); Douglas M. Griffin (Ray); J. D . Evermore (Holt); Jodie Moore (Dr. Kaplan); Rachel Whitman Groves, Bryce Romero, Raeden Greer, Aiden Flowers, Carsen Flowers.

Sinopsis: Una adolescente es una de las muchas personas que contrae una misteriosa enfermedad que transforma en zombis a quienes la padecen. Su padre acude a buscar a la chica para cuidar de ella.

El hasta ahora único largometraje dirigido por Henry Hobson es Maggie, un drama con envoltorio zombi que rompe estereotipos y que, quizá por ello, fue recibido con división de opiniones en las latitudes más diversas. Por aquello de entrar en materia sin más dilación, su visionado ha sido una sorpresa muy agradable.

Creo que no hago otra cosa que subrayar una obviedad cuando digo que Maggie es algo muy diferente a lo que cabría esperar de un producto que combina la socorrida temática de los muertos vivientes con la presencia, en el principal papel protagonista, de Arnold Schwarzenegger, uno de los más importantes héroes de acción desde los años 80 hacia acá. Sin duda, algo bueno debió de ver el antiguo gobernador de California en el guión escrito por John Scott 3, porque el intérprete de origen austriaco decidió implicarse en labores de producción. No le falló el olfato a Schwarzenegger, porque Maggie le dio la oportunidad de mostrar al mundo una faceta distinta de sí mismo como actor. En la película, el rollo zombi es más bien un pretexto, porque lo que en verdad se narra es el proceso de asimilación de la pérdida de un ser querido que padece una enfermedad terminal. Es decir, esa parte de la vida ante la que todos giramos la vista hasta que nos pilla tan de cerca que no nos permite mirar hacia otro lado. Eso que nadie te vende, que nadie desea escuchar aunque, cuando existe una relación de proximidad con quienes la padecen, en ocasiones se finja lo contrario, y que debería suponer el destierro a zonas desiertas de aquellos para quienes esta experiencia no resulte transformadora. Pues bien, el film narra este proceso de un modo austero, pero que es capaz de calar, no sólo en aquellos que conocen esa desgracia de primera mano, sino también en quienes la epidemia mundial de sociopatía sólo ha hecho mella hasta cierto punto. El guión juega con elementos mínimos y hace de su previsibilidad, característica pocas veces favorecedora, su gran baza. Que la metamorfosis de humano en zombi sea tan paulatina, lejos de lo que sucede en otras conocidas obras de ficción en las que ese cambio es prácticamente instantáneo, da pie a los creadores del film a hablarnos de cómo asumen el fin de la existencia quienes lo viven en primera persona y, sobre todo, los allegados que habrán de asimilar, todo lo bien o mal que sean capaces, la siempre desgarradora pérdida de alguien muy querido. En lo narrativo, pocas objeciones le hago a la película, por no decir casi ninguna: todo encaja bien, se da a los silencios la importancia que merecen y la historia desemboca en un final conmovedor. Pocos personajes, aunque bien definidos desde una óptica minimalista, y un especial acierto a la hora de mostrar que es la cercanía con el enfermo lo que más define nuestra reacción ante la tragedia: en otros prevalecerá el miedo al contagio, o el afán por proteger al resto de la familia, pero para ese hombre que le prometió a su difunta esposa cuidar en todo momento de la hija que tuvieron en común, nada tendrá más peso que ese juramento.

Mis pegas vienen más de la puesta en escena de Henry Hobson, cuya devoción por la cámara en mano me parece de todo punto excesiva. En las primeras escenas, este modo de filmar no llega a caer en lo torpe, pero sí en lo atropellado. Un plano fijo no va a matar a nadie, aunque los videoclips y los videojuegos hayan conseguido que la mayoría opine lo contrario. Cuando la película se hace más sobria, que además es lo que pide el guión, es cuando resplandece, y utilizo este término pese a que la apariencia estética del film es de un gris casi tétrico. En los muy esporádicos momentos en los que se recrea el contagio de la joven protagonista, Hobson recae en sus tics modernos, como los travellings bruscos, la acumulación de cortes o la pasión por lo desenfocado, que también protagoniza la escena de la fiesta adolescente, pero en su segunda mitad la película logra, con contadas excepciones, el tono formal que más la favorece. Destaca la melancólica partitura de un David Wingo que confirma todo lo bueno que mostraban sus trabajos para Jeff Nichols. Su música capta bien la esencia de Maggie, que no es más (ni menos) que el retrato de una luz que se apaga.

La película le brinda la oportunidad a Arnold Schwarzenegger de lograr la primera interpretación dramática decente de su carrera. Desde la parquedad, que tampoco hay que pedirle peras al olmo, el actor da vida al que quizá sea el mayor héroe de toda su filmografía, porque en este caso se trata de un héroe real, de un padre abnegado, capaz de mostrar una faceta sensible, pero firme en todo lo que suponga la protección de su familia. Abigail Breslin, que ya había hecho sus incursiones en el universo zombi, demuestra que en ella vive una actriz con talento, en la piel de una adolescente rebelde sin causa y víctima de esa lotería que, a diferencia de otras, sí toca bastante. Joely Richardson debe lidiar con un rol más tópico, pero lo hace con dignidad y eficacia, y secundarios como Jodie Moore o el joven Bryce Romero, cuyo personaje le enseña a Maggie el triste camino a seguir, y también la suerte que, pese a todo, tiene ella, ayudan a que el nivel actoral mostrado por los principales protagonistas no decaiga.

Creo que Maggie es una de esas películas algo (o bastante) incomprendidas a las que el tiempo pondrá en el lugar que merecen. Y ese lugar,. por si no ha quedado claro, es el de las películas de culto.

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