BACURAU

BACURAU. 2019. 131´. Color.

Dirección: Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles; Guión: Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles; Director de fotografía: Pedro Sotero; Montaje: Eduardo Serrano; Diseño de producción: Thales Junqueira; Música: Mateus Alves y Tomaz Alves Souza; Producción: Emilie Lesclaux, Said Ben Said y Michel Merkt, para Ancine-Globo Filmes-Telecine-Símio-Arte France Cinéma-CinemaScópio Produçôes-SBS Films (Brasil-Francia).

Intérpretes: Bárbara Colen (Teresa); Thomas Aquino (Pacote); Silvero Pereira (Lunga); Thardelly Lima (Tony Júnior); Rubens Santos (Erivaldo); Sonia Braga (Dra. Domingas); Wilson Rabelo (Plinio); Udo Kier (Michael); Jonny Mars (Terry); Alli Willow (Kate); Brian Townes (Joshua); Karine Teles, Antonio Saboia, Carlos Francisco, Luciana Souza, Fabiola Líper, Jr. Black, Buda Lira, Julia Marie Peterson, Chris Doubek, Lia de Itamaracá.

Sinopsis: Teresa vuelve a su pueblo natal para el entierro de su abuela. muy pronto, la sucesión de hechos extraños y el descubrimiento de algunos cadáveres hacen ver a los lugareños que una grave amenaza se cierne sobre ellos.

Por primera vez en su carrera, el cineasta pernambucano Kleber Mendonça Filho decidió compartir la dirección de uno de sus proyectos, en este caso con el joven Juliano Dornelles, escenógrafo que ya había colaborado con Mendonça y que, asimismo, había debutado en la realización de largometrajes el mismo año en que su valedor logró su primer éxito internacional, gracias a Doña Clara. Ambos crearon y filmaron Bacurau, especie de western brasileño que, con mucho buen hacer y aprovechando, por qué no decirlo, la baza de su exotismo, logró hitos tan importantes fuera de las fronteras brasileñas como el Gran Premio del Jurado en el festival de Cannes.

Bacurau son varias películas en una: en primer lugar, se presenta al espectador como un retrato costumbrista de los pobladores de un apartado paraje del estado de Pernambuco, lugar más conocido en España por los lectores de los tebeos de Mortadelo y Filemón que por la cinefilia ajena a esa inagotable fuente de alegría. La excusa argumental es el regreso de Teresa, una nativa emigrada que retorna al pueblo para asistir al entierro de su abuela, una anciana muy importante dentro de una comunidad antaño próspera y que, en el momento de iniciarse la acción, que los creadores sitúan en un futuro muy próximo, ha caído en una decadencia provocada por el hecho de que la construcción de una presa ha privado a Bacurau de algo tan importante como el acceso al agua potable. Este cuadro de costumbres culmina con la irrupción en el pueblo de Tony Júnior, un populista candidato a la alcaldía a quien los habitantes de Bacurau responsabilizan de los perjuicios ocasionados por la construcción de la presa. Acto seguido, empiezan a suceder cosas muy extrañas: pérdida de la señal de los móviles, vuelos de drones, visita de unos forasteros sospechosos y, lo que es peor, que el pueblo ha dejado de salir en los mapas. La aparición de algunos lugareños asesinados hace entender a sus paisanos que una grave amenaza se cierne sobre ellos, y que deberán defenderse de ella con uñas y dientes. Algo, por otra parte, a lo que ya están acostumbrados.

Bacurau se maneja según las claves del western, tamizadas por la manera de hacer de un realizador que pasa por ser un revisionista del género en clave de ciencia-ficción: John Carpenter. La película, en su desarrollo argumental, guarda un importante parecido con Asalto a la comisaría del distrito 13 (film que era, a su vez, una versión retrofuturista de Río Bravo): un grupo de personas cercadas por unos forasteros sedientos de sangre cuya motivación, en este caso, se remonta en la historia del cine hasta El malvado Zaroff. En esta ocasión, la defensa de los lugareños viene del exterior sólo a medias (es decir, que no aparece la figura del forastero salvador), pues el liderazgo en la estrategia de respuesta a la agresión por parte de la comunidad corre a cargo de Lunga, un nativo refugiado en las afueras, junto a algunos de sus compinches, por tratarse de un elemento altamente subversivo. La carga política es importante, con el populismo de derechas situado en el centro de la diana de unos directores que no se detienen en sutilezas. Es más, su denuncia destaca por su trazo grueso, aunque no yerran al afirmar que, si los pérfidos occidentales seguimos haciendo estragos en el mundo en desarrollo, se debe a que los patriotas que gobiernan esos países suelen venderse muy baratos. El problema no es tanto que todo sea muy obvio, sino que en la parte final suceden demasiadas cosas que vienen marcadas más por la tesis que por la coherencia narrativa: buen ejemplo de ello es el postrero encuentro entre el líder de los mercenarios y la doctora del pueblo, pues todo lo que sucede en esa escena obedece más a la teoría a demostrar que a lo que la propia historia exige. Eso, y algunas concesiones al efectismo, son los principales defectos de un film del que la violencia se acaba adueñando de un modo también algo tarantiniano. No deja de ser una película de justicieros, pero de justicieros que molan, eso sí. Bacurau, por resumir, es una especie de Fuenteovejuna a lo bestia. Siendo un film muy coral, no abundan en él los planos largos, ni los generales, optando los directores por la cercanía con los personajes en un entorno cada vez más inquietante, y siempre tórrido. El montaje es más bien seco, la iluminación más funcional que preciosista, y la música, al margen de algún apéndice humorístico que nos brinda el artista del pueblo, no tiene demasiado protagonismo.

En el reparto abundan los intérpretes de escasa experiencia, aunque en general su labor es buena, y consiguen ser unos habitantes de un lugar apartado del mundo bastante convincentes. Eso sí, quienes más destacan son los actores con mayor experiencia, como una notable Sonia Braga y un Udo Kier que acojona bastante, aunque su personaje se desenvuelva de manera bastante errática en la película. Entre los lugareños sobresalen Thomas Aquino, como el duro Pacote, y Wilson Rabelo, como el sabio y paciente Plinio. Bárbara Dolen hace un buen trabajo, aunque su personaje se difumina en el tramo final. Por su parte, los intérpretes que dan vida a los invasores extranjeros sufren por la falta de matices de sus personajes, todos ellos unos sádicos carentes de principios, mientras que Thardelly Lima compone una caricatura de Jair Bolsonaro conseguida sólo a medias.

Bacurau es, con todo, una película muy interesante, en la que quizá sobra hacha y falta lira, pero que está dirigida de forma enérgica, es muy entretenida y posee una carga de sátira política importante. No son estos unos logros de los que puedan presumir demasiados estrenos recientes.

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