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EL AÑO QUE VIVIMOS PELIGROSAMENTE

THE YEAR OF LIVING DANGEROUSLY. 1982. 115´. Color.

Dirección: Peter Weir; Guión: David Williamson, Peter Weir y C.J. Koch, basado en la novela de C.J. Koch; Director de fotografía: Russell Boyd;  Montaje: William Anderson; Música: Maurice Jarre;  Dirección artística: Herbert Pinter;  Producción: James McElroy, para Freddie Fields Productions- McElroy & McElroy-Metro Goldwyn Mayer (Australia-EE.UU.).

Intérpretes: Mel Gibson (Guy Hamilton); Sigourney Weaver (Jill Bryant); Linda Hunt (Billy Kwan); Michael Murphy (Pete Curtis); Bembol Roco
(Kumar); Bill Kerr (Coronel Henderson); Domingo Landicho (Hortono); Noel Ferrier (Wally O´Sullivan); Paul Sonkkila, Ali Nur, Kuh Ledesma, Lito Tolentino, Cecily Polson.

Sinopsis: Un periodista australiano es enviado a Indonesia mientras en el país se está organizando una revolución comunista contra el gobierno liderado por el dictador Sukarno.

El impulso definitivo que necesitaba Peter Weir para dar el salto a Hollywood se lo dio El año que vivimos peligrosamente, drama romántico poscolonial que recrea un romance en época convulsa con un enfoque bastante deudor de algunos clásicos del cine, de los que puede considerarse una versión actualizada. Sin llegar a ser un bombazo en las taquillas, ni de ser elevado a los altares por una crítica que, eso sí, le fue favorable en una amplia mayoría, el film queda como uno de los más importantes en la carrera de un cineasta cuyo alto nivel ya estaba claro por entonces.

Hablando de clásicos, cuando uno piensa en El año que vivimos peligrosamente, el primer nombre que le viene a la cabeza es el de David Lean, porque se trata de una película que, en muchas aspectos, remite al maestro británico. La historia de un romance, con adulterio incluido, que tiene lugar en un paraje exótico en el que se desata una espiral de violencia política, incluye varios de los temas más frecuentes en el director de Lawrence de Arabia. David Lean sólo hay uno, pero Peter Weir puede presumir de no haber caído en el ridículo ante tamaña presencia. Su adaptación de la novela de C.J. Koch, quien también colaboró en la escritura del libreto, posee ambición y amplitud de miras sin caer en lo pretencioso, está narrada de un modo ágil y directo (aunque quizá un punto esquemático en la caracterización de los secundarios), se aleja de las ñoñerías habituales en este tipo de obras y sumerge al espectador occidental en una realidad que no sólo le es lejana en lo geográfico. Sin subrayados innecesarios, la escena en la que los periodistas extranjeros se reúnen en el bar la noche en la que el recién llegado reportero australiano empieza a tomar contacto con su nueva realidad, explica a la perfección por qué los occidentales son odiados en buena parte del Tercer Mundo. No hay rastro de los holandeses, potencia colonial en Indonesia, pero la huella del imperialismo británico, retratado en el film de un modo poco favorecedor, está bien marcada en un terreno en el que también los Estados Unidos, obsesionados con detener la expansión del comunismo en Asia, maniobran para asegurarse una posición de dominio pese a que el discurso ultranacionalista del dictador Sukarno no parece dejar mucho margen al ajedrez estratégico de las grandes potencias. En el mundo en el que se mueven los protagonistas, quien maneja los hilos es Billy, un fotógrafo que parece saberlo todo de todos, que alaba el espíritu insumiso de Sukarno y que ejerce como ángel guardián de Guy Hamilton, el joven reportero australiano, porque ve en él una pureza de espíritu que le aleja, para bien, del resto de corresponsales de la zona, mucho más cínicos y aprovechados. Billy no sólo ayuda a Guy a obtener reportajes que le ayuden a labrarse el prestigio profesional que ambiciona, sino que llega a brindarle el amor de una mujer a la que él, por una simple cuestión física, no puede aspirar. Como es de suponer, el romance entre el apuesto periodista y la esposa de un diplomático carcamal, por edad y por maneras, centra la película desde que la presentación de los personajes principales es un hecho, pero la película es, en buena parte, Billy, por su profundo conocimiento del medio en el que vive, por su comportamiento de semidiós y, en fin, por su toma de conciencia. De fondo, la insurrección comunista contra Sukarno, cuyo fracaso causó un gran derramamiento de sangre y abocó a Indonesia a un régimen nefasto. Amor en tiempos de guerra, todo un clásico en la literatura y el cine, que aquí es objeto de una elegante actualización.

Weir huye del exotismo de postal y retrata los barrios pobres de Jakarta y la miseria de sus pobladores, que contrasta con la despreocupada y lujosa vida de los occidentales que residen en el lugar. Para ellos, Indonesia es una estación de paso; para los nativos, la única realidad que conocen. Uno de los protagonistas del film es el intenso bochorno, que parece ser la espita que hace que todo salte por los aires. El director utiliza en muchas ocasiones los planos cortos para exponer lo asfixiante de la realidad que describe, en la que el agua no es sólo un elemento de purificación, sino también liberador. Bajo la lluvia torrencial florece el enamoramiento, propiciado por Billy, entre Guy y Jill, dos seres fuera de sitio que se necesitan de un modo que la película se encarga de explicar a la perfección, pues hay pocas cosas peores que un romance cinematográfico forzado. Lo épico y lo íntimo, lo exótico y lo político van de la mano en un film en el que Weir luce su notable sentido de la estética (véase, a modo de ejemplo, el primer paseo nocturno de Billy y Guy por los suburbios de Jakarta), y su capacidad para conmover al espectador, apreciable en dos de las mejores escenas del film: la que ilustra el ritual funerario en la chabola, y la que expone el desenlace del personaje que ha hecho posible todo lo narrado con anterioridad. Gran fotografía de Russell Boyd, en su última colaboración con Weir hasta Master and commander. Maurice Jarre no nos brinda uno de sus trabajos más inspirados para el cine, pues su partitura se queda en lo correcto y, de hecho, los momentos más memorables del film a nivel musical los marcan algunos clásicos del rock & roll y un conocido tema de Vangelis.

Mel Gibson juega aquí al galán clásico, lejos del héroe de acción en el que acabó convirtiéndose después de su aterrizaje en los Estados Unidos, y la verdad es que no sale malparado del envite. Hay química en pantalla entre él y Sigourney Weaver, una actriz que buscaba su lugar después del éxito de Alien y a la que este film le sirvió para mostrar otros registros más tradicionales. Con todo, ambos protagonistas quedan eclipsados por la gran interpretación de Linda Hunt, talentosa actriz que acabó brillando en la televisión y que aún hoy puede presumir de ser la única mujer que ha ganado un Óscar interpretando a un hombre. Bien Michael Murphy como periodista envidioso y aprovechado, e interesante aportación de actores filipinos (en aquel país se rodó buena parte de la película) como Bembol Roco o Domingo Landicho. Por último, Bill Kerr se luce dando cuerpo a todo lo que resulta repugnante de los ingleses de clase alta.

Notable película de un director de mucho talento, El año que vivimos peligrosamente sigue poseyendo fuerza y encanto. Sin ser perfecta, ni desde luego muy original, sí es mejor que otros dramas ochenteros más prestigiosos y oscarizados.

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