EL OFICIAL Y EL ESPÍA

J´ACCUSE. 2019. 129´. Color.

Dirección: Roman Polanski; Guión: Roman Polanski y Robert Harris, basado en la novela An officer and a spy, de Robert Harris; Director de fotografía: Pawel Edelman;  Montaje: Hervé De Luze; Diseño de producción: Jean Rabasse; Música: Alexandre Desplat; Dirección artística: Dominique Moisan; Diseño de vestuario: Pascaline Chavanne; Producción: Alain Goldman, Paolo Del Brocco y Luca Barbareschi,para Légende Films-R.P. Productions-Gaumont-RAI Cinema-France 2 Cinéma-France 3 Cinéma-Eliseo Cinema (Francia-Italia).

Intérpretes: Jean Dujardin (Picquart); Louis Garrel (Alfred Dreyfus); Emmanuelle Seigner (Pauline Monnier); Grégory Gadebois (Henry); Hervé Pìerre (General Gonse); Wladimir Yordanoff (General Mercier); Vincent Pérez (Lablois); Mathieu Amalric (Bertillon); Didier Sandre (General Boisdeffre); Laurent Natrella (Esterhazy); Bruno Raffaelli (Juez Delegorgue); Laurent Stocker (General De Pellieux); Eric Ruf (Sandherr); Yannik Landrein, Luca Barbareschi, Mohammed Lakhdar-Hamina, Kevin Garnichat, Vincent de Bouard, Michel Vuillermoz, Vincent Grass, Franck Mercadal, Denis Podalydès, André Marcon, Melvil Poupaud.

Sinopsis: A finales del siglo XIX, un militar de ascendencia judía es condenado por transferir información secreta a Alemania. Tiempo después, quien fuera su instructor en la escuela de oficiales descubre que fue otro soldado quien cometió el delito.

Sobrepasada con amplitud la barrera de los 80 años, Roman Polanski continúa en forma, como acredita El oficial y el espía, su particular revisión del caso Dreyfus basada en la novela de Robert Harris. El Gran Premio del Jurado en el festival de Venecia y el César al mejor director fueron, en lo que a galardones se refiere, las mayores conquistas de una película que, pese a todo, dividió a la crítica. En concreto, entre quienes son capaces de valorar un trabajo artístico con independencia de la opinión personal que les merezca su autor, y quienes, además de no estar dotados para llevar a cabo con éxito semejante ejercicio mental, prefieren seguir la corriente, que es más cómodo.

Lo que me parece fuera de cuestión es que El oficial y el espía es una gran película, que a día de hoy constituye la obra cinematográfica más perfecta hecha sobre un caso que sigue siendo una de las mayores vergüenzas de la historia de Francia. Para comprobarlo, basta con ver la escena inicial, donde, a partir de un gran angular, se ilustra la ceremonia de degradación de Alfred Dreyfus, un oficial judío condenado por un tribunal militar por espionaje a favor de Alemania. El reo proclama a gritos su inocencia, pero su esfuerzo es en vano, pues transcurre entre la indiferencia de quienes proceden a ejecutar la condena y el indisimulado disfrute de los altos mandos militares que, desde la distancia, observan la ceremonia. Consumado el acto de humillación pública, que sólo es el prólogo a una larga reclusión en la isla del Diablo, la cámara de Polanski se centra en los distintivos militares de Dreyfus, arrojados al suelo formando un montón de reliquias rotas que simbolizan una terrible verdad de la que nadie, ni siquiera esos presuntos modernos con alma de inquisidores, está libre: una carrera construida a partir de largos años de esfuerzos puede ser dinamitada de un plumazo. De acuerdo a esto, muchos han querido ver una autoreivindicación del director, que se identifica a sí mismo con la víctima de una enorme injusticia. Opino, sin embargo, que o un servidor es muy corto, o estas personas, bastante ciegas en lo que se refiere a apreciar ciertas abominaciones que, con la excusa de compensar antiguas afrentas, se cometen día tras día en el arte en el nombre de la corrección política, ven donde no hay. De lo que, a mi juicio, nos habla Polanski es del antisemitismo, la injusticia social que, pese a seguir siendo muy practicada por los neofascismos de aquí y de allá, no forma parte, ni de lejos, de las ansias redentoras de la progresía, tan furibundas en otros asuntos. Existe una larga tradición occidental consistente en convertir al judío no sólo en responsable de sus propias fallas, sino en chivo expiatorio de las de otros. El caso Dreyfus fue un ejemplo paradigmático de ello, y es en esa lacerante herida en la que hurga Polanski. Bien por él, porque además lo hace demostrando que sigue siendo un maestro del cine.

El director no busca el arrebato visceral del espectador, ni la adhesión al discurso de la película a través del sentimiento. Polanski escoge el camino más difícil: con su sobria puesta en escena, la presentación de los personajes principales y la apropiada forma de dosificar los hechos, el director busca el cerebro de su público, no el aplauso fácil. Es más, esa apuesta es la que hace que, en el proceso que lleva a Picquart de la aceptación del resultado del juicio a la lucha contra la injusticia, se despliegue menos energía de la necesaria, en especial en las escenas que el oficial comparte con su amante, Pauline Monnier. La película es más una tela de araña que el típico thriller efectista de estos tiempos, pero a la larga esta forma de hacer consigue que el mensaje cale con mayor profundidad en el público adulto. Polanski no es moderno, ni lo pretende: filma con un estilo clásico, estilizado, que recuerda a otras películas suyas de época. Por otra parte, el film es mucho más Picquart que Dreyfus: de este, que dista de ser un personaje simpático, sólo sabemos que defiende con tozudez su inocencia, que atribuye (de forma errónea) a cuestiones raciales las bajas calificaciones que le otorga su instructor en la academia militar, y que soporta con estoicismo una condena inhumana. Picquart es el eje de la película, pues no sólo se autoproclama hombre de honor, sino que hace lo que pocos hombres: ejercer como tal. Cuando descubre al verdadero culpable del espionaje, y que las pruebas utilizadas para condenar a Dreyfus carecían de consistencia, o eran directamente falsas, el oficial se enfrenta a sus superiores (a la razón de Estado, que para quienes manejan los hilos es mucho más importante que el daño a inocentes que se pueda ocasionar) y lucha para que prevalezca la justicia. Una honrosa rareza, entonces y ahora.

En la puesta en escena, se huye de lo lujoso: al margen de alguna secuencia campestre, la luminosidad es tenue, el cielo gris y las estancias, a excepción de los despachos de los altos jerarcas militares, más bien lúgubres, en especial la sede del Departamento de Información desde la que Picquart da con las claves de la conspiración (a la que, por cierto, no le queda más remedio que combatir con otra). En aras de la sobriedad que todo lo invade, el protagonismo de la partitura del mejor compositor de bandas sonoras de nuestro tiempo, Alexandre Desplat, es más bien escaso, en lo que supone una de las pocas críticas justificadas que creo que pueden hacerse a la película desde el cine, y no por causas personales o ideológicas. El montaje, en el que es frecuente el uso de flashbacks, roza la excelencia.

Hay también un gran trabajo actoral: Polanski se rodea de un buen número de intérpretes provenientes de la Comédie Française, y los resultados son magníficos. Jean Dujardin, un actor que está entre lo mejor del panorama europeo, se luce desde la contención a lomos de un personaje que es capaz de mantenerse fiel a sus códigos y, a la vez, de evolucionar de la mano de los acontecimientos. Louis Garrel acierta a la hora de dar vida a una víctima sin tener que dar pena, y Emmanuelle Seigner, actriz que ha progresado mucho desde sus comienzos, cumple bien como mujer nada veleidosa, que se mantiene fiel a su amante en las buenas y en las malas. Otros intérpretes, como Mathieu Amalric o Hervé Pierre, hacen grandes trabajos, pero por encima de ellos he de destacar la soberbia interpretación de Grégory Gadebois, sin desmerecer las de otros miembros del elenco, como Laurent Stocker, Eric Ruf o Michel Vuillermoz.

Una vez más, Roman Polanski no esquiva la polémica y demuestra que, en eso de rodar películas, muy pocos están a su nivel, le pese a quien le pese.

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