EL TRAIDOR

IL TRADITORE. 2019. 145´. Color.

Dirección: Marco Bellocchio; Guión: Valia Santella, Ludovica Rampoldi, Francesco Piccolo y Marco Bellocchio, con la colaboración de Francesco La Licata y Felipe Sholl; Director de fotografía: Vladan Radovic; Montaje: Francesca Calvelli; Música: Nicola Piovani; Diseño de producción: Andrea Castorina, Jutta Freyer y Dani Vilela; Dirección artística: Domenico Dicillo; Producción: Michael Weber, Beppe Caschetto, Alexandra Henochsberg, Viola Fügen, Caio Gullane, Fabiano Gullane y Simone Gattoni, para IBC Movie-Kavac Film-RAI Cinema-Gullane-Ad Vitam Production- Match Factory Productions-ARTE (Italia-Francia-Alemania-Brasil).

Intérpretes: Pierfrancesco Favino (Tommaso Buscetta); Maria Fernanda Cándido (Cristina); Fabrizio Ferracane (Pippo Calò); Fausto Russo Alesi (Giovanni Falcone); Luigi Lo Cascio (Salvatore Contorno); Bruno Cariello (Alfonso Giordano); Nicola Cali (Totò Riina); Giovanni Calcagno (Tano Badalamenti); Vincenzo Pirrotta (Luciano Liggio); Bebo Storti, Rosario Palazzolo, Pier Giorgio Bellocchio, Goffredo Bruno, Pippo Di Marca, Sergio Pierattini, Gabrielle Cicirello, Michelangelo Cicirello, Paride Cicirello, Alessio Praticò, Antonio Orlando, Jonas Bloch, Maria Amato.

Sinopsis: En plena guerra entre las familias palermitanas y corleonesas por el control de la Cosa Nostra, el capo Tommaso Buscetta, huido a Brasil, decide ponerse a disposición de la Justicia cuando es detenido.

Si bien el grueso de su filmografía posee un nivel de calidad más que aceptable, se echaba en falta una obra mayor con la firma del veterano realizador Marco Bellocchio, uno de los últimos supervivientes de la época dorada del cine italiano. Esa película fue El traidor, crónica mafiosa con la que Bellocchio fue profeta en su tierra, pues no en vano se llevó los mayores premios cinematográficos en el país transalpino, y con la que logró que su nombre volviera a sonar con fuerza entre la cinefilia internacional.

En los últimos años, el cine italiano ha producido varias obras de referencia relacionadas con los años más oscuros del crimen organizado, aunque en un país siempre convulso, años oscuros lo son casi todos. El traidor se inscribe, y lo hace con letras grandes, dentro de esa reciente tradición. Bellocchio se centra en la figura de Tommaso Buscetta, el testimonio más valioso en los macroprocesos llevados a cabo contra la Cosa Nostra en la Italia del pentapartido y la endémica corrupción. Buscetta era un capo de la mafia palermitana, predominante en Sicilia hasta que, a finales de los años 70, empezó a ceder terreno y a perder el control del milmillonario mercado de la heroína en beneficio de las familias corleonesas, que para asentar su hegemonía hicieron gala de una violencia inusitada. Como cualquier film de mafiosos que se precie, El traidor se inicia con una fiesta, en este caso en honor a Santa Rosalía, seudodivinidad palermitana de caprina posteridad, que según parece no guarda relación con ninguna aprendiz de cantante. No tardamos, sin embargo, en ver que la alegría imperante es más falsa que cantar con autotune, dado que se brinda por una paz inexistente entre los clanes mafiosos allí congregados. Tommaso Buscetta tenía más motivos de inquietud que muchos de los presentes: prófugo de la Justicia, y hombre destacado del clan que los corleoneses desean abatir, Buscetta decide huir al país de origen de su esposa, Brasil, dejando a sus dos hijos mayores (uno de los cuales, Benedetto, es heroinómano) al cuidado de un hombre de su confianza. El retiro más o menos dorado dura un tiempo, hasta que los vástagos de Buscetta desaparecen, se sospecha que por obra de sicarios enviados por Salvatore Riina, jefe de los corleoneses. Meses después, el propio Buscetta es detenido en Brasil y extraditado a Italia. Tras un fallido intento de suicidio, el mafioso decide colaborar con el juez Giovanni Falcone, que lidera las investigaciones contra el crimen organizado, Su testimonio fue clave en el mayor golpe dado a la Cosa Nostra hasta ese momento.

En El traidor existe una clara apología de la delación, aunque es de resaltar la insistencia con la que Tommaso Buscetta se negaba a ser considerado un pentito (arrepentido). Él, que fue el primer mafioso importante que hizo caso omiso a la omertà ante las autoridades, siempre se vio a sí mismo como un hombre de honor que se mantuvo fiel a los códigos de honor de la Cosa Nostra, violados por la insaciable sed de sangre de Riina y sus aliados, entre los que se encontraban antiguos capos de la mafia palermitana que habían cambiado de bando, fuese por oportunismo, ambición o puro instinto de supervivencia. Bellocchio apuesta por el realismo y por una narración poco sutil (hay en la película un ejercicio de montaje paralelo que sin duda habrá ofendido a muchas hienas), pero poderosa de un modo casi inédito en su extensa carrera. Las casi dos horas y media de metraje se hacen cortas por el interés de la historia, el vigoroso pulso con el que está narrada y el muy acertado trabajo en la sala de edición, por el que Francesca Calvelli, mano derecha de Bellocchio desde hace décadas, ha recibido muchos y merecidos elogios. Los innumerables crímenes mafiosos (entre 1981 y 1983 hubo más de mil homicidios relacionados directamente con el crimen organizado) se documentan de un modo ágil y conciso, pero el buen hacer del director se percibe más en las escenas que suceden en los tribunales, o en las que ilustran las declaraciones de Buscetta ante Falcone, por la soberbia manera en la que, en ocasiones mediante la inclusión de flashbacks, se evita caer en lo farragoso. Creo que nunca se ha reflejado tan bien, con tan descarnada exactitud, en la gran pantalla lo que fue de verdad el Maxiproceso. Bellocchio consigue que el espectador conecte, a través de la coherencia y sin efectismos ni concesiones melodramáticas, con el sentir de Buscetta, con su miedo, su odio y su vanidad, palpable en los careos que sostuvo con otros capos mafiosos en las sedes judiciales. Es cierto que el resto de personajes, salvo Pippo Calò (el verdadero traidor), Contorno y Falcone, quedan algo difuminados ante el fulgor del protagonista, pero sólo con extraer de la figura de Buscetta el mucho jugo que contiene ya tenías una gran película, y eso, Bellocchio lo hace muy bien. El traidor es, además, un film notable en lo estético (sólo hay que ver cómo se mueve la cámara para mostrar lo que sucedió realmente con los hijos de Buscetta, en una escena de esas que hielan la sangre del espectador), que no confunde el realismo con lo feísta. Ahí está también, para dar mayor lustre a la historia, la partitura del veterano maestro Nicola Piovani, adornada con diversos motivos inequívocamente sicilianos. Hablando de música, otra muestra de maestría en la puesta en escena es la utilización, en dos escenas tan distintas entre sí (y tan buenas ambas), de esa pequeña gran joya que es Historia de un amor.

Dicen que Pierfrancesco Favino tuvo mucho que ver en que cesaran las reticencias mostradas por el hijo de Giovanni Falcone respecto a la realización de esta película. Lo desconozco, pero lo que sí sé es que Favino logra una interpretación mayúscula que encandilará a cualquiera que disfrute con el despliegue de un actor de talento en estado de gracia. Creo que a El traidor pueden ponérsele pocos peros; a la labor de su principal protagonista, ni uno solo. Las actuaciones de Luigi Lo Cascio, el siciliano más auténtico que uno se pueda imaginar, o de Fabrizio Ferracane, son también de mucho mérito. El verismo que busca con denuedo Bellocchio en cada fotograma se lo otorga también la labor de un elenco muy bien escogido, en el que la televisiva actriz brasileña Maria Fernanda Cándido cumple con solvencia con el rol de fiel esposa, y Nicola Cali muestra con acierto el salvajismo de su personaje.

Inteligencia, un innegable buen hacer en la realización y mucha autenticidad es lo que hay en El traidor, excelente película que es la mejor en décadas de un cineasta siempre interesante y que raras veces ha tropezado en todos estos años de carrera profesional.

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