EL MUNDO ES NUESTRO

EL MUNDO ES NUESTRO. 2012. 82´. Color.

Dirección: Alfonso Sánchez; Guión: Alfonso Sánchez; Dirección de fotografía: Daniel Mauri; Montaje: Carlos Crespo; Música: Maravilla Gipsy Band; Diseño de producción: Mar García; Dirección artística: Mar García; Producción: Álvaro Alonso y Alfonso Sánchez, para Jaleo Films-Mundo Ficción Producciones (España).

Intérpretes: Alfonso Sánchez (El Cabeza); Alberto López (El Culebra); Pepe Rodríguez (Fermín); Alfonso Valenzuela (Ricardo); Antonio Dechent (Delegado del gobierno); Joserra Leza (Don Manuel); Antonia Gómez (Macarena); Maite Sandoval (Inspectora Jiménez); Sergio Domínguez (Subinspector Velasco); María Cabrera (Sabina); Olga Martínez (Natalia); Francisco Torres (Paco); Estrella Corrientes (Marta); Pepa Díaz Meco (Pepa); Miguel Ángel Sutilo (Serafín); Kai Zhou Wang (Chino); Pepe Quero (Comisario Narváez); Mari Paz Sayago, Elías Pelayo, José Manuel Poga, Pedro Cabañas, Javi Mora, Joselito.

Sinopsis: Dos rateros sevillanos planean atracar un banco para largarse a Brasil con el dinero, como hizo El Dioni.

El dúo que forman Alfonso Sánchez y Alberto López representa uno de los escasos, al menos en lo que a España se refiere, ejemplos de éxito en Youtube que se repite en la pantalla grande. Ambos, que ya atesoraban experiencia en la interpretación, levantaron un proyecto que fue posible gracias a una ingeniosa campaña de micromecenazgo y al trabajo desinteresado de muchos de los participantes en una película. Bajo la batuta de Sánchez, que ya se había encargado de la realización de los varios cortometrajes protagonizados por la pareja, se recuperó a los personajes de uno de esos cortos, Esto ya no es lo que era, para sumergirlos en una estrambótica comedia criminal que fue muy ovacionada en el festival de Málaga y permanece como una de las joyas de la década en un género que, en nuestro país, ha ofrecido últimamente escasos productos memorables al margen de los dirigidos por algunos cineastas ya muy célebres.

Hay que empezar diciendo, a modo de aviso para despistados, que El mundo es nuestro es una sevillanada del tamaño de la Giralda, por lo que quienes conocemos el percal de la mayor ciudad de Andalucía tenemos ventaja en cuanto a asimilar la comicidad de la propuesta, basada en parte en el peculiar gracejo de los personajes. Los grandes trazos de la película son muy españoles, y fáciles de entender desde el Cabo de Gata hasta Finisterre, que diría el gran Pepe Da Rosa, pero el film está lleno de pequeños (y no tan pequeños, porque el final está elaborado en torno a uno de ellos) detalles intrínsecamente hispalenses. Ese humor local se enlaza con los efectos de la crisis económica provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria para formar un fresco, surrealista pero no irreal, de un país cuya única solución sería que unos alienígenas inteligentes lo hicieran de nuevo. Mientras llega ese ansiado momento, tenemos al Cabeza y al Culebra, dos rateros con una marcada tendencia a divagar, que han decidido olvidarse de los pequeños golpes y asaltar una sucursal bancaria para ganar dinero de verdad y fugarse con él a Brasil, tal como hiciera El Dioni allá por los años 80. Pese a que ese par de ladrones son más bien torpes, la cosa podría pasar por un atraco normal y corriente hasta que se persona en la sucursal un empresario arruinado, que reclama la presencia de la televisión y amenaza con hacer saltar por los aires el edificio, incluyendo a los ladrones y rehenes que allí se encuentran, gracias a los explosivos que lleva adheridos a su cuerpo. Ante el giro en la situación, la policía toma cartas en el asunto y todo se descontrola, tanto dentro como fuera del banco, con un barrio popular de una Sevilla en plena Semana Santa como marco geográfico.

Es sabido que los creadores de El mundo es nuestro se inspiraron en un suceso real, ocurrido en 2008, cuando dos atracadores asaltaron una sucursal bancaria vestidos de nazarenos. A partir de esta premisa, se crea una trama que demuestra, una vez más, la profunda huella que El ángel exterminador sigue teniendo en el cine español. Un puñado de personajes encerrados en un único espacio del que no pueden salir y en el que, a medida que aumenta la tensión, cada cual va mostrando su verdadera personalidad: unos ladrones bastante ineptos pero que aún conservan un gramo de dignidad, un señorito sevillano que maneja fondos de origen oscuro en connivencia con el director del banco, un hombre desesperado, una pareja que está a punto de firmar su sentencia de muerte, es decir, una hipoteca para comprarse un piso en Sevilla Este, una empleada frustrada a más no poder, un don nadie con problemas de liquidez que quiere sellar el paro vestido con el mono de trabajo, una funcionaria aburrida, valga la redundancia, una periodista muy devota de su profesión, un empleado homosexual con problemas de ansiedad, una limpiadora con mucho salero y hasta un chino más listo de lo que aparenta se encuentran en unas circunstancias de todo menos sencillas. Pero no están aislados del exterior porque ahora, gracias a internet, los móviles y la televisión, el caos de dentro y el de fuera se retroalimentan, mientras la policía trata de mantener el orden y, por lo que respecta a los agentes aborígenes, de convencer a los foráneos de que es más fácil que Joaquín se haga palangana que alterar el itinerario de una procesión de Semana Santa.

Al guión de la película le pongo muy pocos peros, porque tiene mucha gracia, explota bien las delirantes situaciones que se van creando (monumental la escena de los serranitos, sin ir más lejos) y aprovecha de maravilla el juego que brindan los personajes a través de unos diálogos que revelan un profundo conocimiento de lo que pasa en la calle. La denuncia social y política mezcla la demagogia con los disparos a la diana, y es innegable que la película tiene mucho ritmo, tanto, que el abuso de la cámara en mano y el apelotonamiento de situaciones y personajes hacen que a veces el conjunto resulte atropellado. La música de la Maravilla Gypsy Band aporta un toque de desmadre a la obra, haciendo que se sitúe por momentos en la frontera de las escenas más anárquicas de los films de Emir Kusturica, Y, entre el caos, un caudal de simpatía que hace que los defectos sean vistos de soslayo por quienes aún conservan una cierta alegría de espíritu, pese a todo.

Alfonso Sánchez y Alberto López son dos tipos muy divertidos que, además, han sido capaces de crear unos personajes de lo más auténticos y cuyos resortes manejan con maestría. En lo que de ellos depende, la película está salpicada de gracia sevillana. El resto del elenco, en el que destaca Antonio Dechent como siniestro delegado del Gobierno, pone su granito de arena para que el tinglado se vea auténtico y sus personajes, calcados a los que cualquiera puede encontrarse si recorre los barrios populares. Muy bien Alfonso Valenzuela como la encarnación de lo más insufrible de la sevillanía, lo mismo María Cabrera como limpiadora con guasa, y también Pepe Quero como atribulado comisario. A otros, como Olga Martínez o Francisco Torres, se les ve más verdes. pero sin desentonar. Ah, y hasta aparece Joselito, como recién salido de la canción de Kiko Veneno.

En ocasiones, el voluntarismo mueve montañas, o al menos genera comedias con mucha gracia. A El mundo es nuestro le han faltado dos espectadores, que sin duda se hubiesen divertido mucho viéndola, pero a Sánchez, López y los demás…que les quiten lo bailao.

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