UN PEZ LLAMADO WANDA

A FISH CALLED WANDA. 1988. 108´. Color.

Dirección: Charles Crichton; Guión: John Cleese, basado en un argumento de Charles Crichton y John Cleese; Dirección de fotografía: Alan Hume; Montaje: John Jympson; Música: John Du Prez; Diseño de producción: Roger Murray-Leach; Dirección artística: John Wood; Producción: Michael Shamberg, para Michael Shamberg Productions-Prominent Pictures-Metro Goldwyn Mayer (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes: John Cleese (Archibald Leach); Jamie Lee Curtis (Wanda Gershwitz); Kevin Kline (Otto); Michael Palin (Ken Pile); Maria Aitken (Wendy); Tom Georgeson (Georges Thomason); Patricia Hayes (Sra. Coady); Geoffrey Palmer, Cynthia Cleese, Ken Campbell, Neville Phillips, Kate Lansbury, Stephen Fry.

Sinopsis: El exitoso atraco a una joyería londinense deviene problemático cuando el jefe del grupo de ladrones que lo perpetró es detenido.

Charles Crichton, cineasta responsable de algunas de las más destacadas comedias británicas de los años 50, puso fin a más de dos décadas de trabajo exclusivo para la pequeña pantalla poniéndose al frente de un proyecto cuyo artífice era el antiguo componente de Monty Python John Cleese, quien según parece llegó a dirigir algunas escenas de la película. Un pez llamado Wanda tuvo, después de un estreno discreto, un éxito tan grande como inesperado al otro lado del Atlántico, que acabó situando al film en la órbita de los grandes premios. Dejando al margen la cuestión de los laureles, estamos ante una de las mejores comedias de las últimas décadas.

Resulta obvio que Un pez llamado Wanda bebe de las grandes comedias de la Ealing, en especial de la que seguramente es la obra maestra de Charles Crichton, Oro en barras. La idea era recuperar el espíritu de esas películas, mezclándolo con las screwball comedies del Hollywood dorado y dándole un toque de surrealismo y modernidad al conjunto. Empresa difícil, de la que el tándem Cleese-Crichton salió del todo airoso gracias a un guión hilarante que, a los elementos mencionados, une la inspiración de los momentos más divertidos de los Monty Python. Jugando con los estereotipos del cine negro (no hay que olvidar que la cosa va de atracos), y extrayendo un tremendo jugo de los prejuicios mutuos entre británicos y estadounidenses, las mentes creativas que hay detrás de esta película enlazan un sinfín de situaciones jocosas (nunca una pecera será lo mismo, ni a uno le entrarán tantas ganas de aprender nuevos idiomas) que envuelven a cuatro personajes espléndidos: un abogado inglés que toma el nombre real del que es seguramente el gran homenajeado a lo largo del metraje, que no es otro que Cary Grant, una femme fatale ambiciosa y calculadora, un yanqui rayano en la psicopatía que se dedica a leer a Nietzsche en su tiempo libre, y un tartamudo defensor de los animales que ama en especial a los peces. Los tres últimos participan en el robo a una famosa joyería de la capital británica que es todo un modelo de ejecución. Los problemas vienen cuando, a causa de un chivatazo, el líder de la banda da con sus huesos en la cárcel, llevándose tras las rejas el secreto del paradero del botín. Con uno de sus amantes en presidio, y el otro (a quien ha hecho pasar ante los demás por su hermano) entorpeciendo la búsqueda de las joyas a fuerza de acumular estupideces, la mujer decide que la vía más rápida para encontrar el tesoro es seducir al reprimido inglés que lleva la defensa del reo, mientras el cuarto miembro del grupo trata de eliminar a una testigo clave en el juicio que debe afrontar su jefe.

Cuando en un film se dan cita tantas situaciones divertidas bien hilvanadas, poco importa que visualmente la película sea del montón. El goce, que es mucho, está en unos diálogos descacharrantes y absurdos, y sobre todo en la interacción entre un puñado de personajes que difícilmente podrían estar construidos con más gracia. Es verdad que cuando Un pez llamado Wanda juega a ser sofisticada cae algunas veces en el tópico, y que sus mejores bazas se encuentran sin duda en el desmadre, pero es que esas bazas rozan por momentos la genialidad: en el retrato de ese animalista para quien el asesinato de ancianas no supone ningún problema moral, pero que en sus intentos criminales se convierte en un involuntario y eficacísimo asesino de perros, Cleese no sólo se adelantó a su tiempo, sino que clavó a toda una subespecie particularmente digna de ser satirizada. La cosa no queda ahí, porque el personaje de ese asesino sin luces, por mucha filosofía que lea, define a otro tipo humano, muy común en el cine estadounidense (y en la vida real de por allí, me temo), también muy merecedor del escarnio. No se queda atrás esa hembra sexy, que utiliza para su propio beneficio la pasión que despierta en los hombres, pero a la que los idiomas extranjeros hacen perder los estribos. Mediante el personaje del abogado, Cleese se burla de su propio país, lo que es siempre muy sano. Cuando estos personajes se juntan en pantalla, sólo queda pedir que los aspectos técnicos no estropeen el conjunto, y no lo hacen. Es más, la banda sonora es muy agradable, contando además con la maravillosa guitarra de John Williams, y también se sabe extraer partido de la metrópoli londinense como marco geográfico.

Para que el mecanismo funcione es necesario contar con actores de primera categoría, y en este terreno la película tampoco falla. Sabido es que John Cleese y Michael Palin son dos tipos divertidísimos, pero es que ninguno ha estado mejor desde que los Monty Python se separaron. Era fundamental que la parte yanqui no desentonara, y está lejos de hacerlo. Kevin Kline, que ganó un merecido Óscar por este papel, borda su interpretación de lerdo desquiciado que está muy lejos de ser quien pretende, mientras que Jamie Lee Curtis, una actriz que se dio a conocer en el cine de terror y a quien le costó encontrar buenos papeles fuera de él, muestra grandes dotes para la comedia. Tres son los secundarios a los que hay que destacar: Maria Aitken, excelente como estirada esposa inglesa de clase alta; Tom Georgeson, notable como encarcelado líder de la banda, y Patricia Hayes, gran cómica que ya había trabajado para Crichton casi tres décadas antes, y que aquí da vida a un personaje que remite a la memorable anciana de otra maravilla de la Ealing, El quinteto de la muerte.

Se han rodado muy pocas comedias tan divertidas como Un pez llamado Wanda en los últimos treinta años, por lo que siempre es un buen momento para ver esta joya. Dicho queda.

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