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EL IMPOSTOR

THE IMPOSTER. 2012. 98´. Color.

Dirección: Bart Leyton; Guión: Bart Leyton; Dirección de fotografía: Lynda Hall y Erik Wilson; Montaje: Andrew Hulme; Música: Anne Nikitin; Diseño de producción: Marcia Calosio; Producción: Dimitri Doganis y Poppy Dixon, para A&E Indie Films-RAW-Channel 4-Film4- Protagonist Pictures-24 Seven Productions-Randy Murray Productions (Reino Unido-EE.UU.).

Intérpretes: Frédéric Bourdin, Carey Gibson, Beverly Dollarhide, Bryan Gibson, Nancy Fisher, Charlie Parker, Codey Gibson, Philip French, Bruce Perry, Ally Hostetler, Kevin Hendricks.

Sinopsis: Un joven, hallado en estado de desamparo en el municipio español de Linares, dice ser un menor desaparecido en la ciudad estadounidense de San Antonio más de tres años antes.

Si lo que pretendía el cineasta británico Bart Layton era que su estreno en la gran pantalla generara impacto en las audiencias, no cabe duda de que, con El impostor, ese objetivo quedó cubierto con creces. Perteneciente a esa categoría de films de no-ficción cuyo argumento parece ideado por una mente muy retorcida, la película triunfó a ambos lados del Atlántico y figura, por méritos propios, entre los documentales más distinguidos que se hayan rodado en el presente siglo.

El impostor es, qué duda cabe, una obra sobre la identidad y la capacidad de autoengaño del ser humano, pero también demuestra que las fisuras del sistema legal no entienden de continentes y que las desgracias se comunican de maravilla entre sí. No son pocas las veces en las que uno, mientras ve la película, se dice a sí mismo: “Esto no puede ser cierto”. Resulta casi enternecedor que la estupidez y la perversidad de las personas puedan sorprenderle a uno a estas alturas del cuento, pero la historia que se narra en El impostor no deja más opción a su público que sumergirse en la incredulidad. Si un guionista de ficción presentara un libreto en el que un veinteañero ladrón de vidas ajenas, nacido y criado en Francia, lograra convencer a propios y extraños, en España y en los Estados Unidos, de que en realidad es un muchacho que desapareció en Texas más de tres años antes, poco después de cumplir los trece, hasta el punto de llegar a ser acogido por la familia del chico a pesar de las rotundas diferencias físicas entre ambos, es muy probable que jamás obtuviera financiación para su proyecto por parte de ningún productor medianamente serio. Pues bien, esto es, a grandes rasgos, lo que se explica en El impostor. Para aquellos a quienes la historia tampoco les parezca tan turbadora, añado que el desenmascaramiento del estafador, que como es obvio era sólo cuestión de tiempo y que Layton brinda a sus espectadores ya en el primer tercio de metraje, sólo aporta nuevas e inquietantes preguntas a las que ya de por sí se derivan de un suceso tan delirante. Frédéric Bordin, el joven que, después de suplantar numerosas identidades, logró hacerse pasar por el desaparecido Nicholas Barclay, es la figura central de una historia que demuestra la certeza de ese dicho popular que afirma que de buenas intenciones están los cementerios llenos, amén de ratificarnos en la idea de que a los estafadores nunca les faltarán víctimas. Resulta especialmente chocante que el propio estafador, consciente de la zafiedad de su argucia, se pregunte repetidas veces ante la cámara cómo pudo tener éxito en su desmañado empeño. La respuesta podemos dividirla en dos partes, o más bien en tres: por lo que respecta a los organismos oficiales envueltos en el asunto, uno llega a la desazonadora conclusión de que hay muchas vidas que, simplemente, no importan, lo que, unido al incuestionable hecho de que hay mucho incompetente por ahí, se tradujo en que, frente al acto de bonhomía que supone devolver a un muchacho secuestrado a su familia de origen, el tinglado funcionarial se limitó a esbozar una sonrisa beatífica y nadie comprobó una mierda. En cuanto a la familia de Nicholas Barclay, hay que decir que son un verdadero cuadro, que puede servir como magnífico ejemplo ilustrativo de lo que se da en llamar basura blanca. Sin embargo, pese a que esas personas son la quintaesencia del garrulismo de la América profunda y tienen la misma cultura que un mapache, parece imposible que pudieran confundir a su hijo, o hermano, con un tipo que era claramente mayor de edad, que hablaba con acento francés y que tenía los ojos marrones, y no azules, como el niño desaparecido. Esto puede verse como un alucinante ejercicio de autoengaño, pero con el tiempo hasta el propio estafador, cuya trampa fue puesta al descubierto gracias al trabajo de una agente federal y de un detective privado que responde al evocador nombre de Charlie Parker, llegó a sospechar que la familia de Nicholas tuvo algo que ver en su desaparición y aprovechó el engaño para ocultar mejor esa circunstancia. Repito: hablamos de un suceso real.

Bart Layton le da a su narración el tono y el ritmo de un thriller, y hay que reconocerle el buen manejo que hace de los bizarros elementos que conforman la historia. En su contra, cierta inclinación al efectismo, por ejemplo muy presente en la banda sonora compuesta por Anne Nikitin, en una película que no lo necesita en absoluto, y el abuso en la utilización de escenas recreadas. Ganan, sin embargo, las virtudes, de entre las que destaca el excelente montaje, que demuestra que los artífices del film tenían muy claro lo que debían narrar, y cómo hacerlo. La información está muy bien dosificada: Frédéric Bourdin se presenta a sí mismo como un joven falto de cariño que suplantaba identidades con el fin de construirse una vida propia sin tener que empezar de cero, pero en el momento justo el director recoge y divulga un inusual rapto de sinceridad del joven francés al respecto de los verdaderos motivos de su conducta, que ya le había llevado hasta los archivos de la Interpol. En conjunto, la cámara parece filmar los distintos testimonios con la misma perplejidad con la que sin duda iban a ser recibidos por los espectadores, pero sin perder el respeto hacia quienes intervienen y dejando que el público flipe solito.

Recomiendo El impostor no sólo a todo cinéfilo que se precie, sino a todas esas personas que almacenan en su interior la lucidez suficiente para saber que existen otros mundos, que no pocos de ellos son incluso peores, y que todos están en este.

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