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LOS CABALLEROS LAS PREFIEREN RUBIAS

GENTLEMEN PREFER BLONDES. 1953. 91´. Color.

Dirección: Howard Hawks; Guión: Charles Lederer, basado en el musical de Anita Loos y Joseph Fields; Dirección de fotografía: Harry J. Wild; Montaje: Hugh S. Fowler; Música: Leigh Harline, Lionel Newman, Hal Schaefer y Herbert W. Spencer; Dirección artística: Lyle Wheeler y Joseph C. Wright; Producción: Sol C. Siegel, para 20th Century Fox (EE.UU.).

Intérpretes: Jane Russell (Dorothy Shaw); Marilyn Monroe (Lorelei Lee); Charles Coburn (Francis Piggy Beekman); Elliott Reid (Ernie Malone); Tommy Noonan (Gus Esmond, Jr.); Marcel Dalio (Juez); Taylor Holmes (Sr. Esmond); Norma Varden (Sra. Beekman); George Winslow (Henry Spofford III); Howard Wendell, Steven Geray, Harry Carey Jr., George Chakiris, Jean Del Val, Julie Newmar.

Sinopsis: Dos bailarinas, una de las cuales planea casarse con un millonario y está prometida con un rico heredero, embarcan en un crucero hacia París.

Los caballeros las prefieren rubias fue la penúltima comedia de uno de los cineastas legendarios más dados a cambiar de género, Howard Hawks, que sin embargo venía de rodar otra comedia, Me siento rejuvenecer, en cuyo reparto encontramos a dos de los protagonistas de este celebérrimo musical, adaptación de una comedia coescrita por Anita Loos que ya había sido llevada al cine en la época muda, gran éxito comercial en su momento y todavía hoy recordado por cualquiera que haya visto más de cuatro películas en su vida y haya entendido algo de cualquiera de ellas.

En contra de lo habitual en la obra de Hawks, Los caballeros las prefieren rubias está protagonizada por dos mujeres, amigas y compañeras de profesión, que abordan los asuntos sentimentales desde ángulos muy distintos. Mientras Dorothy busca disfrutar el momento y se rodea de amantes adecuados para tal finalidad, con independencia de su condición social, Lorelei piensa que sus encantos deben ser el pasaporte que posibilite su matrimonio con un hombre rico, junto al que pueda gozar de la lujosa existencia que desea para sí. Ya ha conseguido un candidato idóneo, un rico heredero con quien se ha prometido, pero la familia del joven no ve con buenos ojos un hipotético enlace con una cabaretera y por ello, cuando las dos amigas se embarcan en un transatlántico rumbo a Francia, se les procura la indeseada compañía de un detective privado, que debe dar cuenta a la familia del millonario enamorado de cualquier conducta indecorosa que pueda tener Lorelei. Como sucede en cualquier comedia de enredo que se precie, las situaciones embarazosas y los vaivenes sentimentales de los protagonistas serán la nota dominante.

Hawks se propone hacer una obra ligera y fresca, y a fe que lo consigue. Este director todoterreno, capaz de brillar en el cine negro, el western o el género bélico y que cuenta en su currículum con algunas de las mejores comedias del Hollywood sonoro, no llega aquí a alcanzar sus mayores cotas, pero suple de manera formidable las flaquezas de una historia que, sobre todo en su tramo final, es cualquier cosa menos creíble, y ofrece un entretenídisimo espectáculo de muy buena factura. Explotando al máximo las posibilidades del vistoso Technicolor, así como la belleza de la pareja protagonista, Hawks deja claro que su reputación de gran director invisible no es fruto del capricho de un puñado de críticos. Con un excelente sentido del ritmo, especialmente apreciable en el modo de filmar los números musicales (sí, él fue el hombre que convirtió a Marilyn Monroe en un símbolo sexual planetario en los poco más de cuatro minutos que dura su interpretación de Diamonds are a girl´s best friend, filmados con apenas media docena de cortes), el director embelesa a su público alternando el lujo y la elegancia de la escenografía y el vestuario con la socarronería marca de la casa. Hawks no se priva de mostrar una gran verdad: que, ante la belleza femenina, la capacidad de raciocinio de los hombres se reduce hasta niveles irrisorios. Dorothy y Lorelei utilizan su indiscutible atractivo para conseguir lo que quieren, pero nunca se muestran como seres supeditados a los hombres, que son poco más que peleles a su merced. A ellas no les interesan, sin embargo, los vanidosos componentes del equipo olímpìco, que en cierto modo son la versión masculina de ellas mismas, sino otra clase de individuos: a la morena, los que son capaces de amar de verdad, y a la rubia, aquellos jóvenes con posibles y cuyo bulto en los pantalones tiene no la forma habitual, sino la de un estuche de joyería.

Aunque ya se ha hecho mención a varios de estos aspectos, es preciso incidir en la lujosa apariencia de la película, en la que Hawks, secundado por el veterano Harry J. Wild, saca partido de la fotografía en color como no lo había hecho hasta entonces, y también en la calidad de los números musicales, palpable desde la escena inicial e indiscutible en Ain´t there anyone here for love. La película, film de estudio donde los haya, es luminosa incluso en las escenas nocturnas, y constituye un ejemplo de cómo incluir las coreografías sin que ralenticen la acción, que eso sí, en la escena del juicio y el tópico final pierde parte de su encanto.

Ya he hablado de Marilyn Monroe, y volveré a hacerlo, pero quiero empezar la sección dedicada al reparto por una brillantísima Jane Russell, actriz a la que pocas veces se le dio el crédito que merecía. Aquí interpreta a una joven seductora, dada al sarcasmo y capaz de amar sin recurrir a las matemáticas, y lo hace de maravilla, hasta el punto de que ella sola salva la escena del juicio por lo divertida que está interpretando a… Marilyn Monroe (de nuevo, esos cambios de identidad tan propios de las comedias de Hawks). Mucho se ha dicho que el papel de Lorelei encasilló a la Monroe en el rol de rubia tonta, pero aquí me gustaría hacer un inciso, porque la película deja muy claro que esa chica puede ser inculta, pero no tiene nada de tonta, aunque a veces le convenga parecerlo. Dicho esto, el trabajo de Marilyn es uno de los mejores de su demasiado corta carrera. Charles Coburn, en el papel de viejo sátiro acaudalado, proporciona varios momentos de diversión, siendo el único intérprete masculino que está a la altura de las féminas, porque a Tommy Noonan le veo casi tan carente de sustancia como el personaje al que da vida, y Elliott Reid cumple, a secas. Mejor nota merecen los veteranos Norma Varden y Taylor Holmes, en especial la primera.

Los caballeros las prefieren rubias continúa siendo una película ideal para pasar un buen rato libre de preocupaciones, lo cual es mucho en una época en la que esos ratos cotizan muy alto.

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