EL IMPERIO DEL SOL

EMPIRE OF THE SUN. 1987. 153´. Color.

Dirección: Steven Spielberg; Guión: Tom Stoppard, basado en la novela de J.G. Ballard; Dirección de fotografía: Allen Daviau; Montaje: Michael Kahn; Música: John Williams; Diseño de producción: Norman Reynolds; Dirección artística: Charles Bishop (Supervisión); Producción: Frank Marshall, Kathleen Kennedy y Steven Spielberg, para Amblin Entertainment-Warner Bros. (EE.UU.).

Intérpretes: Christian Bale (Jim Graham); John Malkovich (Basie); Miranda Richardson (Mrs. Victor); Nigel Havers (Dr. Rawlins); Joe Pantoliano (Frank); Leslie Phillips (Maxton); Masato Ibu (Sargento Nagata); Emily Richard (Mary Graham); Rupert Frazer (John Graham); Peter Gale (Mr. Victor); Takataro Kataoka (Joven piloto); Ben Stiller (Dainty); Robert Stephens (Sr. Lockwood); David Neidorf, Ralph Seymour, Naishe Zhai, Guts Ishimatsu, Emma Piper, James Walker, Kong-Guo-Jun.

Sinopsis: Un niño inglés de clase alta asiste a la invasión japonesa de Shanghai, ciudad en la que reside. Separado de sus padres, termina en un campo de prisioneros.

Al margen de su participación en Cuentos asombrosos, El imperio del sol constituyó el segundo intento consecutivo de Steven Spielberg de hacer un film que le reportara el prestigio crítico y le permitiera conquistar los galardones cinematográficos más codiciados. En principio, Spielberg iba a ser el productor de la película, de cuya realización se encargaría nada menos que David Lean, pero el cineasta británico renunció al proyecto y fue finalmente el director de El color púrpura quien se responsabilizó por entero de la adaptación a la gran pantalla de la célebre novela autobiográfica del escritor británico J.G. Ballard, con resultados satisfactorios sólo en parte, pues la película no despertó grandes entusiasmos entre los críticos y sus números en taquilla quedaron lejos de los obtenidos por los films más populares de Spielberg.

En efecto, El imperio del sol es una buena película, que se queda a medio camino de demasiadas cosas. Para empezar, la idea inicial de que fuese dirigida por un realizador británico era la correcta, y el visionado deja la sensación de que Spielberg carece de la necesaria vinculación emocional con una historia que resulta más fría de lo que debiera, y de lo que se pretende. En segundo lugar, el film va de más a menos: sus mejores momentos se hallan al principio, y la larga estancia del (cada vez menos) niño protagonista en el campo de prisioneros japonés alterna buenos momentos con una considerable suma de clichés y escenas que terminan cayendo en lo repetitivo. Por aquello de ejemplificar el anterior comentario, opino que en la película hay demasiadas concesiones a los gustos del gran público (el progresivo aumento del protagonismo de los prisioneros estadounidenses en detrimento de los ingleses, la amistad entre el joven Jim Graham y el piloto japonés adolescente, el edulcoramiento de la realidad de los campos de prisioneros o la extrema mojigatería con la que se describe el despertar sexual del protagonista) como para quedarse cerca de la pretensión real de Spielberg, que no era otra que dirigir él mismo una película de David Lean. El carácter intrépido de quien no deja de ser un niño pijo inglés que no ha salido del cascarón se nos presenta también de ese modo empalagoso, a ratos incluso cargante (que otros personajes de la historia así lo describan no aligera el peso del espectador en este punto concreto) que tal vez sea el mayor defecto de Spielberg como cineasta. Una pena, porque la media hora inicial es fantástica, por el modo de mostrar la inopia en la que vivían los pudientes colonos ingleses a las puertas de la invasión japonesa de Shanghai, y eso en un país que llevaba varios años siendo masacrado por las tropas imperiales niponas, por la majestuosa y brillante escena de masas en la que la descontrolada multitud y un descuido puntual hacen que Jim se vea separado de sus padres, y por la descripción del modo en que el niño debe asumir el caótico estado de cosas generado por el conflicto. Después, Spielberg es incapaz de mantener el pulso de una película en la que la excelencia sólo reaparece en contadas escenas.

En lo que no falla el rey Midas de Hollywood es en la técnica, pues El imperio del sol, rodada en parte en el municipio gaditano de Trebujena, sí está mucho más cerca en este aspecto de la magnificencia propia de quien en principio debía dirigir la película. No hablo de la edición, que aunque tenga cosas muy buenas cojea en lo principal, que es que al film le sobra metraje, pero sí de la fotografía, en el que seguramente sea el mejor trabajo de Allen Daviau para la gran pantalla y, cómo no, de la música de John Williams, que aquí ocupa un lugar menos predominante que en la mayoría de sus colaboraciones con Spielberg. Es de alabar el modo en que están planificadas y ejecutadas las escenas de masas, el buen uso del contrapicado o la forma de retratar ese sol que da título a la película.

La interpretación de Christian Bale, que debutaba en esta película, da pie a una reflexión sobre la conveniencia de separar actuación y personaje, pues éste es en ocasiones insufrible, pero el joven actor lo representa a las mil maravillas y, ya a tan temprana edad, demuestra que había nacido para esto. Gran trabajo también de John Malkovich en la piel de Basie, un buscavidas norteamericano que ejerce un tanto como figura paterna alternativa de Jim Graham. Los actores británicos aportan su habitual buen hacer, destacando a Miranda Richardson, en el papel del primer amor platónico del protagonista, y a Nigel Havers, quien da vida al honorable médico del campo de prisioneros. Tampoco hay que olvidar a otro gran intérprete, Robert Stephens. Masato Ibu, todo un clásico del cine japonés, interpreta al jefe del campo de concentración, personaje representado de un modo que deja claro que Japón había dejado de ser un enemigo para el país productor de la película. Por cierto, encontramos aquí una de las primeras apariciones en el cine de Ben Stiller, mucho antes de que alguien le considerara gracioso.

Lo dicho: empieza muy bien, decae… y no tengo dudas de que David Lean la hubiera hecho mejor.

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