PRIMAVERA EN OTOÑO

BREEZY. 1973. 106´. Color.

Dirección: Clint Eastwood; Guión: Jo Heims; Dirección de fotografía: Frank Stanley; Montaje: Ferris Webster; Música: Michel Legrand; Dirección artística: Alexander Golitzen; Producción: Robert Daley, para The Malpaso Company-Universal Pictures (EE.UU).

Intérpretes: William Holden (Frank Harmon); Kay Lenz (Breezy); Roger C. Carmel (Bob Henderson); Marj Dusay (Betty); Joan Hotchkis (Paula); Jamie Smith Jackson (Marcy); Dennis Olivieri, Norman Bartold, Lynn Borden, Scott Holden, Richard Bull, Shelley Morrison, Eugene Peterson.

Sinopsis: Un maduro agente inmobiliario experimenta un cambio radical en su vida cuando conoce a Breezy, una joven hippie.

La primera película en la que Clint Eastwood se limitó a ejercer como director fue Primavera en otoño, drama romántico que supuso un considerable giro en la trayectoria de un hombre que había alcanzado el estrellato gracias al western y al género policíaco. Quizá por ello, esta obra descolocó a los fans de Eastwood, y sólo interesó a la sección más desprejuiciada de la crítica y las audiencias que, en ambos casos, tampoco es mucha. Nos encontramos, pues, ante uno de los films menos conocidos de cuantos ha dirigido hasta la fecha uno de los grandes cineastas norteamericanos de nuestro tiempo.

Eastwood se apoya en un excelente guión escrito por Jo Heims, quien ya había contribuido de manera decisiva al libreto de Escalofrío en la noche, debut tras las cámaras del cineasta nacido en San Francisco. En él, se aborda la inquieta naturaleza del amor desde una perspectiva adulta, mostrándose un romance entre dos personas a las que separan no sólo muchos años de edad, sino también un abismo en lo que se refiere a sus distintas formas de entender la existencia. Frank Harmon es un agente inmobiliario, ya entrado en la cincuentena, que después de un matrimonio fallido huye de cualquier tipo de relación que implique un compromiso serio. Frank posee el grado de cinismo imprescindible para prosperar en el mundo, pero no está tan podrido por dentro como es habitual entre los de su clase, y conserva una cierta juventud de corazón que le lleva a preferir la soledad a mantener relaciones que no le satisfacen, sin que eso suponga haber perdido del todo la capacidad de apasionarse, que es el factor que distingue a los verdaderos viejos. Por su parte, Breezy es una joven hippie que vive de manera itinerante y despreocupada, que irradia alegría y que cree en la bondad natural del ser humano, aunque su primer encuentro con Frank se produce después de que ella consiga huir de un conductor de lo más siniestro. Al principio, a Frank le incomoda la presencia de esa entusiasta joven que habla por los codos y parece en verdad inasequible al desaliento, pero poco a poco, y coincidiendo con la noticia de que Betty, una mujer que está enamorada de él, va a casarse con un abogado harta de esperarle, empieza a interesarse de verdad por esa muchacha que, en diversos aspectos, le devuelve la juventud perdida.

Eastwood ya tenía madera de clásico en sus primeras obras, y muchas de sus mejores características como cineasta ya están en esta película, sensible y romántica en el mejor sentido de ambos términos. En el recorrido que hace la cámara en la escena inicial por el apartamento de Bruno hasta centrarse en el rostro de Breezy ya vislumbramos ese sobrio virtuosismo, valga la paradoja, que marca las obras mayores de alguien que, como muchos de los grandes clásicos que le precedieron, sabe amoldar su estilo al espíritu de lo que está filmando. Se aprecia igualmente la querencia por los paisajes costeros californianos, que adquieren mayor protagonismo a medida que el romance se afianza. Por supuesto, Eastwood aprovecha al máximo las posibilidades de una pareja protagonista creíble y de unos diálogos brillantes, de entre los que destaco una frase magistral que le dice Frank a Breezy: “las personas no maduran, sólo se cansan”. Asimismo, el guión muestra las dificultades de mantener a flote una relación amorosa que va en contra de las convenciones sociales. La interacción de Frank con las personas de su edad, a excepción de Betty, muestran a éstas como despechadas, envidiosas o cobardes, más que como amigas o cómplices. El mérito de ese hombre radica en no haber perdido, pese a todo, la capacidad para que la luz que desprende Breezy no encuentre una total oscuridad en él. Otro factor a tener en cuenta es que el buen olfato de Clint Eastwood para encontrar colaboradores ya está ahí: pocos músicos más idóneos para elaborar una banda sonora romántica que Michel Legrand, que compone una partitura elegante y evocadora. Frank Stanley hace uno de sus mejores trabajos para la gran pantalla, dando forma a una película luminosa incluso en las escenas nocturnas. Y de Ferris Webster, ya convertido en el editor de cabecera de Eastwood, su trayectoria previa ya dice lo que hay que decir.

Al parecer, la primera intención de Clint Eastwood fue la de protagonizar la película, pero acabó rechazando la idea por sentirse demasiado joven para interpretar a Frank Harmon. Sea como fuere, la decisión fue un acierto desde el momento en el que abrió la posibilidad de contar con un primer espada como William Holden, que le da toda la fuerza que necesita a su personaje tanto en el amor como en el cinismo. Igualmente, Kay Lenz dio lo mejor de sí misma en un papel que, en cierto modo, supone un intento de reconciliación de Clint Eastwood con la juventud rebelde de su tiempo. Holden y Lenz son la película, y juntos dan forma a una gran película. En el plantel de secundarios a duras penas hallamos rostros conocidos, pero las interpretaciones de Marj Dusay, actriz eminentemente televisiva, y de otro actor de similares características, son de bastante mérito.

Clint Eastwood ha dirigido algunas películas malas, pero empezó a hacerlo, casi siempre con objetivos comerciales, años más tarde de haber firmado esta muy reivindicable obra que es Primavera en otoño.

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