OKKO, EL HOSTAL Y LOS FANTASMAS

WAKA OKAMI WA SHOGAKUSEI! 2018. 92´. Color.

Dirección: Kitaro Kosaka; Guión: Reiko Yoshida, basado en la serie de novelas creada por Hiroko Reijo y Asami; Dirección de fotografía: Michiya Katou; Montaje: Kashiko Kimura y Takeshi Seyama; Música: Ken´ichi Suzuki; Dirección artística: Yoichi Watanabe; Producción: Michele Zee, Hideharu Gomi, Masahiko Abe, Shuei Arai, Aya Iizuka, Tatsuya Ishiguro, Satoki Toyoda, Shinnosuke Wada, Kazuhiro Yokoyama y Tomoki Yunokuchi, para Dream Link Entertainment-Madhouse-Wakaokami Project (Japón).

Intérpretes: Seiran Kobayashi (Voz de Okko); Nana Mizuki (Voz de Matsuki); Satsumi Masuda (Voz de Uribo); Rina Endo (Voz de Miyo); Etsuko Kozakura (Voz de Suzuki); Chiaki Horan (Voz de la señorita Suiryo); Harumi Ichiryusai (Voz de la abuela); Masaki Terasoma (Voz de Ko); Teiyu Ichiryusai, Osamu Shitara, Kana Hanazawa, Mikako Komatsu.

Sinopsis: Okko, una niña que ha perdido a sus padres en un accidente, va a vivir con su abuela, que es la encargada de un balneario.

Kitaro Kosaka fue un muy destacado animador en el Studio Ghibli que, ya en el presente siglo, se lanzó a dirigir sus propios proyectos, el más importante de los cuales, hasta la fecha, es Okko, el hostal y los fantasmas, adaptación de unas narraciones infantiles muy exitosas en la tierra del sol naciente. El film gustó en su país de origen e igualmente ha tenido buenas críticas allí donde se ha estrenado, aunque coincido con quienes opinan que queda lejos de los mejores logros de la legendaria factoría de animación japonesa.

Okko, el hostal y los fantasmas es una obra muy orientada a los niños en la que no creo que los adultos tengamos mucho que rascar, al menos en cuanto a discurso se refiere. Dicho lo cual, no cometeré el sinsentido de criticar una película infantil por el mero hecho de serlo, porque sería como ponerle peros a las de Chuck Norris por aquello de que se reparten muchas hostias, pero sí señalaré algunos aspectos mejorables: está claro que la trama va de superar la pérdida, en este caso una tan traumática como la de ambos progenitores en plena infancia, pero la receta que se ofrece (volcarse en el trabajo, por muy agradable que a uno pueda resultarle, a una edad en la que las personas deberían priorizar por encima de todo el juego y el estudio, y quemar la tarjeta de crédito en unos grandes almacenes como supremo acto de diversión), podrá casar con la mentalidad japonesa, en todo caso, pero aquí se entiende bastante menos. O, mejor dicho, sólo se ha entendido la segunda parte de la receta. Lo que sí me agrada, y es algo que muchas veces me suele chirriar en las películas, es la utilización de los elementos sobrenaturales, pues su presencia se justifica bien (Okko, la niña protagonista, sobrevivió de milagro al accidente en el que murieron sus padres, y a causa de ello puede ver los fantasmas de algunos niños fallecidos, e incluso comunicarse con ellos) y añade un factor de diversión que contribuye lo suyo a hacer agradable el visionado de la película. Existe una clara defensa de las tradiciones japonesas, que se concreta en esa danza ritual que Okko ve junto a sus padres y en la que sueña con participar, y también un elogio del Japón rural, de los animales y la naturaleza. La protagonista, pese a la devastadora pérdida sufrida, es un ser que desprende alegría y mantiene un ritmo de actividad frenético, aunque para asumirlo cuenta con la inestimable complicidad del fantasma de Uribo, un niño que fue amigo de su abuela y cuyo espíritu permanece cerca de ella, y también del de Miyo, difunta hermana mayor de su compañera y rival Matsuki, hija de los dueños del balneario más lujoso de la zona. El negocio de la abuela de Okko, en contraste, se caracteriza por su modestia, y el progresivo trato con los clientes hará madurar a la niña y encaminarla hacia la consecución de sus objetivos vitales.

La película tiene un metraje ajustado y se ve, repito, con gusto, pero adolece de una cierta falta de ritmo que demuestra que, hoy por hoy, el Kitaro Kosaka director no alcanza el nivel del jefe de animación, faceta esta en la que Okko, el hostal y los fantasmas es espléndida, destacando escenas como la de la persecución aérea entre Uribo y Miyo, así como los planos que muestran la belleza de los bosques más próximos al balneario. Eso sí, la escena del centro comercial no aporta mucho al relato, y además se complementa con una cancioncilla machacona que, sencillamente, está de más.

Seiran Kobayashi asume la complicada tarea de poner voz a una criatura dotada de un entusiasmo que roza la hiperactividad, y hay que decir que supera el reto. Etsuko Kozakura, que presta su voz al demonio Suzuki, deja claro que la experiencia es un grado y desempeña el que quizás sea el trabajo más elogiable de todo el reparto, junto al de Nana Mizuki en el rol de Matsuki, la niña pija que representa, en muchos aspectos, el envés de Okko. En general, el elenco, mayoritariamente compuesto por actrices, ofrece un buen nivel, siendo algo más discreto el de los intérpretes masculinos.

Bella y disfrutable película… que no deja poso, lo cual constituye un defecto, visto cuál es el eje central de su trama. Kitaro Kosaka es, desde luego, un fantástico animador, pero debe aún afianzarse como cineasta para estar a la altura de sus referentes.

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