EL PRÍNCIPE DE LAS MAREAS

THE PRINCE OF TIDES. 1991. 132´. Color.

Dirección: Barbra Streisand; Guión: Pat Conroy y Becky Johnston, basado en la novela de Pat Conroy; Director de fotografía: Stephen Goldblatt;  Montaje: Don Zimmerman; Música: James Newton Howard; Dirección artística: W. Steven Graham; Diseño de producción: Paul Sylbert; Producción: Andrew Karsch, Sheldon Schrager y Barbra Streisand, para Barwood Films-Longfellow Pictures-Columbia Pictures (EE.UU).

Intérpretes: Nick Nolte (Tom Wingo); Barbra Streisand (Dra. Susan Lowenstein); Blythe Danner (Sallie); Kate Nelligan (Lila Wingo); Jeroen Krabbé (Herbert Woodruff); Melinda Dillon (Savannah Wingo); George Carlin (Eddie Detreville); Jason Gould (Bernard); Brad Sullivan (Henry Wingo); Bob Hannah, Maggie Collier, Lindsay Wray, Brandlyn Whitaker, Justen Woods, Bobby Fain, Trey Tearwood, Marilyn Carter, Kirk Whalum.

Sinopsis: Un entrenador de fútbol americano y profesor en paro viaja a Nueva York tras el intento de suicidio de su hermana, a la que una psiquiatra pretende curar.

La segunda película de Barbra Streisand en su corta carrera como directora de cine es, a mi entender, la mejor con diferencia. Si con su ópera prima detrás de las cámaras, Yentl, quienes creían que esta portentosa cantante y notable actriz no iba a matarles de envidia aún podían conservar ciertas esperanzas de supervivencia, la adaptación del best-seller de Pat Conroy supuso un incuestionable triunfo para la cuasidebutante directora, que tejió un lúcido drama romántico sobre la superación de los traumas del pasado. Aunque la película fue la gran perdedora en una gala de los Óscar que concedió los premios mayores a El silencio de los corderos, y Streisand ni siquiera figurara entre los nominados a la mejor dirección, El príncipe de las mareas gustó a crítica y público, al margen de confirmar que Barbra Streisand también era buena en eso de dirigir.

Cuando Savannah Wingo, una poetisa sureña afincada en Nueva York, comete un intento de suicidio, que además no es el primero, su psiquiatra decide que es hora de que la familia de la mujer tome parte activa en su curación. Quien parte hacia la ciudad de los rascacielos para visitar a Savannah y ayudar a la terapia es su hermano Tom, que lucha contra un oscuro porvenir en el ámbito laboral y cuyo matrimonio está en crisis. Unos años atrás, el hermano mayor de ambos, Luke, había fallecido, y ese suceso parece haber sido un golpe demasiado duro para Savannah, quien ya de por sí arrastraba las secuelas emocionales de haber crecido en una familia rota, cuyos miembros eran, y son, alérgicos a exteriorizar sus emociones. Susan Lowenstein, la psiquiatra, comienza a entrevistar a Tom, y encuentra en él a un hombre herido, pero dotado de unas cualidades extraordinarias.

Cuando, al principio de la película, la voz en off de Tom confiesa sentir envidia hacia esas familias en las que nunca pasa nada, sabemos que la cosa va a ir de traumas infantiles no resueltos, pero Barbra Streisand camina con estilo sobre el fino alambre que haría caer su obra en la sensiblería y el psicologismo barato, porque el guión, en cuya escritura participó el propio autor de la novela adaptada, Pat Conroy, así se lo permite. La verosimilitud de personajes y diálogos (también las familias desgraciadas se parecen entre sí, aunque Tolstói escribiera lo contrario), así como la excelente dirección de actores, convierten el visionado de la película en una experiencia agradable, a la par que catártica. Los golpes de humor de Tom Wingo, que este riquísimo personaje utiliza como válvula de escape frente a las bofetadas de la vida (nueva confirmación de que el sarcasmo ha salvado más vidas que la penicilina), contribuyen en buena manera a ampliar el espectro de una película que, sin ellos, sería peor. Para ilustrar con propiedad este comentario, me remito a la escena en la que Tom responde con un chiste al órdago que le envía su esposa, diciéndole que su amante le ha pedido que se case con él. Cuando ella le reprocha esa actitud, la respuesta del protagonista es antológica, y define muy bien al personaje: “Creo que, de las distintas opciones que tengo ahora mismo, esa es la mejor”. Susan Lowenstein, que a su vez lidia con un hijo adolescente talentoso pero hostil, y con un matrimonio, con un célebre violinista, que es una cárcel de oro, encontrará en Tom no sólo una gran ayuda para curar a Savannah, sino mucho de lo que necesita para sanarse a sí misma. Otro punto a valorar, que también marca el desarrollo de la película, es la propia relación de Tom Wingo con la ciudad de Nueva York. A él, muy apegado a la zona pesquera de Carolina del Norte que siempre fue su hogar, al principio le horroriza ese laberinto de ruido y gentío que es la ciudad que nunca duerme, pero poco a poco va cogiéndole el gusto, al tiempo que su relación con la doctora Lowenstein se va haciendo más estrecha.

Como directora, Barbra Streisand se preocupa más de servir a la historia que de impactar a la audiencia, lo cual es de agradecer. Esto no significa que la puesta en escena sea plana, porque la forma de retratar las zonas costeras de Carolina del Norte, o los rascacielos y los parques neoyorquinos, están lejos de ello. Es más, Streisand sabe exprimir las posibilidades que le ofrece la historia, y por eso la escena de la velada en casa del matrimonio Lowenstein es magistral, sobre todo el momento Stradivarius. Cierto es que al desencadenarse el romance la película puede resultar empalagosa, pero qué quieren que les diga, me creo a los personajes, y la vida ya nos da bastante vinagre… hay que añadir, siendo justos, que el loable desempeño de Streisand en la dirección, en el que también destaco la buena elección de los momentos en los que incluir los flashbacks, no sería el mismo sin el fenomenal trabajo de Stephen Goldblatt, aquí tan brillante como lo había estado en Cotton Club, siendo ambas películas tan distintas. Destacar también la sensible partitura de James Newton Howard, prolífico compositor que por entonces vivía una época de éxitos.

Un acierto fundamental de El príncipe de las mareas es la intensa química que existe entre su pareja protagonista. Todo el mundo está de acuerdo en que Nick Nolte, que siempre fue un gran actor, hizo a las órdenes de Barbra Streisand una de las mejores interpretaciones de su carrera, rozando la perfección en distintos momentos y sacando todo el jugo a ese magnífico regalo que es Tom Wingo. Ella le da una buena réplica, pero la verdad es que, en las escenas que comparten, ambos dan lo mejor de sí. Mucho se ha teorizado sobre eso que llaman las reglas de la atracción, pero creo que en esta película ese hecho se describe con singular acierto. Del resto del reparto, me quedo con una notable Kate Nelligan en el papel de madre manipuladora, y con Jeroen Krabbé como virtuoso arrogante. También Blythe Danner está a buen nivel, y los niños que dan vida a los hermanos Wingo durante su infancia cumplen de manera correcta con su cometido.

El príncipe de las mareas nos habla de distintos tipos de amor, de la necesidad de aceptarnos a nosotros mismos y a los demás para poder vivir en este mundo, y de la importancia de la comunicación entre las personas, incluso respecto a aquellos hechos del pasado que ojalá nunca hubiesen sucedido y tanto querríamos olvidar. Todo ello lo hace con buen gusto, y haciendo gala de un prominente talento artístico.

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