O QUE ARDE

O QUE ARDE. 2019. 86´. Color.

Dirección: Oliver Laxe; Guión: Santiago Fillol y Oliver Laxe; Dirección de fotografía: Mauro Herce; Montaje: Cristóbal Fernández; Música: Xavi Font;  Dirección artística: Curru Garabal y Samuel Lema; Producción: Andrea Vázquez García, Jordi Balló, Mani Mortazavi, Andrea Queralt, David Mathieu-Mahias, Elise André y Donato Rotunno, para Miramemira-Tarántula-4A4 Productions-Kowalski Films (España).

Intérpretes: Amador Arias (Amador); Benedicta Sánchez (Benedicta); Inazio Abrao (Inazio); Elena Fernández (Elena); David de Poso, Álvaro de Bazal, Damián Prado, Nando Vázquez, Manuel Martínez Xan, José Luis Santalices, Manuel Santamarina.

Sinopsis: Un hombre que ha cumplido condena por provocar incendios regresa al hogar materno, ubicado en la Galicia rural.

La aún poco extensa filmografía del gallego Oliver Laxe se ha movido en el terreno de la no-ficción o, a lo sumo, en los confines del documental. Es aquí donde cabe ubicar el film que ha encumbrado a Laxe, O que arde, un drama rural de corte naturalista que figura entre las más destacadas películas españolas estrenadas el año pasado.

Aunque muchas veces los urbanitas no nos demos cuenta, el ritmo del campo es otro, y en esas tierras todavía hay multitud de historias que explicar. Oliver Laxe nos traslada a una pequeña aldea lucense para, primero, regalarnos una escena portentosa, la que abre la película, en la que un bosque es arrasado en mitad de la noche por una excavadora. A continuación, el director fija su mirada en Amador, un individuo adusto y de mediana edad que sale de prisión después de haber cumplido los dos tercios de la condena que le fue impuesta por provocar un gran incendio. Sin amigos ni recursos, Amador decide volver a la parcela familiar, en la que vive Benedicta, su anciana madre, al cuidado de unas pocas vacas. Una vez instalado, el protagonista colabora en la custodia de las reses, pero su libertad es relativa: ya sea por la vía de la chanza o del desprecio, los lugareños dejan claro a Amador que siempre le perseguirá el estigma por lo que hizo. Inazio, un vecino que busca rehabilitar unas casas para atraer al turismo rural, es el único que conserva cierto respeto hacia el ex-convicto, aunque Amador, lejos de buscar su amistad, se muestra esquivo ante él, incluso hostil, en especial respecto a su idea de llenar de visitantes esos parajes apenas habitados.

O que arde es pródiga en silencios y extremadamente cuidadosa con los detalles. Lo que se pretende es mostrar la ruda belleza de la vida rural sin artificios, y la verdad es que lo consigue. Los verdes montes gallegos, la pertinaz lluvia, el gris del cielo y los endurecidos rostros de los personajes son captados con maestría por la cámara. Laxe utiliza una muy visible dirección invisible (muy oriental, si se quiere), con la que se pretende suprimir la distancia entre el espectador, los bellos paisajes y los hechos narrados, hasta que el público crea no estar viendo una obra de ficción. Al tiempo, y ya desde la escena inicial, vemos poesía en el modo de retratar la niebla y el fuego, dos elementos de suma importancia en la película. No poca de esa poesía se debe al celebrado trabajo de Mauro Herce, pieza clave en el logro estético que es O que arde. En lo narrativo, la película no avanza con la natural elegancia de sus imágenes, pero Laxe y su coguionista, Santiago Fillol, tejen una historia rabiosamente local en la que caben dos temas tan universales como la soledad, en este caso la de alguien que es consciente de que jamás será perdonado, y la dureza de la vida en el campo. Nos queda el fuego, en su doble vertiente redentora y destructiva: purificación y catástrofe. En este punto, resaltar que, siguiendo con el espíritu naturalista de la obra, se filmaron incendios reales, con lo que es fácil hacerse a la idea de las dificultades que entrañó el rodaje y el mérito que tienen Oliver Laxe y Mauro Herce por haber dado forma a un film tan logrado en lo estético en semejantes circunstancias.

Coherente con sus planteamientos, Laxe utilizó actores no profesionales. En este punto, me permito una reflexión: que la anciana, y debutante, Benedicta Sánchez fuera galardonada con el Goya a la mejor actriz revelación debería servir como elemento de reflexión para quienes creen que todo está en las escuelas de arte dramático. Tengo claro que, según la película que hagas y el personaje que interpretes, la mejor actuación es precisamente aquella que no existe. En esta película, los actores son creíbles porque no lo son: Amador Arias da vida a todos esos hombres de pocas palabras que un día cruzaron la línea y deben asumir las consecuencias, y Benedicta Sánchez simboliza a todas esas ancianas que se han dejado la vida en el campo, que saben de verdad lo que es sufrir, y que incluso en la vejez hacen mucho y se quejan poco. Podría discutirse, no sin cierta razón, si el llevar esa apuesta a todo el elenco no es caer en el dogmatismo, porque entre los no profesionales también están los que delante de la cámara se interpretan mal a sí mismos, pero en el caso de la pareja protagonista, Oliver Laxe dio en la diana.

O que arde es una película auténtica y dotada de la belleza salvaje de esa Galicia que sólo conocen bien quienes la han visto con sus propios ojos. Es, desde luego, un film de minorías, pero también una esperanza para quienes creen que la senda de Erice merece ser seguida. De cualquier manera, una obra muy recomendable.

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