LA CABAÑA EN EL BOSQUE

THE CABIN IN THE WOODS. 2011. 96´. Color.

Dirección: Drew Goddard; Guión: Joss Whedon y Drew Goddard; Director de fotografía: Peter Deming;  Montaje: Lisa Lassek; Música: David Julyan; Diseño de producción: Martin Whist; Dirección artística: Tom Reta (Supervisión); Producción: Joss Whedon y John Swallow, para Lionsgate-Mutant Enemy (EE.UU-Canadá).

Intérpretes: Kristen Connolly (Dana); Chris Hemsworth (Curt); Anna Hutchison (Jules); Fran Kranz (Marty); Jesse Williams (Holden); Richard Jenkins (Sitterson); Bradley Whitford (Hadley); Brian White (Truman); Amy Acker (Lin); Sigourney Weaver (La directora); Tim DeZarn, Tom Lenk, Dan Payne, Jodelle Ferland, Dan Shea, Maya Massar, Nels Lennarson.

Sinopsis: Cinco jóvenes viajan hasta una cabaña situada junto a un lago para pasar un fin de semana festivo.

La cabaña en el bosque fue el film que supuso el debut en la dirección de largometrajes de Drew Goddard, que ya poseía una amplia experiencia en la pequeña pantalla como guionista y productor. Para la ocasión, Goddard se asoció con un antiguo colega, y también reputado escritor, Joss Whedon. Entre ambos tejieron esta revisión posmoderna de las slasher movies, subgénero que hizo furor en los años 70 y 80. Drew Goddard también saboreó las mieles del triunfo, porque su ópera prima fue aclamada en el festival de Sitges, obtuvo diversos premios en otros certámenes y dio un buen rendimiento en taquilla, amén de figurar en gran parte de las listas de mejores películas de terror del presente siglo.

Lo primero que hay que hacer notar de La cabaña en el bosque es su idiosincrasia metacinematográfica. Drew Goddard y Joss Whedon se consagran a la idea de desmenuzar los clichés del cine de terror aportando sentido del espectáculo, porque la película es entretenida a más no poder, unas considerables dosis de sátira (a veces, demasiado autoconsciente) y elementos del cine de ciencia-ficción para que no falte de nada. Los artífices de esta obra, que sin duda es un soplo de aire fresco en el anquilosado panorama del cine de terror contemporáneo, enseñan las cartas necesarias para que el espectador sepa que lo que está viendo no se limita a ser la historia de un puñado de jóvenes que viajan hasta un lugar abandonado y aparentemente idílico para servir de carnaza a las criaturas malignas de turno, pero siempre se guardan algún conejo en la chistera para seguir sorprendiendo a su público. En un primer plano, La cabaña en el bosque se alimenta de Las colinas tienen ojos, La matanza de Texas, Viernes 13 (tal vez el referente más claro, así como el más satirizado) y Posesión infernal; sin embargo, pronto sabemos que esos cinco jóvenes, que responden a los arquetipos usuales en el cine de terror, forman parte de algo superior a ellos, pues sus movimientos son controlados, en el más extenso sentido de la palabra, por unos sujetos que les observan desde un lugar semejante a la torre de control de la NASA y manipulan su comportamiento para que se ajuste mejor a los usuales en las jóvenes víctimas de quienes ponen cuerpo en el cine a las pesadillas de todos nosotros. La crítica al empleo de la tecnología para controlar y manipular a los individuos salta a la vista, pero la película no se queda en ese doble juego, en el que unos muchachos se ven atrapados en una orgía de sangre controlada por unos marionetistas que incluso apuestan por la suerte de esos chavales escogidos para ser sacrificados: detrás de los gritos, la hemoglobina desparramada con generosidad y el cinismo de quienes manejan los hilos se esconde una reflexión inteligente sobre el objeto del homenaje/parodia: si nos cargamos las convenciones, nos quedamos sin películas. En el debe, que la que quizá sea una de las mayores virtudes de todas las cintas antes aludidas, que no es otra que la escasez de presupuesto, no la vamos a encontrar aquí, lo que daría cierta razón a quienes acusan de ventajismo a los creadores de La cabaña en el bosque, y que es precisamente cuando la película se convierte en un puro ejercicio de terror cuando a sus artífices se les va de las manos. Me refiero, claro está, al lovecraftiano tour de force final. Eso sí, he de hacer constar que la última escena es francamente brillante.

Ya he escrito con anterioridad que en esta obra tiene un elevado presupuesto, y que es posible que esta circunstancia reste efectividad a la sátira. No obstante, justo es añadir que ese presupuesto está muy bien aprovechado, que los efectos especiales son de gran calidad y que Drew Goddard muestra una soltura y un sentido del ritmo a la hora de filmar que más de cuatro veteranos especialistas en el cine de terror no lograron en toda su carrera. La película es trepidante, y se percibe que está hecha por alguien dotado de un talento bastante superior a la media. Quizá la música no pase del aprobado, pero la fotografía y el montaje, aquí de gran importancia porque la eficacia de la propuesta depende en buena medida del tino a la hora de alternar las dos realidades que se solapan en el film, son de mucho nivel.

Algo que une a La cabaña en el bosque con las obras en que se inspira es que, en todas ellas, el aspecto interpretativo tiene una importancia secundaria. Dicho ha quedado que los personajes jóvenes son, en esencia, clichés, y esta no es una cuestión baladí a la hora de referirse al trabajo de quienes los interpretan. Kristen Connolly, que da vida a la Virgen, es una actriz competente, pero no rompedora, y su labor en esta película encaja en esta definición. Chris Hemsworth, por entonces casi un debutante en la gran pantalla, encarna al Atleta, y ni sobresale, ni desentona. Otro tanto puede decirse de Jessie Williams, el Buen Chico. Tampoco la interpretación de Anna Hutchison (la Puta) pasará a la historia, y es evidente que quien mejor parado sale en el elenco joven es Fran Kranz, que interpreta al Loco. Buena nota para ese dúo de eficaces secundarios que forman Richard Jenkins y Bradley Whitford, y atención al cameo de Sigourney Weaver como directora del siniestro tinglado.

Sin ser, ni de lejos, un film de terror puro, La cabaña en el bosque es una de las mejores cosas que le han pasado al género, al menos en los Estados Unidos, durante bastante tiempo. Una obra divertida e inteligente que nos revela a un director a quien ya por entonces se le adivinaban excelentes maneras, confirmadas en ese pedazo de película que es Malos tiempos en el Royale.

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