EL ÚLTIMO ACTO

ALL IS TRUE. 2018. 100´. Color.

Dirección: Kenneth Branagh; Guión: Ben Elton; Director de fotografía: Zac Nicholson; Montaje: Úna Ní Dhonghaíle; Música: Patrick Doyle; Diseño de producción: James Merifield; Vestuario: Michael O´Connor; Producción: Ted Gagliano, Tamar Thomas y Kenneth Branagh, para TKBC (Reino Unido).

Intérpretes: Kenneth Branagh (William Shakespeare); Judi Dench (Anne Shakespeare); Kathryn Wilder (Judith Shakespeare); Lydia Wilson (Susanna Hall); Ian McKellen (Conde de Southampton); Jack Colgrave Hirst (Tom Quiney); Hadley Fraser (John Hall); Gerard Horan (Ben Jonson); Alex Macqueen (Sir Thomas Lucy); Phil Dunster, John Dagleish, Sean Foley, Sam Ellis, Eleanor de Rohan.

Sinopsis: Después del incendio que destruyó su teatro, el dramaturgo William Shakespeare deja de escribir y abandona Londres para regresar a su villa natal.

Forma parte del orden cinematográfico natural de las cosas que, cada cierto tiempo, Kenneth Branagh regrese a su obsesión particular, que no es otra que William Shakespeare. En esta ocasión, en lugar de adaptar otra de las obras del bardo (me permito comentar que sería interesante que el artista nacido en Belfast rodara una versión de La tempestad), Branagh se pone en la piel del dramaturgo más célebre de todos los tiempos para narrar los últimos años de su vida, en los que Shakespeare vivió retirado en Stratford-on-Avon después de haber vivido dos exitosas décadas en Londres. La película, que pasó bastante desapercibida y no tuvo, ni de lejos, el respaldo popular de anteriores aventuras shakespearianas de Branagh, dividió a la crítica, en parte reticente a valorar en su justa medida las cualidades de este notable trabajo.

Existen numerosos aspectos de la vida del autor de Ricardo III que son objeto de controversia, pero también cierto consenso al afirmar que el incendio del Globe Theatre en 1613 puso fin al Shakespeare artista. Branagh toma este acontecimiento como punto de partida, y se centra en los años de retiro de su mayor referente artístico, marcado por la pérdida de su único hijo varón y el afán por recomponer las maltrechas relaciones con su esposa e hijas, a quienes, desde un punto de vista sentimental, había tenido prácticamente abandonadas durante su período londinense. El director se apoya en un guión, escrito por Ben Elton, que acapara buena parte de las críticas hechas a la película. De ellas, creo que las que hablan de un exceso de licencias históricas (que el propio libreto justifica con una frase, puesta en boca del protagonista absoluto, que pone de manifiesto eso de que la verdad no debe estropear una buena obra) y las que consideran que, más que de un todo narrativo, la película se compone de un puñado de episodios sueltos, más o menos brillantes, que no llegan a encajar de un modo natural, dan bastante en el clavo. Pese a ello, sí hay un nexo de unión, que es el empeño del dramaturgo por reconciliarse con su familia, mientras busca asumir el trauma causado por la temprana muerte de su único hijo varón. Otra cosa es que ese nexo haga encajar la historia de manera perfecta.

Destaco en El último acto su renuncia al sentimentalismo, lo cual tiene su mérito en una historia que da bastante pie a la pornografía emocional. De esa suma de momentos que es la película, hay dos que me gustaría resaltar: el diálogo entre el joven aprendiz de dramaturgo y el viejo maestro, ya de vuelta de todo y entregado a la jardinería, y sobre todo el encuentro entre Shakespeare y el Conde de Southampton, que, aunque da pie a Branagh a especular sobre la supuesta bisexualidad del bardo, posee verdadera intensidad dramática. También la escena en la que se revela cómo murió Hamnet, el hijo de Shakespeare, está resuelta de un modo loable. Esto, en lo que se refiere a los aspectos puramente literarios, porque en los técnicos, la película es muy bella y no creo que puedan ponérsele objeciones relevantes, con dos aspectos que rozan la excelencia: la fotografía de Zac Nicholson, espléndida a la hora de captar la peculiar luminosidad de la campiña inglesa, y aún más a la hora de mostrar la casa a la luz de las velas, y la música, evocadora e introspectiva, de ese fabuloso compositor que es Patrick Doyle.

Las facciones alteradas para la ocasión no impìden disfrutar de la notable interpretación de un Kenneth Branagh más contenido, y por lo mismo más eficaz, que en muchas de sus apariciones en la gran pantalla. Él es un Shakespeare ajado, en el cuerpo y en el alma, pero siempre dotado de nobleza y compostura. Le acompañan dos monstruos de la actuación, Judi Dench, como la hierática esposa del dramaturgo, y un Ian McKellen cuya aparición es tan breve como memorable. El último acto nos permite comprobar, no sin alivio, que la incomparable escena británica tiene futuro, porque las interpretaciones de Lydia Wilson, Jack Colgrave Hirst y, por encima de ellos, Kathryn Wilder y Hadley Fraser, son de alto nivel. Otro tanto puede decirse del veterano Gerard Horan en un film en el que la dirección de actores es uno de los aspectos más logrados.

La incursión de Kenneth Branagh en los últimos años del Shakespeare hombre no es perfecta, pero sí visualmente fascinante, muy bien interpretada y dueña de algunos momentos de gran cine.

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