INFILTRADO

THE INFILTRATOR. 2016. 127´. Color.

Dirección: Brad Furman; Guión: Ellen Brown Furman, basado en el libro de Robert Mazur; Director de fotografía: Joshua Reis;  Montaje: Luis Carballar, Jeff McEvoy y David Rosenbloom; Música: Chris Hajian; Dirección artística: Karen Wakefield; Diseño de producción: Crispian Sallis; Producción: Miriam Segal, Brad Furman, Paul Brennan y Don Sikorski, para Good Films-George Films- Lipsync Productions-Sierra Affinity-Road Less Traveled Productions (EE.UU).

Intérpretes: Bryan Cranston (Robert Mazur); Diane Kruger (Kathy Ertz); John Leguizamo (Emir Abreu); Benjamin Bratt (Roberto Alcaino); Joseph Gilgun (Dominic); Elena Anaya (Gloria Alcaino); Amy Ryan (Bonni Tischler); Juliet Aubrey (Evelyn Mazur); Olympia Dukakis (Tía Vicky); Yul Vázquez (Ospina); Simón Andreu (Gonzalo Mora, Sr.); Art Malik (Akbar Bilgrami); Said Taghmaoui (Amjad Awan); Jason Isaacs (Mark Jackowski); Carsten Hayes, Michael Paré, Rubén Ochandiano, Daniel Mays, Xarah Xavier, Christian Contreras.

Sinopsis: Un agente de aduanas consigue, haciéndose pasar por un hombre de negocios, infiltrarse en el cártel de Medellín.

Unos años después de haber facturado la notable El inocente, la irregular carrera de Brad Furman como director de largometrajes sumó otro título digno de interés con Infiltrado, film que se basa en la autobiografía de Robert Mazur, un agente federal de aduanas que, allá por los años 80, logró acceder a las altas esferas del cártel de Medellín, organización criminal liderada por el archifamoso Pablo Escobar. La película gustó sin entusiasmar a la mayor parte de la crítica y el público, y esa fue también la sensación que dejó en un servidor: bien, pero no excelente.

Es sabido que, en los Estados Unidos y en muchas otras latitudes, diversos lodos actuales tienen su origen en los años 80 del pasado siglo, una década en la que, entre otras cosas, se popularizó el consumo de cocaína hasta niveles estratosféricos. La administración Reagan instauró, de cara al exterior, una política dura contra el narcotráfico, mientras utilizaba dinero obtenido de esa actividad para financiar a los talibanes en Afganistán, o a la guerrilla contrarrevolucionaria de Nicaragua. Sea como fuere, la llegada de polvo blanco colombiano a la tierra del Tío Sam se convirtió en un negocio especialmente lucrativo, y en general las operaciones antidroga organizadas por los distintos organismos del gobierno Reagan apenas lograron hacer cosquillas a los capos de la droga, al menos hasta que un agente federal, Robert Mazur, logró infiltrarse en el cártel de Medellín y proporcionar datos que facilitaron la operación encubierta más exitosa hecha hasta el momento contra el narcotráfico. La película narra el proceso completo de infiltración de Mazur, que logró ganarse la confianza de algunos de los lugartenientes de Pablo Escobar poniendo en peligro su propia vida y la de su família. Mazur contó con la inestimable ayuda de Emir Abreu, un agente de narcóticos de métodos expeditivos, y de Kathy Ertz, una intrépida federal que formó parte de la farsa presentándose a los narcos como la prometida de Mazur, que para la ocasión utilizaba el nombre falso de Robert Musella. Todo tuvo su origen en un cambio de estrategia, ideado por Mazur, consistente en hacer uso de una táctica que suele dar frutos cuando se trata de cazar a peces gordos: seguir el rastro de su dinero. La historia es apasionante, pero su desarrollo queda lastrado por un guión demasiado deudor de los tópicos, y por una dirección en la que falta pegada y una mayor dosis de riesgo: Furman muestra poca personalidad al timón de una trama que promete más de lo que termina dando. Por concretar, la subtrama que recrea la relación entre Mazur y su esposa flojea claramente, y tampoco es que la amistad que se fragua entre la falsa pareja que compone el dúo de agentes infiltrados con el matrimonio que forman Roberto, uno de los hombres fuertes de Escobar, y su esposa Gloria, esté definida con algo mejor que un trazo grueso. Las escenas más tensas están resueltas con mucho mayor tino que aquellas en las que se intenta ofrecer un tono más intimista, y son las que hacen que la película no pierda pie.

La vigorosa escena inicial (una película que empieza al son de Tom Sawyer, de Rush, no puede ser mala) marca tendencia: nervio, excelente iluminación, afán por mostrar las entrañas del crimen organizado… luego vienen los altibajos, pero escenas como  aquella en la que un esbirro de los narcos le cuenta a sus jefes que Abreu es un policía infiltrado,  o la que narra el viaje de Mazur al feudo de Pablo Escobar son cine de altura. Se agradece que Furman no juegue al virtuosismo vacuo, pero a su puesta en escena le falta garra, y un punto de originalidad. Todo está bien facturado, incluso muy bien en secuencias puntuales, pero no vemos nada que se aparte del cánon, y algunos elementos que podrían darle mayor lustre a la película, como la relación entre Roberto Alcaino y Mazur, carecen de la profundidad que existe en un magnífico film sobre infiltrados, Donnie Brasco.  Hay quie alabar, eso sí, la cuidada recreación de los años 80 que se hace en la  película, ya sea  en lo  referente a la imagen y vestuario de los personajes, como a los distintos decorados.

Para mi gusto, lo mejor de Infiltrado es la interpretación de su protagonista masculino,  Bryan Cranston, que es capaz de darle a su  personaje una variedad de matices que, en ocasiones, ni siquiera está en el guión, y enseña con maestría el contraste entre Bob Mazur, el abnegado agente del Gobierno, y Robert Musella, el adinerado empresario que busca ensanchar su imperio gracias al blanqueo del dinero del narcotráfico,  para dar forma a un héroe que, en última instancia, es también un traidor. Con todo, Cranston no está solo, porque John Leguizamo hace una notable interpretación como detective metido hasta el tuétano en la lucha contra los cárteles de la droga, y Diane Kruger no se queda atrás en la piel de una agente federal aplicada y con capacidad de improvisación, pero que tarda en comprender la envergadura del berenjenal en el que se ha metido. Los actores que interpretan a los narcotraficantes se ven limitados por el rutinario perfil que les da el guión, destacando Yul Vázquez, en parte por ser el afortunado que da vida  a un personaje que se sale del estereotipo. A Elena Anaya, que encabeza una representación patria que completa Simón Andreu como veterano capo del narcotráfico, la he visto mejor otras veces, y su  interpretación es más bien discreta. Muy bien Olympia Dukakis en su breve aparición como excéntrica tía del protagonista, y notable Amy Ryan como jefa de verbo afilado y ajena a  las tonterías.

Infiltrado es una buena película, sin duda, pero deja en parte la sensación de haberse desaprovechado un material  espléndido y de fiar en exceso su suerte al desempeño de sus principales intérpretes.

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