A VIDA O MUERTE

A MATTER OF LIFE AND DEATH. 1946. 102´. B/N-Color.

Dirección: Michael Powell y Emeric Pressburger; Guión: Michael Powell y Emeric Pressburger; Director de fotografía: Jack Cardiff;  Montaje: Reginald Mills; Música: Allan Gray; Diseño de producción: Alfred Junge;  Diseño de vestuario: Hein Heckroth; Producción: Michael Powell y Emeric Pressburger, para The Archers (Reino Unido).

Intérpretes: David Niven (Peter Carter); Kim Hunter (June); Roger Livesey (Dr. Frank Reeves); Marius Göring (Conductor 71); Raymond Massey (Abraham Farlan); Robert Coote (Bob Trubshaw); Kathleen Byron (Ángel); Abraham Sofaer (El Juez); Edwin Max, Richard Attenborough, Joan Maude, Bonar Colleano, Robert Atkins, Bob Roberts.

Sinopsis: En plena Segunda Guerra Mundial, un piloto británico se lanza al vacío antes de que se estrelle su avión. De forma incomprensible, no fallece por el impacto y pronto comprende que algo muy extraño le ha sucedido.

Consolidado su tándem con una intensa producción durante la Segunda Guerra Mundial, Michael Powell y Emeric Pressburger continuaron realizando obras mayores una vez concuido el conflicto, que todavía ocupa un lugar preeminente en la trama de su primer film de posguerra, A vida o muerte,drama romántico sobrenatural con toques de comedia que a día de hoy es mucho menos conocido que otras películas del dúo, como Coronel Blimp o Narciso negro,pero cuyos niveles de calidad son bastante próximos a las mencionadas.

¿Qué ocurre si la muerte, siempre tan eficaz, comete un error? Tan extraño fenómeno es el que afecta a Peter Carter, un piloto de la RAF con inclinaciones poéticas que, después de saltar sin paracaídas de su avión en llamas, despierta en una playa creyendo estar en el Más Allá, y pronto comprende que, aunque la cabeza le duele horrores, está inexplicablemente vivo. No sólo eso, sino que ha podido conocer personalmente a la telefonista que escuchó las que parecían ser sus últimas palabras, y entre ambos ha surgido el amor. Por eso, cuando uno de los mensajeros de la Muerte desciende a la Tierra para reparar su error y llevarse con él al piloto, al que espera en vano en las alturas su leal telegrafista, la solución no es tan sencilla como podría parecer. El lapsus del siervo de la Parca, provocado según él por la espesa niebla británica, no sólo le ha dado unas horas extra de vida al aviador Carter, sino que en ese tiempo su existencia ha dado un giro completo, pues ha encontrado el amor que buscaba… precisamente a causa de que alguien allí arriba no hizo bien su trabajo. Como al parecer en el cielo impera algo tan en desuso hoy en la Tierra como es el estado de Derecho, este sobrenatural problema se debe solucionar mediante un juicio.

Aunque en el plano narrativo la película tiene grandes aciertos, y una frase del todo memorable (“es la estupidez la que salva a muchos hombres de la locura”), es preciso mencionar que las carencias de la película se encuentran en este terreno, en especial porque el que debería ser el clímax de la película, que no es otro que el juicio en el que se decide si Peter puede o no seguir contándose entre los vivos, es más bien farragoso y contiene una extensa oda al entendimiento entre estadounidenses y britanicos que quizá tuviera sentido cuando se estrenó el film, pero que hoy le hace perder ritmo. Esa secuencia mantiene el tono elegante que impera en el conjunto, pero su exceso de solemnidad hace que se pierdan la ironía y el espíritu jovial que habían brillado hasta entonces. La puesta en escena, sin embargo, es una verdadera maravilla, por el fenomenal desempeño de los directores y la espectacular iluminación de Jack Cardiff, en uno de sus trabajos más memorables. A vida o muerte seinicia con una bellísima introducción compuesta de imágenes del Universo, que por un lado resaltan nuestra pequeñez y, por el otro, nuestro carácter único. De forma muy oportuna, la elección estética de Powell y Presssburger se sustenta en que las escenas que transcurren en el cielo están rodadas en blanco y negro, y las que tienen lugar en la Tierra, por el contrario, lucen un espléndido Technicolor, lo que da incluso pie a que el esbirro de la Muerte, un aristócrata francés que fue guillotinado durante la Revolución, se lamente en voz alta de la pobreza cromática del mundo celestial. En la primera escena, que narra el accidentado último vuelo de Peter Carter y su testamentaria conversación por radio con June, la mujer de la que se enamora, vemos unos virtuosos encuadres que, unidos a la emoción inherente a lo narrado, se convierten en una lección de cine. Destaca la gracia, y el buen hacer técnico, con el que se alternan las escenas terrestres y celestiales, así como la manera de mostrar cómo se para el tiempo cada vez que quien se dejó olvidado a Peter Carter entre la niebla inglesa desciende a la Tierra para contactar con él. Si sumamos la calidad de los decorados, sólo podemos hablar de una película visualmente magistral y llena de magia.

Encabeza el reparto uno de los galanes más carismáticos del cine, David Niven, que luce sus mejores cualidades en un papel que le permite mostrar su ironía característica, pero también un tono más profundo y capacidad de emocionar. Kim Hunter da vida a la mujer que, primero, ejerce como último apoyo de un hombre a punto de morir, y después de enamorada. Todo ello lo hace con la calidad propia de la gran actriz que fue. El plantel de secundarios es fenomenal, y en él brillan un Raymond Massey que sabe darle amplitud a un personaje demasiado unidimensional, un elegante Roger Livesey, todo distinción, y un sardónico Marius Göring, que interpreta al causante del desaguisado con inusual gracia. También Robert Coote merece ser alabado dentro de un elenco que incluye a un joven Richard Attenborough como piloto fallecido en combate.

Que Powell y Pressburger hayan dirigido películas todavía mejores no significa que A vida o muerte no sea una verdadera joya, realizada por dos cineastas en pleno esplendor creativo.

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