TODO LO QUE USTED SIEMPRE QUISO SABER SOBRE EL SEXO (Y NUNCA SE ATREVIÓ A PREGUNTAR)

EVERYTHING YOU ALWAYS WANTED TO KNOW ABOUT SEX, BUT WERE AFRAID TO ASK. 1972. 87´. Color-B/N.

Dirección : Woody Allen; Guión: Woody Allen, inspirado en el libro del Dr. David Reuben; Dirección de fotografía: David M. Walsh; Montaje: Eric Albertson; Diseño de producción: Dale Hennesy; Música: Mundell Lowe; Producción: Jack Rollins y Charles H. Joffe, para Rollins Joffe Productions-Brodsky Gould Productions (EE.UU.).

Intérpretes: Woody Allen (Bufón/Fabrizio/Victor/Espermatozoide); John Carradine (Dr. Bernardo); Lou Jacobi (Sam); Louise Lasser (Gina); Anthony Quayle (El Rey); Lynn Redgrave (La Reina); Tony Randall (El operador); Burt Reynolds (Controlador); Gene Wilder (Dr. Ross); Jack Barry (Él mismo); Erin Fleming (Periodista); Elaine Graftos (Sra. Ross); Titos Vandis, Toni Holt, Robert Q. Lewis, Heather MacRae, Pamela Mason, Sidney Miller, Regis Philbin, Dort Clark, Jay Robinson, Geoffrey Holder, Alan Caillou, Baruch Lumet, Robert Walden.

Sinopsis: Siete historias sirven para responder a algunas de las preguntas fundamentales sobre el sexo.

El tercer largometraje de Woody Allen fue un film de sketches de larguísimo título, tomado de un libro de divulgación sexual muy popular en su época, que el cineasta neoyorquino transformó en una comedia que aborda de manera desinhibida uno de los temas clave de su filmografía. Aunque son pocos los que creen que estemos ante la mejor película de la primera etapa de Allen, lo cierto es que el film, que recaudó varias veces su presupuesto, contienen algunos momentos hilarantes y numerosas muestras de la forma de entender el humor de un cineasta que no tardó en aparcar la comedia pura y lanzarse a dirigir obras de mayores pretensiones artísticas.

En estos tiempos, cuando uno piensa en la sexualidad de sus semejantes, la única pregunta que le viene a la mente en la gran mayoría de los casos es: ¿por qué? Hay que trasladarse, sin embargo, cinco décadas atrás, cuando la liberación sexual lo invadía todo y aún quedaban años para que el SIDA viniera a aguar la fiesta. Por entonces abundaban los libros que trataban de aportar algo de ciencia al tema del fornicio, y uno de ellos, escrito por el doctor David Reuben, cayó en las manos de Woody Allen, que decidió respetar su estructura (siete sketches que coinciden con los siete capítulos del libro de Reuben) y dinamitar su sesudo contenido. Como en la práctica totalidad de las películas de este formato, muy en boga en los años 60 y 70, el resultado es francamente irregular, con historias hilarantes alternándose con otras bastante más flojas. Entre las primeras encontramos la que da inicio al film (“¿Funcionan los afrodisíacos?”), en la que el bufón de la corte hace uso de una pócima mágica para lograr llevarse al catre a la reina, pero se encuentra después con el complicado obstáculo que supone el cinturón de castidad. Aquí hay momentos francamente divertidos, y alguna frase genial marca de la casa (“tengo que darme prisa, o llegará el Renacimiento y nos pondremos todos a pintar”). No encontraremos un logro semejante hasta el último segmento del film (“¿Qué sucede durante la eyaculación?”), en el que se describe un exitoso ritual de apareamiento como si se tratara de una película de ciencia-ficción, y en el aquelarre de mecanismos que han de producir un coito exitoso, surge un espermatozoide con inquietudes que se cuestiona su destino. Siempre resulta cómico, por extraño, ver cómo un soldado se cuestiona su misión, porque un soldado que piensa es un espécimen peligroso, y de ahí el notable empeño que siempre ponen quienes manejan el cuadro de mandos en conseguir soldados incapaces de pensar. Aquí se vislumbra al Woody Allen con inquietudes existenciales que no tardará en aparecer, pero el núcleo es el paralelismo entre los genitales masculinos y la sala de control de la NASA. En el resto de historias, los logros son sólo parciales, chispazos de gracia en sketches simplemente correctos, o más bien deslavazados. A modo de ejemplo, en uno de los segmentos (“¿Por qué algunas mujeres tienen problemas para alcanzar el orgasmo”?) Allen se lanza a otro de sus clásicos, como es imitar a Fellini, y el conjunto es bastante soso hasta que se nos muestran los inconvenientes de enchufar un vibrador cuando la instalación eléctrica no está muy allá, y después la cosa mejora cuando descubrimos que lo que excita a la protagonista femenina del sketch es ser poseída en lugares públicos. El segmento en blanco y negro (“¿Cuál es mi perversión?”) es el más flojo de la película, apenas una buena idea desaprovechada. La parodia de Frankenstein, con teta gigante incluida, tiene momentos, como sucede con la historia del hombre casado que disfruta trasvistiéndose. Que Allen hable de la sodomía a través de la zoofilia, puede resultar chocante, y de hecho éste es el sketch con menos intención cómica de todos, por mucho que se introduzca algún chiste por aquí y por allá.

Como director, está claro que a Woody Allen le faltan horas de vuelo, y su estilo a la hora de filmar se ve aún poco pulido: en 1972, el neoyorquino seguía siendo fundamentalmente un cómico con voluntad de estilo, metido a director con el objetivo principal de que nadie destrozara sus guiones, antes que el pulcro autor que acabaría siendo. Me parece afortunado, ya que la cosa va de lo que va, que el film se inicie y concluya con imágenes de conejos mientras suena Let´s misbehave. Por lo demás, en la puesta en escena, algo atropellada en ocasiones, se nota que Allen aún no se había encontrado con su habitual equipo de colaboradores, de los que aprendió muchísimo.

Woody Allen interviene como actor en cuatro de los siete sketches de la película, y está claro que en los de construirse personajes a medida su nivel ya era entonces muy alto. Allen está excelente como hiperventilado bufón y como espermatozoide existencialista, y su intervención en los otros dos segmentos les otorga un plus de comicidad. Le acompaña un grupo de intérpretes ilustres, en el que destaco la pareja de monarcas medievales que forman Lynn Redgrave y Anthony Quayle. John Carradine hace una autoparodia muy conseguida, y Gene Wilder hace también bastante de sí mismo, aunque sabe darle a su personaje el poso de patetismo que contiene. Bien Louise Lasser como hembra a la que le pone follar en lugares en los que pueda ser descubierta y, por lo que respecta al último sketch, mejor ese acreditado comediante que es Tony Randall que un Burt Reynolds que parece no estar muy al tanto de dónde se ha metido.

El estudio sexual lúdico-festivo de Woody Allen contiene dos historias francamente divertidas, y algunos tesoros repartidos en el resto del metraje que no conviene desdeñar. Lo mejor estaba por venir, pero ya empezaba a verse.

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