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RUBY SPARKS

RUBY SPARKS. 2012. 104´. Color.

Dirección: Jonathan Dayton y Valerie Faris; Guión: Zoe Kazan; Dirección de fotografía: Matthew Libatique; Montaje: Pamela Martin; Música: Nick Urata; Diseño de producción: Judy Becker; Dirección artística: Alexander Wei; Producción: Albert Berger y Ron Yerxa, para Bona Fide-Fox Searchlight Pictures (EE.UU.)

Intérpretes: Paul Dano (Calvin Weir-Fields); Zoe Kazan (Ruby Sparks); Chris Messina (Harry); Annette Bening (Gertrude); Antonio Banderas (Mort); Steve Coogan (Langdon); Elliott Gould (Dr. Rosenthal); Aasif Mandvi (Cyrus); Deborah Ann Woll (Lila); Toni Trucks, Alia Shawkat, Jane Anne Thomas, John F. Beach, Eleanor Seigler, Wallace Langham.

Sinopsis: Un niño prodigio de la literatura, ahora al borde de la treintena y en pleno bloqueo creativo, inventa un personaje femenino que, ante su asombro, cobra vida.

El incombustible dúo que forman Jonathan Dayton y Valerie Faris se tomó su tiempo antes de abordar el largometraje que debía suceder a un éxito tan mayúsculo como el que supuso Pequeña Miss Sunshine, una de las (pocas) grandes comedias de la primera década de este siglo. Por fin, esta pareja de cineastas curtida en el videoclip regresó a la gran pantalla con Ruby Sparks, ingeniosa comedia romántica de aroma literario cuya autoría cabe atribuir a Zoe Kazan, guionista, productora ejecutiva y actriz principal de una película que pasó bastante desapercibida en su estreno, pese a contar con la aprobación mayoritaria de la crítica, y que va revalorizándose con el paso de los años.

Son diversas las ocasiones en que el cine ha tratado, de variadas maneras, el bloqueo del escritor de éxito. Aquí se nos habla del miedo ante la página en blanco de Calvin, un novelista que acaparó elogios con su primera novela, publicada antes de cumplir la veintena, y que casi diez años después sólo ha sido capaz de añadir unos pocos relatos a sus obras completas, mientras por el camino ha ido perdiendo la inspiración, a su padre, una relación sentimental que se había prolongado un lustro, y casi todo contacto con el mundo exterior, a excepción de su hermano Harry y su terapeuta, el doctor Rosenthal. En mitad de ese caos, y siguiendo el consejo del psicólogo, Calvin se inventa un personaje femenino que tiene mucho que ver con su chica ideal. Su pasmo es mayúsculo cuando un día se encuentra con esa joven en su salón. Lo primero que piensa el novelista en crisis es que su cerebro se ha ido definitivamente a pique y que ya es incapaz de distinguir entre realidad y ficción, pero he aquí que, en contra de lo que Calvin había supuesto, las demás personas también pueden ver a Ruby, que se convierte de hecho en su novia real, una novia que responde punto por punto a la descripción que Calvin había hecho de ella sobre el papel antes de su aparición. Las sorpresas no quedan ahí, pues Calvin tiene el poder de modelar a Ruby a su antojo con sólo escribir sobre ella, convirtiéndose pues en una versión literal del semidiós que todo creador artístico es en el fondo.

Con esta premisa, que como se indica en la propia película, toma prestados elementos de El invisible Harvey (aunque aquí no se trata de un ser sólo visible por el protagonista), la nieta de Elia Kazan y la pareja de directores diseccionan, no de un modo que pueda calificarse de liviano o complaciente, las relaciones de pareja, entendidas desde la imposibilidad (consecuencia de un supremo e injusto egoísmo, todo sea dicho) de que otra persona se ajuste a nuestros ideales románticos. Superado el fantasma de estar padeciendo una alucinación, Calvin disfruta del hecho de que su soñada alma gemela se haya convertido en realidad, pero quiere hacer un uso correcto de su inmenso poder y, una vez fijados los términos de una relación que se antoja ideal, encierra en un cajón los papeles que guardan el secreto de la creación de Ruby. Estas buenas intenciones duran poco, porque ni Calvin Weir-Fields, ni nadie, sabe realmente lo que quiere, y es cierto eso de que los personajes, una vez salidos de la mente del autor, adquieren vida propia. Si el escritor quiere seguir ejerciendo el control sobre ellos, debe retomar (y retocar) su trabajo. Aquí, las disonancias asoman por el contraste de caracteres entre el novelista, un ser asocial con dificultades para relacionarse incluso con su familia, y su personaje, una mujer extrovertida a la que inevitablemente transforma la interacción con otras personas, a partir de la cual construye una esfera de libertad que frustrará a su creador. Si bien en la secuencia en la que Calvin y Ruby visitan el hogar materno existen elementos superfluos, en general la película tiene muy claro lo que propone, y he de decir que la escena en la que Calvin enseña a Ruby qué es ella en realidad es magnífica, dueña de una desnuda intensidad dramática que agradaría a Ingmar Bergman. No hay trampa, porque en distintos momentos, y en especial en la caótica fiesta en casa de Langdon, el vividor novelista británico, ya se nos ha ido avisando de que vayamos olvidándonos de la ligereza que domina la hora inicial de metraje. En todo caso, hay muy buenos diálogos (los de Calvin y su hermano Harry, que es el único que conoce el gran secreto, no tienen desperdicio), un uso inteligente de la música, faceta en la que la pareja de directores muestra su talento, y una bella fotografía a cargo de Matthew Libatique. El gran pero, eso sí, es que la escena final es innecesaria.

La química entre Zoe Kazan y Paul Dano, pareja en la vida real, es incuestionable, y la película se aprovecha del carisma de unos actores de mucho nivel, que con su amplio abanico de registros son capaces de mostrar el tobogán emocional en el que se mueven sus personajes sin flaquear ni cuando el film lo hace. Dano es un actor ideal para interpretar a tipos excéntricos y de rico mundo interior, y a Kazan se la ve encantada en ese mundo creado por ella. Entre los secundarios, muy bien Chris Messina a la hora de mostrar el pasmo de su personaje ante la materialización de lo imposible, incisivo Steve Coogan, notable Elliott Gould y brillante, como siempre, Annette Bening. Por el contrario, Antonio Banderas no me convence.

Ruby Sparks es comedia, y romántica, hasta cierto punto, dicho sea para los aficionados al género, pero lo que no puede negársele es una gracia, un ingenio y una lucidez infrecuente en el análisis de las grandezas y miserias del amor romántico, además de un inteligente retrato de los mecanismos de la creación literaria, y de la clase de individuos que cultivan esa profesión tan solitaria. Con un final más adecuado, estaríamos hablando de una película excelente.

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