YO, TONYA

I, TONYA. 2017. 120´. Color.

Dirección: Craig Gillespìe; Guión: Steven Rogers;  Dirección de fotografía: Nicolas Karakatsanis; Montaje: Tatiana S. Riegel; Música: Peter Nashel;  Diseño de producción: Jade Healy; Dirección artística: Andi Crumbley y Nicole Elespuru; Producción: Steven Rogers, Margot Robbie, Bryan Unkeless y Tom Ackerley, para AI Film-Clubhouse Pictures-LuckyChap Entertainment (EE.UU.).

Intérpretes: Margot Robbie (Tonya Harding); Sebastian Stan (Jeff Gillooly); Allison Janney (LaVona Harding); Julianne Nicholson (Diane Rawlinson); Paul Walter Hauser (Shawn); Bobby Cannavale (Martin Maddox); Bojana Novakovic (Dody Teachman); Caitlin Carver (Nancy Kerrigan); McKenna Grace, Jason Davis, Cory Chapman, Amy Fox, Anthony Reynolds, Ricky Russert, Dan Triandriflou.

Sinopsis: Biografía de la patinadora Tonya Harding, que protagonizó un sonado escándalo en los años 90.

Paso a paso, el australiano Craig Gillespie ha ido construyendo una trayectoria ascendente que, por el momento, tiene su culminación en Yo, Tonya, film que narra la azarosa existencia de una de las deportistas más controvertidas de los Estados Unidos. Sin ser un gran éxito de taquilla, en parte porque la biografiada fue cayendo en el olvido en el imaginario colectivo con el transcurso de los años, la película obtuvo buenas recaudaciones y, sobre todo, el beneplácito de una crítica rendida a la calidad del producto.

Pocos recordarían a Tonya Harding de no ser porque la patinadora estuvo implicada en la agresión a Nancy Kerrigan, compañera en el equipo estadounidense de patinaje artístico. No descubrimos nada al decir que este suceso (definido por los protagonistas como el incidente) es el eje sobre el que gravita toda la película, pero es justo mencionar que el film ofrece abundante, y a veces contradictoria, información sobre el antes, el después y el porqué Tonya Harding resulta tan interesante como encarnación del lado más perverso del sueño americano. Criada por una madre tiránica, coleccionista de maridos y proclive al maltrato físico y mental, la pequeña Tonya mostró enseguida un talento especial para el patinaje, deporte que desde muy temprano capitalizó las vidas de la niña y de su progenitora. De origen muy humilde (Harding y su entorno representan a la perfección lo que significa el término despectivo con el que suele calificarse a los de su clase: basura blanca), las maneras toscas, por no decir masculinas, de Tonya, comprensibles a causa de la educación recibida, nunca encajaron en el megacursi mundo del patinaje, pero a pesar de ello el talento de la joven, pulido en multitud de maratonianas sesiones de entrenamiento, le sirvió para hacerse con un puesto entre las mejores patinadoras estadounidenses. Todavía adolescente, Harding conoció al que sería su primer marido, Jeff Gillooly, un hombre sin muchas luces que pronto pasó de ser la liberación del yugo materno para Tonya, a convertirse en una pesadilla, pues el sujeto era un maltratador y las peleas, el pan de cada día. Tempestuosamente divorciada en 1993, la pareja recuperó el contacto hasta el punto de que Gillooly fue quien diseñó la agresión a Kerrigan, ejemplo de falta de ética deportiva pero también, y sobre todo, de torpeza supina.

Hay que decir que la película dulcifica la figura de Tonya Harding, a quien uno sospecha gustosa en su ciénaga y satisfecha de poder culpar a los demás de todas sus desgracias. Se exagera la importancia del hecho de que Harding fuese la primera mujer estadounidense en ejecutar la dificilísima pirueta del triple axel en competición (hay que decir que varios hombres ya ejecutaron ese salto durante los años 80, y que en 1989 la japonesa Midori Ito fue la primera mujer en llevarlo a cabo, pero claro, nadie en Estados Unidos haría una película sobre ella), mientras que se expone de manera mucho más sucinta cómo Harding dilapidó su talento durante años comportándose como un garrulo más de la América profunda. Lo mejor de la película son los comentarios de Martin Maddox, el periodista-basura al que da vida Bobby Cannavale, y en especial las escenas que comparten Tonya y su madre, todas ellas rebosantes de electricidad. Para enmarcar, la frase que LaVona dedica a su hija el día de su boda con Jeff Gillooly: “A los tontos te los follas, pero no te casas con ellos”.

Craig Gillespie filma esta historia con la forma de un reality show televisivo, que es en lo que acabó convirtiéndose la vida de Tonya Harding una vez consumada la agresión a Nancy Kerrigan. Aunque, bien mirada, la historia que se cuenta no tiene ni puta gracia, el guión de Steven Rogers y la puesta en escena del director oceánico aciertan en darle un tono de comedia al conjunto, palpable en los momentos en los que se produce la ruptura de la cuarta pared, y desde luego en la descripción del incidente, presentado como lo que realmente fue: un acto de matonismo ideado y ejecutado por un grupo de patanes que entre todos no sumaban ni medio cerebro. Destaca el montaje, que es excelente (limitar las escenas de patinaje es un punto a favor de los artífices de la película, porque son las que despiertan menor interés), y una de las mejores selecciones musicales que he visto en años: Yo, Tonya está trufada de canciones memorables y muy bien escogidas.

Sin duda, la película le debe mucho a Margot Robbie, no sólo por su labor como coproductora, sino por la notable interpretación que esta irregular actriz ofrece de un personaje que, eso sí, no puede tener más jugo. Sin embargo, incluso la que muy posiblemente sea la mejor interpretación de la australiana en toda su carrera palidece frente al fabuloso trabajo de Allison Janney, una intérprete que está dando la verdadera medida de su calidad justo cuando la mayoría piensa en un retiro dorado. No es fácil dar vida a un personaje carente de virtudes, por lo que resulta lógico que Janney coleccionara premios por este papel. En segundo plano, tampoco hay que dejar de hablar del buen trabajo de Julianne Nicholson. Respecto a los intérpretes masculinos, todos están a un buen nivel, ya sea un adecuado Sebastian Stan, un brillante Bobby Cannavale o, especialmente, un Paul Walter Hauser espléndido dando vida a un gilipollas integral.

Una de las mejores películas de 2017, que nos habla de clasismo en el deporte y de la prensa sensacionalista mientras nos describe, con la necesaria dosis de ironía, a unos personajes que no tienen por dónde cogerlos, vivo ejemplo de que la realidad siempre supera a la ficción.

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