MARIDOS Y MUJERES

HUSBANDS AND WIVES. 1992. 104´. Color.

Dirección: Woody Allen; Guión: Woody Allen; Dirección de fotografía: Carlo Di Palma;  Montaje: Susan E. Morse; Diseño de producción: Santo Loquasto; Vestuario: Jeffrey Kurland; Música: Miscelánea. Temas de Gustav Mahler, Cole Porter, Irving Berlin, etc.; Producción: Robert Greenhut, para TriStar Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Woody Allen (Gabe Roth); Mia Farrow (Judy Roth); Judy Davis (Sally); Sidney Pollack (Jack); Juliette Lewis (Rain); Liam Neeson (Michael); Jeffrey Kurland (Entrevistador); Lysette Anthony (Sam); Blythe Danner, Ron Rifkin, Timothy Jerome, Brian McConnachie, Benno Schmidt.

Sinopsis: Cuando Gabe y Judy, que forman un matrimonio estable, descubren que Sally y Jack, sus mejores amigos, van a separarse, su propia viabilidad como pareja empieza a estar en cuestión.

Maridos y mujeres será recordada como la película que precedió al estallido del escándalo mediático que envolvió a Woody Allen a causa de su separación de Mia Farrow y, sobre todo, porque la ruptura fue provocada por el romance entre el cineasta neoyorquino y su hijastra, Soon-Yi Previn. Aquellos lodos todavía colean, pero en lo que aquí nos ocupa, lo relevante es que han ensombrecido el valor de una película filmada por un artista en pleno esplendor creativo, y que a mi juicio constituye uno de los mejores estudios cinematográficos sobre las relaciones de pareja en la edad adulta, y también uno de los momentos en los que Allen estuvo más cerca de su admirado Ingmar Bergman.

Uno diría que esta película es obra de un monógamo practicante, pero no creyente, es decir, de alguien que protagoniza relaciones de pareja sin por ello haber perdido la perspectiva sobre una cuestión en la que el intelecto suele ocupar un papel bastante secundario. En sus mejores obras, y esta es una de ellas, Woody Allen tiene la capacidad de ofrecer un discurso de valor universal partiendo de la realidad más cercana a él, en este caso el devenir de dos matrimonios de mediana edad a lo largo de un decisivo período que abarca poco más de un año. Todo arranca con un encuentro entre ambas parejas en el que una de ellas anuncia su separación, inesperada incluso para quienes se consideran sus mejores amigos. En un principio, destaca el contraste entre lo civilizado del anuncio (loable actitud que, como veremos después, no es más que fachada) y el efecto que éste causa en la otra pareja, en especial en la mujer. Hablamos, naturalmente, de intelectuales neoyorquinos de clase media-alta, pero también de personas que, en estas y otras cuestiones, poco se diferencian de millones de individuos de muy distinta procedencia y posición social. De ahí el valor filosófico de una propuesta que observa a sus protagonistas con la necesaria mezcla de cercanía y distancia, y nos a cerca a unos tipos humanos en los que podemos reconocernos a nosotros mismos y a cuantos nos rodean: el escritor-catedrático que asume un rutinario matrimonio, marcado por su negativa a procrear, mientras fantasea con seducir a sus jóvenes alumnas, en especial a la más brillante de ellas; el hombre que, harto de una vida marital insatisfactoria, busca el placer en otra parte; la mujer engañada que asume la ruptura con una falsa deportividad y empieza a apreciar las bondades de la soltería, y el mejor personaje de todos, el de la esposa que se indigna ante la separación del matrimonio amigo sólo porque ese es el paso que ella misma no se atreve a dar. Con el paso del tiempo, la entrada en escena de las nuevas parejas de los protagonistas y el desarrollo de sus relaciones cruzadas, iremos conociendo mejor a este cuarteto que ilustra bien la incapacidad del ser humano para ser feliz, con independencia de su estatus.

Que a lo que aspira Allen es a elaborar un docudrama sobre las relaciones de pareja lo comprobamos desde la primera escena, y no tanto por los diálogos, que también, como por la propuesta formal, muy cinéma-verité, que el director emplea para ilustrar su tesis: mucha cámara en mano, largos planos-secuencia, aderezados con bruscos barridos, e incluso la presencia de un entrevistador al que nunca vemos, y ante el que los protagonistas se sinceran. Quisiera destacar, llegados a este punto, la introducción de un personaje, el del ex-marido de Judy, cuya aportación es fundamental para entender a esta mujer, capaz de enviar a su mejor amiga a los brazos del hombre que ella desea. Ahora que tanto se habla de empoderamiento (palabro que detesto, dicho sea de paso) femenino, muchas personas deberían estudiar con atención el personaje de Judy para comprobar que el poder se ejerce de muchas formas, y que en estos tiempos no estamos descubriendo la sopa de ajo, precisamente. Que la película se inicie con esa canción de Cole Porter titulada What is this thing called love? dice también muchas cosas al espectador atento, La respuesta a esa pregunta es más bien descorazonadora, pues la lógica opera muy poco en estos asuntos, y la culminación natural del amor romántico, el matrimonio, se nos presenta, siendo generosos, como el mal menor frente a una soledad en la que pocos son capaces de nadar sin ahogarse. A primera vista, podría pensarse que el personaje de Gabe es el perdedor de la historia, pero la conclusión de Allen es bastante más sombría: perdedores, lo somos todos, cada cual a nuestra manera.

Una vez más, Woody Allen se interpreta a sí mismo con eficacia, y extrae el máximo partido de un plantel de actores como mínimo singular. Por un lado, queda claro que la gran víctima de la ruptura entre Allen y Mia Farrow ha sido la carrera artística de la actriz. No tengo muy claro si ella era consciente, al dar vida a un personaje en el que el mundo entero podría reconocerla, del grado de acidez con el que era retratada, pero el resultado en pantalla es excelente. La mejor del reparto, eso sí, es Judy Davis, que en su segunda colaboración con Allen borda el papel de cuarentona neurótica. Sidney Pollack, que acababa de retomar su carrera de actor, está muy creíble como hombre maduro en crisis, y al que encuentro más perdido es a un Liam Neeson correcto, pero ajeno al universo del director, que en cambio logró la mejor interpretación de Juliette Lewis en toda su carrera. Otras actrices que brillan son Lysette Anthony, como joven pareja del madurito, y la siempre notable Blythe Danner.

Una joya, amarga y profunda, en la que Woody Allen volcó muchas de sus mejores cualidades como cineasta.

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