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AIRBAG

AIRBAG. 1997. 124´. Color.

Dirección: Juanma Bajo Ulloa; Guión: Karra Elejalde, Juanma Bajo Ulloa y Fernando Guillén Cuervo, basado en un argumento de Karra Elejalde; Dirección de fotografía: Gonzalo F. Berridi; Montaje: Pablo Blanco; Música: Bingen Mendizábal; Diseño de producción: Satur Idarreta, Nuria San Juan y Julio Torrecilla; Producción: Iñaki Burutxaga, Ulrich Felsberg y Adrian Lipp, para Asegarce Zinema- Degeto Films-MGN Filmes-Canal + España-Marea Films-Road Movies Dritte Produktionen (España-Alemania).

Intérpretes: Karra Elejalde (Juantxo Ortiz de Zárate); Fernando Guillén Cuervo (Konra); Alberto San Juan (Pako); Francisco Rabal (Villambrosa); Maria de Medeiros (Fátima do Espirito Santo); Rosa María Sardá (Marquesa); Manuel Manquiña (Pazos); Luis Cuenca (Souza); Pilar Bardem (Herme); Karlos Arguiñano (Serafín); Albert Pla (Sacerdote); Vicenta Ndongo (Vanessa); Raquel Meroño (Araceli de Alda); Santiago Segura (Paíño); Fernando Sansegundo (Touriño); Gabriella Roy (Ángela); Aitor Mazo, Ramón Barea, Nathalie Seseña, Noemí Climent, Mikel Garmendia, Carmen de la Maza, Carmen Segarra, Joan Potau, Fernando García Rimada, Gorka Aguinagalde, Javier Cansado, Javier Bardem, Alaska, Juanjo Puigcorbé, Rosanna Walls.

Sinopsis: Juantxo, un pijo donostiarra a punto de casarse, pierde la alianza de boda en su despedida de soltero. El anillo pasa a manos de Villambrosa, un proxeneta gallego, y Juantxo, junto a sus amigos Pako y Konra, irá tras él a través de la cornisa cantábrica.

Con Airbag, Juanma Bajo Ulloa dio un giro copernicano a su trayectoria, pasando de ser un autor para minorías a reventar taquillas con una comedia irreverente que creó escuela y permanece en el imaginario popular patrio como pocas películas rodadas durante el período democrático.

En los años 80, por aquello de que teníamos que parecer europeos y empezamos a creernos muy guays, las comedias de destape y trazo grueso, que aún gozaban del favor del público en los primeros años de la década, fueron sustituidas (en parte gracias al favor gubernativo) por otras que pretendían ser más sofisticadas, presumían de modernidad y eran, en su inmensa mayoría, menos graciosas que sus predecesoras. Y así seguimos, con alguna honrosísima excepción (más debida a Cuerda que a Almodóvar) hasta que una nueva generación de cineastas vino a agitar al atocinado cine español de la época. En la comedia, esa frescura la trajo Airbag, una gamberrada de dos horas cuyo indisimulado objetivo era rociar con vitriolo un sinfín de tópicos hispánicos bajo la apariencia de road movie de niños pijos rodeados de putas, violencia y cocaína. Todo es tan sutil como una caza de mosquitos con Panzers, pero se ve en un suspiro, pese a que el final se dilata en exceso, y eso es gracias a que muchas de las inmensas chorradas que trufan el relato cumplen con su objetivo, que no es otro que hacer reír mientras se van soltando algunas verdades en mitad del desfase. A servidor, que se licenció en Derecho apenas tres semanas después del estreno de la película, todavía le divierte el discurso de Juantxo en su fiesta de compromiso, y en especial la breve referencia paterna al talento académico de su vástago. Después de eso, en este desmadre caben sacerdotes que le cantan al amor gratuito en el interior de un prostíbulo, picoletos embadurnados en farlopa, candidatos a la presidencia del Gobierno con tendencias pedófilas, un lehendakari negro, un culebrón venezolano y la búsqueda de un anillo puticlub tras puticlub. Lo que queda, ante todo, es la burla a los modos y formas de la alta burguesía, donde lo hipócrita forma parte los hábitos cotidianos, y el canto (matizado), con himno de Ian Dury incluido, al sexo, las drogas y el rock & roll. Quizá para creerse el guión haya que ir tan puesto de psicotrópicos como los protagonistas, pero como hay ritmo, risas (no todas chorras) a tutiplén, e incluso la violencia es una broma (hay un par de ensaladas de tiros… de las que todo el mundo sale ileso), pues lo de que todo sea más una sucesión de gags de resultado diverso que una historia bien engarzada me da bastante igual.

Parte del mérito le corresponde a quien, a mi parecer, es uno de los grandes talentos malogrados del cine español: Juanma Bajo Ulloa saca su lado más transgresor, e incluso se permite algunos gruesos chistes visuales (uno de ellos con forma de hortaliza), pero no olvida filmar con buen estilo ni, desde luego, sacarle mucho partido a la sala de montaje o utilizar las canciones, sean tradicionales o de Clawfinger, del modo más idóneo. Se nota la influencia de Tarantino, como es propio de la época, pero la mejor escena de la película, que es el encuentro entre los sicarios de los narcos rodado en el estadio de la Peineta, es un nada desdeñable homenaje al cineasta favorito del director vitoriano, Stanley Kubrick. Los españoles, de arriba, de abajo y de los lados, solemos ser bastante cutres cuando queremos ponernos serios, y la película así lo refleja, pero ojo, el film está muy bien rodado. Quizá el cachondeo no deje a muchos ver esto, pero apuntado queda.

En una película coral, que en buena parte funciona gracias a la acumulación de elementos, la labor del reparto adquiere una gran importancia. La galería de personajes ofrece interpretaciones de lo más variado, lo que permite apreciar las cualidades de algunos de los mejores intérpretes de este país, y sonreír ante el desempeño de quienes están a años luz de poseer talento actoral. Del trío protagonista, Karra Elejalde no es sólo el mejor actor, sino quien ofrece un trabajo de mayor calidad. Ese hijo de papá. blandito y vago, que se tranforma en un tipo duro obligado por las circunstancias, es una de las piezas angulares de la película, pues dice a las claras que se puede ser divertido sin ser gilipollas. La labor de Fernando Guillén Cuervo como socio listillo es también meritoria, mientras que la de Alberto San Juan, por entonces casi un novato, es más irregular, con momentos logrados alternándose con otros más flojos. Del extenso elenco de secundarios, dos nombres a elevar a los altares: uno es el de la gran Rosa María Sardá, comediante magnífica donde las haya, y el otro es el de un actor semidesconocido hasta el momento, que hizo uno de los grandes papeles cómicos de la historia del cine español. El trabajo de Manuel Manquiña es antológico, y con toda justicia permanece como lo más memorable de la película. Ese torpe sicario de medio pelo y descacharrante oratoria ya apunta maneras en la inicial escena de la tortilla rusa, pero su intervención en el club La Kokotxa y, sobre todo, su discurso en la escena del estadio, son sencillamente gloriosos. Tenemos a grandes como Francisco Rabal demostrando que el poderío nunca se pierde del todo, a un brillante Luis Cuenca dándole réplica, a Pilar Bardem como lenguaraz madame, a Albert Pla demostrando que las drogas le sentaban mejor de joven y a un divertido Karlos Arguiñano. Incluso tenemos a Javier Bardem como héroe de culebrón, y a Vicenta Ndongo como prostituta bondadosa. A Maria de Medeiros la encuentro algo perdida entre tanto desmadre, y la interpretación de Raquel Meroño es mala de solemnidad. En cambio, el dúo que forman Santiago Segura y Javier Cansado, el primero como político de la peor calaña, y el segundo como solícito caddie, es otro de los puntos fuertes de la película.

Veintitrés años después, Airbag siguen siendo dos horas de cachondeo, en toda la extensión del término. Si a alguien esto le parece poco, debería hacérselo mirar, porque el concepto es el concepto, y esa es la cuestión.

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