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LA ÚLTIMA LECCIÓN

L´HEURE DE LA SORTIE. 2018. 103´. Color.

Dirección: Sébastien Marnier; Guión: Sébastien Marnier y Elise Griffon, basado en la novela de Christophe Dufossé; Dirección de fotografía: Romain Carcanade; Montaje: Isabelle Manquillet; Música: Zombie Zombie; Diseño de producción: Guillaume Deviercy; Producción: Caroline Bonmarchand, para Avenue B Productions (Francia).

Intérpretes: Laurent Lafitte (Pierre); Emmanuelle Bercot (Catherine); Luàna Bajrami (Apolline); Victor Bonnel (Dimitri); Pascal Greggory (Poncin); Véronique Ruggia Saura (Françoise); Gringe (Steve); Grégory Montel (Michel); Thomas Guy (Brice); Thomas Scimeca, Adèle Castillon, Matteo Pérez, Leopold Buchsbaum, Thelma Doval, Cyrille Hertel.

Sinopsis: Pierre es un profesor interino que es enviado a un elitista instituto de secundaria para sustituir a un maestro que se suicidó delante de sus alumnos. Pierre no tarda en descubrir que varios de esos muchachos, todos ellos de alto rendimiento académico, ocultan un secreto.

Con su segundo largometraje, La última lección, el director francés Sébastien Marnier obtuvo una calurosa respuesta del público del festival de Sitges, justo premio a un film inteligente que adapta para la gran pantalla una novela de Christophe Duffosé, que dio la base a Marnier para hablar, en clave de thriller, de dos grandes temas: la educación y el oscuro porvenir de nuestro sobreexplotado planeta.

La película mezcla distintos géneros: la ciencia-ficción, el terror, el thriller y el drama adolescente, en versión escolar, sin que esa superposición de elementos resulte confusa para su audiencia. El nombre de J.G.Ballard, al que se hace expresa mención durante el metraje, no es invocado en vano, porque ese distópico futuro inmediato que se nos muestra en pantalla remite al universo del escritor británico, y quienes hayan leído Furia feroz observarán que los puntos de conexión entre esa novela y los hechos narrados en La última lección están lejos de ser triviales. Sea como fuere, la película posee atmósfera, conseguida gracias al conocimiento que posee Dufossé acerca de los entresijos del sistema educativo francés, y también, una vez vista la impactante primera escena, al hecho de adoptar en todo momento la perspectiva del profesor recién llegado. La sensación de extrañeza al entrar a formar parte de un microcosmos cerrado, que se organiza de acuerdo a unas reglas que se alejan de las establecidas en el mundo exterior, no resultará ajena a ningún espectador de la película, porque es harto difícil encontrar a alguien que no la haya experimentado varias veces a lo largo de su vida. Contando con esa baza favorable para conectar con su público, Marnier nos introduce en un mundo, el de los institutos de élite, que el común de los mortales conoce sólo de oídas. Asumir el puesto de alguien que se ha quitado la vida en mitad de una clase no es algo que se preste al entusiasmo, y por eso Pierre, el protagonista, sabe desde el principio que su ingreso como profesor interino en el instituto que acoge a varios de los alumnos más sobresalientes del país es un regalo envenenado, pero al principio sólo es capaz de intuir cuánto. Le alerta la actitud de media docena de alumnos, tan brillantes como llenos de arrogancia, que se comportan como miembros de una secta y obran a su antojo sin que los rectores de la escuela hagan nada al respecto. Pierre es consciente de que esos alumnos han tenido que ver con el suicidio de su predecesor en el puesto, y entabla con ellos una lucha de poderes, en la que el recién llegado, que lleva su pulso con los chicos al límite de la obsesión, va progresivamente ganando opciones de ser la siguiente víctima.

Marnier ofrece las claves del relato con cuentagotas, de forma que consigue aumentar la tensión sin recurrir más de lo necesario al efectismo. Partiendo de las conocidas dificultades del sistema educativo para integrar a los alumnos superdotados, tanto desde el punto de vista académico como en lo referente a su difícil relación con el resto de compañeros, siempre más zotes y siempre mayoría absoluta, la película retrata a un grupo de adolescentes de enorme inteligencia que han decidido, ya que comparten una visión radicalmente nihilista de la existencia, actuar unidos y organizarse para transformar, o destruir, un mundo en el que no hay futuro para ellos. El afán del nuevo profesor por encarrilar a esos alumnos, sin ninguna ayuda exterior (los otros maestros y la dirección están en sus cosas, o simplemente miran hacia otro lado) y un conocimiento sólo parcial de sus intenciones, le convierte a ojos de los muchachos en un obstáculo al que deben neutralizar. A excepción de la secuencia que transcurre la noche de la fiesta de fin de curso en el castillo, Marnier prescinde de la oscuridad para mostrar lo malsano: al contrario, la película es muy luminosa, casi todos los acontecimientos, cada vez teñidos de mayor truculencia, se producen en horario infantil, el marco geográfico sería del todo bucólico de no ser por la cercana presencia de una central nuclear, y lo verdaderamente perturbador (la película lo es en grado sumo, lo que habla bien de su director) está en las mentes de los protagonistas y más allá de su aparentemente idílico entorno inmediato. Se encarga de subrayar ese contraste la brillante música compuesta por el dúo de pop electrónico Zombie Zombie, que bebe del mejor synth-pop de los 70 y 80 y protagoniza escenas de peso, como la interpretación a coro de esa canción que sirve como preludio de un clímax en dos partes, que primero sabe a poco para resolver después los enigmas de forma certera.

Tuve ocasión de comprobar en Elle que Laurent Lafitte es un actor dotado de mucho talento. Tiempo después, me encuentro con un nuevo trabajo suyo, esta vez llevando él buena parte del peso de la película, y me reafirmo en la opinión expuesta. También una actriz de carrera intermitente como Emmanuelle Bercot, que da vida a la peculiar profesora de música del instituto, raya a buen nivel. De los adolescentes protagonistas, quien mejor trabajo hace, y con diferencia, es Luàna Bajrami, actriz con futuro que consigue inspirar miedo a través de una mínima gestualidad. A Victor Bonnel lo veo más por pulir, aunque da el pego como colíder de esa extraña secta de superdotados. Por último, buen trabajo de Véronique Ruggia, que ya había aparecido en la ópera prima del director.

Inquietante, perturbadora e inteligente, La última lección es una grata sorpresa que recomiendo a todos los amantes del cine, en especial a los misántropos.

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