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LOS MUERTOS NO MUEREN

THE DEAD DON´T DIE. 2019. 103´. Color.

Dirección: Jim Jarmusch; Guión: Jim Jarmusch; Dirección de fotografía: Frederick Elmes;  Montaje: Affonso Gonçalves; Música: Sqürl; Diseño de producción: Alex DiGerlando; Dirección artística: Julia Heymans; Producción: Carter Logan y Joshua Astrachan, para Animal Kingdom- Film i Vast-Focus Features (EE.UU.).

Intérpretes: Bill Murray (Sheriff Cliff Robertson); Adam Driver (Oficial Ronnie Peterson); Tilda Swinton (Zelda Winston); Tom Waits (Bob el Ermitaño); Chloë Sevigny (Oficial Mindy Morrison); Steve Buscemi (Granjero Miller); Larry Fessenden (Danny Perkins); Eszter Balint (Fern); Danny Glover (Hank); Caleb Landry Jones (Bobby Wiggins); RZA (Dean); Selena Gómez (Zoe); Carol Kane, Rosie Pérez, Iggy Pop, Austin Butler, Luka Sabbat, Maya Delmont, Sara Driver, Sturgill Simpson

Sinopsis: En una pequeña ciudad rural estadounidense, empiezan a producirse sucesos extraños, que culminan con una oleada de muertos saliendo de sus tumbas, ávidos de carne humana.

Y las cañas se volvieron lanzas. Los elogios recibidos por Jim Jarmusch tras el estreno de su anterior largometraje de ficción, Paterson, se transformaron en críticas adversas y desdén popular con Los muertos no mueren, intento de adaptar los códigos del cine de zombis al particular universo del director, en la línea de lo realizado unos años atrás con los filmes de vampiros en Sólo los amantes sobreviven. Infinidad de personas opinaron que Los muertos no mueren no funcionaba ni como película de zombis, ni como desmitificación de ese subgénero tan en boga últimamente. Quizá todas esas personas y un servidor hayamos visto películas distintas.

El apocalipsis, me temo, estará originado por la codicia de los poderosos y tomará forma gracias a la debilidad y la estupidez de los pringados. Primer punto a favor del señor Jarmusch, que explica esto dejando el gran discurso para el final y, hasta entonces, se hace valer del laconismo y la displicencia que desde hace décadas ha impuesto como sellos de su estilo para narrar (un visionario, oigan) cómo llegará el fin del mundo a la América profunda. Habrá una idea lejana, luminosa y extremadamente lucrativa que joderá el planeta de forma que no sea posible una vuelta atrás, el personal seguirá a lo suyo, preocupado en sus insignificantes asuntos (si representas a la autoridad, en averiguar, por ejemplo, si el ermitaño del pueblo es el responsable de un robo de pollos al granjero racista), y de pronto los animales huirán y los muertos abandonarán sus timbas en busca de carne fresca, que desde luego no les va a faltar. Y los habrá que, incrédulos ante lo que está sucediendo, sucumbirán a las primeras de cambio y pasarán a engrosar las filas de los no-muertos. A algunos les vencerá el pánico. Otros pelearán contra el monstruo, ya sea porque son expertos en el manejo de las armas, porque andan muy bien de cultura zombi o, simplemente, porque es su deber (y además se han leído el guión de la película); pero lo harán desunidos, faltos de dirección y sin ninguna ayuda exterior. En consecuencia, todo se irá al carajo, mientras el ermitaño es testigo de algo que sólo era cuestión de tiempo.

Leído lo anterior, quizá el fallo sea haber presentado la película como la comedia que no es, pese a contener algunos chascarrillos marca de la casa (que a quien esto escribe le parecieron divertidos, dicho sea de paso). Es decir, que las muchas personas que no le han encontrado la gracia a la película quizá tengan razón, porque no la tiene, ni debe tenerla más allá de que el apocalipsis, como casi todo lo demás, será tragicómico, Por otro lado, Jarmusch no visita el mundo zombi desde la ignorancia: ha visto con aprovechamiento las películas de George A. Romero, ya sea la seminal La noche de los muertos vivientes o su primera secuela, Zombi, superior al clásico en todos los aspectos. En los films de Romero, la crítica a la sociedad de consumo era evidente: pues bien, Jarmusch coge ese testigo y, haciendo gala de una saludable vena sarcástica, hace que los muertos resuciten obsesionados por las mismas bagatelas con que lo estaban en vida. También domina los clásicos modernos, porque esa nave extraterrestre que se saca de la manga es el equivalente a cierto helicóptero de The walking dead, serie a la que también le une la presencia de una intrépida fémina armada con una catana. Jarmusch, que evita recrearse en los planos de vísceras más allá de lo imprescindible, pasa de filmar su película más amable a la más profundamente misántropa de toda su carrera: todos perecerán, blancos y negros, justos y pecadores, granjeros supremacistas y posadolescentes hipsters de ciudad. Quedará el ermitaño, el que nunca ha querido formar parte de la gran farsa.

La puesta en escena es muy Jarmusch: cuidadosamente descuidada. El ritmo es lento… para lo que el común de los mortales asocia a una película de zombis, no para una de su director. Es verdad que se abusa del tema musical principal de la película, que el responsable del invento se pasa la verosimilitud de la historia por sus huevos toreros cuando le interesa (llegados a este punto, podríamos discutir qué tiene de verosímil toda ficción sobre muertos vivientes, pero eso queda para otra reseña) y que el desfile de secundarios de prestigio tiene más de alarde que de necesidad, pero Jarmusch y su equipo técnico habitual hacen un buen trabajo, con mención especial para Frederick Elmes.

Que a Jarmusch no le va el histrionismo en lo que a trabajo actoral se refiere lo demuestra el hecho de que escogiera a Bill Murray y Adam Driver como pareja protagonista: el primero vuelve a interpretarse a sí mismo con el característico distanciamiento habitual, y el segundo ejerce de héroe lacónico con truco demostrando saber hacer. Incidiendo en la idea anterior, que el retrato del personaje más emotivo, la oficial de policía interpretada, de forma bastante correcta, por Chloë Sevigny, sea pelín inmisericorde, habla mucho, y bien, del talante del director sobre este asunto. La otra estrella del reparto es Tilda Swinton, quien dicen que dio la idea a Jarmusch de rodar un film de zombis, y lo cierto es que la actriz británica ofrece el alto nivel a que nos tiene acostumbrados en la piel de un personaje que mezcla a La Novia con Michonne. De los miembros de la troupe de Jarmusch que aparecen en pantalla, destacar a Steve Buscemi como improbable granjero de ideas ultraderechistas, a un Larry Fessenden que es clavadito a Jack Nicholson, y a Tom Waits como profeta. Tampoco voy a dejar pasar el hecho de que a Iggy Pop no tuvieran que maquillarlo mucho para que hiciera de zombi, ni el buen trabajo de Caleb Landry Jones, el mejor, con diferencia, de los jóvenes.

A mi juicio, Los muertos no mueren funciona como película de zombis y como revisión en clave irónica del subgénero. En todo caso, una obra a reivindicar de un director que está mostrando en estos años una lúcida madurez.

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