MIRAI, MI HERMANA PEQUEÑA

MIRAI NO MIRAI. 2018. 97´. Color.

Dirección: Mamoru Hosoda; Guión: Mamoru Hosoda; Montaje: Shigeru Nishiyama; Música: Masakatsu Takagi; Diseño de producción: Anri Jojo, Tupera Tupera, Makoto Tanijiri, Reio Ono y Yoshitaka Kameda; Dirección artística: Takashi Omori y Yohei Takamatsu; Diseño de vestuario: Daisuke Iga; Producción: Genki Kawamura, Yuichiro Sato, Takuya Ito y Yuichi Adachi, para Studio Chizu-CTV-Toho Company-Dentsu-Kadokawa- NTT Dokomo (Japón).

Intérpretes: Moka Kamishiraishi (Voz de Kun); Haru Kuroki (Voz de Mirai); Gen Hoshino (Voz del padre); Kumiko Haso (Voz de la madre); Mitsuo Yoshihara (Voz de Yukko); Yoshiko Miyazaki (Voz de la abuela); Koji Yakusho (Voz del abuelo); Masaharu Fukuyama, Kaede Hondo.

Sinopsis: Un niño de cuatro años, que siempre ha gozado de todas las atenciones, por parte de sus padres, siente celos cuando llega una hija a la familia.

La de Mamoru Hosoda es una de las trayectorias más sólidas en el cine de animación japonés del siglo XXI. Varios éxitos seguidos le han colocado entre los nombres de referencia para los aficionados al género, y Mirai, mi hermana pequeña, que estuvo entre las películas nominadas al Óscar al mejor largometraje de animación, continuó la racha, si bien no fueron pocos los fans del director que afirmaron, y creo que no se equivocan, que esta obra supone un pequeño retroceso en su carrera.

Desde muy distintas perspectivas, el cine ha analizado en multitud de ocasiones el acusado cambio de estatus que vive un niño acostumbrado desde la cuna a ser el rey de la casa cuando otro bebé llega a su hogar. Hosoda centra su mirada en uno de esos niños, Kun, criatura consentida y caprichosa que representa a la perfección ese arquetipo del pequeño dictador originado por los modernos modelos de familia. Lo cierto es que el film, que jamás esconde que su público objetivo es el infantil, arranca bastante bien, con un amable pero verosímil retrato del infante protagonista y un cuidadoso análisis de la transformación de los roles familiares tradicionales. Hecho esto, el director, que ya ha dejado claro que la actitud de Kun ante lo que considera una injustificada postergación consiste en el enfrentamiento con los progenitores y la animadversión hacia la recién nacida, se muestra fiel a su estilo y hace aparecer lo fantástico para aportar el necesario toque de magia y resolver el problema planteado en la trama. Ocurre, no obstante, que esa aparición de lo extraordinario no sirve para que la película suba enteros, sino más bien al revés: al margen de subrayar, a través de las distintas escenas, la importancia del respeto a la herencia, entendiendo como tal el legado de los ancestros, esa pretendida magia no brilla como debiera, y termina haciendo que el film sea repetitivo y que la trama avance a ritmo premioso. Aunque el final es bueno, diría que el conjunto ofrece menos elementos de interés para el público adulto que cualquiera de las anteriores películas de Hosoda, si bien es de agradecer que las dificultades del padre de familia para hacer frente a las tareas domésticas y al cuidado de los niños se muestre de manera menos boba que en Los increíbles 2.

Con excepción de algunos bellos planos aéreos de la ciudad, utilizados con frecuencia como transición entre escenas, el film discurre casi en exclusiva en el interior de ese coqueto hogar de clase media-alta en el que reside la familia protagonista. En la animación hay, además de esmero, bastante calidad, y en este aspecto Hosoda no decepciona a su parroquia. En el aspecto visual la película se sostiene bastante mejor que en el narrativo, y es también de alabar la pulcra belleza de la música de Masakatsu Takagi.

Un dato curioso es que quien se encarga de ponerle voz a ese niño protagonista tan propenso al berrinche es una actriz. Imagino que, en Japón, el gremio de intérpretes masculinos habrá puesto el grito en el cielo. Sea como fuere, el trabajo de Moka Kashimirashi es bastante bueno, como también sucede con el de Haru Kuroki, intérprete que ya se ha convertido en habitual en los films de Hosoda. En cambio, la interpretación de Gen Hoshino es más o menos tan sosa como su personaje. Kumiko Haso gana con diferencia la comparación entre ambos.

Buena película, pero no yerran quienes aprecian signos de desgaste en una trayectoria, la de Manoru Hosoda, hasta el momento casi intachable.

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