TRIANA PURA Y PURA

TRIANA PURA Y PURA. 2013. 73´. Color.

Dirección: Ricardo Pachón; Guión: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón; Dirección de fotografía: Juan Manuel Linares y Mariano Agudo; Montaje: Mercedes Cantero; Música: Miscelánea. Cantes tradicionales de los gitanos de Triana; Producción: Gervasio Iglesias y Ricardo Pachón, para La Zanfoña Producciones-Flamenco Vivo (España).

Intérpretes: Ricardo Pachón, Manuel Molina, Matilde Coral, José Lérida, Raimundo Amador, El Titi, Pepa La Calzona, Lole Montoya, El Herejía, Juan Lérida, Tragapanes, La Perla, Carmelilla Montoya, El Pati, Farruco, Loli Lérida, Tío Juani, Carmen del Titi, Manuel Domínguez, El Coneja, Gloria Filigrana, El Eléctrico, Bobote, Carmen Cachero.

Sinopsis: Más de veinte años después de ser expulsados del barrio, artistas gitanos de Triana se reúnen para actuar en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Ricardo Pachón, uno de los nombres importantes del flamenco en las últimas décadas, es el artífice de Triana pura y pura, un documental merecedor de un adjetivo del que se ha abusado hasta desgastarlo: histórico. En él se recupera un pasado, el de la gitanería trianera, que aun formando parte de los recuerdos de los más viejos del lugar, apenas había logrado trascender más allá de la oralidad y la leyenda y, al menos en su vertiente musical. parecía destinado a desaparecer para siempre.

Triana pura y pura constituye una doble mirada al pasado, porque recupera una grabación de principios de los 80 que, a su vez, actúa como testimonio de algo que ya por entonces pertenecía a otra época: la peculiar manera de cantar y bailar de los gitanos de Triana, la gran mayoría de los cuales habían sido expulsados del barrio décadas atrás. Una historia, la de la especulación urbanística en las grandes ciudades, que en Sevilla ha vivido distintos capítulos y que, a finales de los 50, tuvo como consecuencia el desalojo forzoso de muchas familias, la mayoría de etnia gitana, del que había sido su hogar durante generaciones. La explicación es sencilla: alguien vio las inmensas posibilidades económicas que ofrecía el margen derecho del Guadalquivir y, con el beneplácito del Ayuntamiento, se puso manos a la obra. Sobraban, claro está, los pobladores, gente humilde que, en muchos casos, ejercía oficios viejos. He de decir que esta historia no es exclusivamente gitana, y así lo puede corroborar quien esto escribe, parte de cuya familia materna, residente en el Charco de la Pava, fue realojada, después de la transformación de la zona, en el tristemente célebre Polígono Sur. Allí, o a Torreblanca, o a Los Pajaritos, fueron a parar muchas de esas familias gitanas, realojadas a la fuerza, que protagonizan esta película. Un último apunte urbanístico: si alguien quiere saber si detrás de una operación de este tipo se esconden propósitos meramente especulativos, puede empezar comprobando si los residentes son realojados en el mismo, o en otros barrios. El caso, volviendo a lo que nos ocupa, es que, en los últimos coletazos de la Transición, alguien tuvo la idea de organizar un espectáculo protagonizado por artistas de la ya desaparecida Triana calé. Un flamenco de tronío, Manuel Molina, fue el encargado de dar forma musical al evento, que iba a celebrarse en el Lope de Vega y que alguien tuvo la feliz idea de grabar para la posteridad. Este es el documento, aderezado por las explicaciones de los propios Molina y Pachón, de Matilde Coral y de Raimundo Amador, que participó en el concierto siendo un veinteañero, que forma la esencia de Triana pura y pura, un espectáculo que, más que verlo, hay que sentirlo.

Lo que vemos es, además de un reencuentro, una fiesta en toda regla. Artistas consagrados y desconocidos se agolpan en el escenario para ofrecer el último testimonio de una tradición musical centenaria. Guitarras, palmas, vino, cante y baile a la antigua: visceral, desinhibido, incluso procaz. Popular hasta la raíz. Auténtico desde lo primero a lo último. El toque de Manuel, Raimundo y El Rubio acompaña a leyendas trianeras como El Titi o Pepa la Calzona, cuya forma de bailar es inimitable. En el cante de El Herejía emerge todo el poderío de la tradición. Cada cual aporta su toque personal a esa fiesta flamenca, a la que acaban sumándose algunos asistentes de indiscutible pedigrí artístico. Entre tanta bulería, hay tiempo para que Tragapanes, último superviviente de una estirpe de artistas y toreros, nos enseñe cómo se entendía el martinete a la derecha del Guadalquivir. Y sí, la calidad de la grabación es mejorable, pero qué bueno haberla recuperado. Si en España hubiera una Biblioteca del Congreso, o simplemente se tratara a la cultura con decencia, lo que vemos y oímos en Triana pura y pura ocuparía un lugar destacado. Los que saben, dicen con razón que el flamenco de los corrales, y de los tablaos anteriores a la invasión guiri, era otra cosa. Pues bien, lo que hacen estos viejos maestros es llevar todo eso, por una noche, al escenario de un teatro. Y ahí queda. Flamenco puro. Quienes no sean capaces de vivirlo como el arte popular puro que es, como algo que sale sin filtros desde lo más profundo, harían bien en abstenerse, porque en este artificioso mundo de sucedáneos, esto puede provocar daños irreparables a los muertos en vida, que son legión.

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