CAFARNAÚM

CAPHARNAÜM. 2018. 126´. Color.

Dirección: Nadine Labaki; Guión: Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Michelle Keserwany, con la colaboración de Georges Khabbaz y Khaled Mouzanar; Dirección de fotografía: Christopher Aoun; Montaje: Konstantin Bock; Música: Khaled Mouzanar; Dirección artística: Hussein Baydoun; Producción: Khaled Mouzanar y Pierre Sarraf, para Mooz Films (Líbano).

Intérpretes: Zain Al Rafeea (Zain); Yordanos Shiferaw (Rahil); Kawsar Al Haddad (Souad); Fadi Kamel Yousef (Selim); Boluwatife Treasure Bankole (Yonas); Cedra Izzam (Sahar); Alaa Chouchnieh (Aspro); Elias Khoury (Juez); Samira Chaalhoub (Daad); Nour El Husseini (Assaad); Farah Hasno (Maysoun); Joseph Jimbazian (Hombre Cucaracha); Nadine Labaki (Nadine); Elias Akobegia, Faten Asmar, Mohamad Chabouri, Said El Nachar.

Sinopsis: Un preadolescente libanés denuncia a sus padres ante la justicia por haberle traído al mundo.

Aunque el nombre de Nadine Labaki no era desconocido para los cinéfilos más curiosos, el salto cualitativo más importante en la carrera de la directora libanesa se produjo con el estreno de Cafarnaúm,contundente denuncia de la pobreza infantil que acaparó premios en el festival de Cannes y convenció a crítica y público de manera casi unánime. Labaki consIguió impactar a su público mostrándole una realidad que, salvo contadas excepciones, conocemos pero preferimos ignorar. El resultado, uno de los films con mayor carga de profundidad de la década.

El protagonismo absoluto recae en un niño de unos doce años que toma la insólita decisión de denunciar a sus padres por haberle traído al mundo. Labaki dedica el resto del metraje a explicar qué ha llevado al muchacho a promover una medida tan extrema, y en ilustrar el proceso judicial subsiguiente. Lo que vemos es la crónica de una de tantas vidas condenadas a la marginalidad desde la cuna, con la diferencia de que la directora otorga a su joven protagonista dos cualidades raras de ver en los humanos, y muy contraproducentes cuando tu destino es no ser nadie: sensibilidad y conciencia. Zain vive en las mismas condiciones miserables que tantos muchachos del Tercer Mundo, sólo que él es, además de consciente, inconformista: un adulto, en el mejor sentido del término, con cuerpo de niño y una tremenda fuerza de voluntad que no encaja en un entorno que no sólo se conforma con su desgracia, sino que más bien retoza en ella. Sus padres no son más que unos embrutecidos maltratadores dedicados a traer hijos al mundo para abandonarlos después a su suerte; quienes gozan de una posición económica más favorable sólo se interesan por Zain y sus hermanos para aprovecharse de ellos. El detonante de un conflicto ya latente es el interés que un tendero adulto tiene por casarse con una hermana de Zain de tan sólo once años.  Él niño es el único que la protege, ayudándola a ocultar el hecho de que la muchacha ya ha empezado a menstruar, y en consecuencia es apta para ser vendida en matrimonio, atrocidad a la que sus padres se prestan con entusiasmo. Por ello, Zain prepara la huida de ambos del hogar, aunque llega tarde para salvar a su hermana y decide escapar solo, siendo acogido por una inmigrante etíope que trabaja como limpiadora y tiene un bebé a su cargo.

La historia es durísima, pero auténtica. El mayor inconveniente que se le puede poner al trabajo de la directora es su tendencia a enfatizar en exceso lo que no necesita mayor despliegue para conmover al espectador. Sobre todo en el tramo final, la cámara acaba por ser intrusiva, recreándose con cierta desmesura en los primeros planos de unos rostros dolientes. Si tenemos en cuenta que algunos de los mejores momentos de la película no necesitan palabras (el sonido de los muelles del catre paterno mientras la cámara enfoca a unos hermanos que duermen hacinados en el suelo, ejemplo magistral de capacidad narrativa), o utilizan la música de forma harto expresiva (cuando el abominable viva la gente queentonan los meapilas de turno es sustituido por una música mucho más acorde con la realidad, en una escena que muestra con toda crudeza la nefasta influencia de las religiones en la perpetuación de la miseria), un trabajo de dirección más neutro es a la postre más eficaz, por cuanto en ocasiones el objetivo se difumina cuando lo observas desde demasiado cerca. Por lo demàs, la película es excelente: ahí están esos planos cenitales que enseñan mejor que cualquier otra cosa la verdadera naturaleza de esas villas miseria en las que malviven los protagonistas, que no son más que ratoneras de las que es casi imposible salir. Y Labaki tiene valor, porque denuncia sin esconderse y convierte su película en toda una experiencia que no dejará indiferente a ningún espectador, por muy cínico que este sea. Porque la directora se plantea hacer un documental ficcionado, y lo logra con una fuerza que no está al alcance de muchos cineastas. La tesis está clara, y desde luego la comparto: sólo un adecuado control demográfico logrará acabar con la miseria a escala global. El problema es que, para eso, hay que acabar primero con las religiones, y por extensión con quienes hacen de las miserias ajenas su modo de vida.

Quienes leen mis reseñas conocen mis reticencias respecto a los niños actores. Esta vez, voy a dejarlas de lado. El empeño de Nadine Labaki por crear una obra realista hasta el extremo tiene un buen punto de apoyo en el trabajo del reparto, y en especial en el del joven Zain Al Rafeea, toda una revelación. Si el trabajo de un actor es exitoso en la medida en que logra que el espectador se crea a su personaje, el de este muchacho debe calificarse de espléndido. El guión le brinda frases memorables (Dios quiere que seamos felpudos, y que nos pisoteen), pero el protagonista no se limita a recitar sus frases y explotar su gestualidad para tocar la fibra sensible, lo que es de agradecer. El resto del elenco es igualmente eficaz en sus papeles, en los que podemos reconocer a tantas personas que nada aportan a este mundo, y a otras que tratan de no hundirse en la indignidad en la que viven. Por ello, la interpretación de las dos mujeres que dan vida a dos madres antagónicas, y Yordanos Shiferaw y Kawsar Al Haddad, es también loable.

Película-experiencia, que pone al descubierto una de las grandes lacras de la Humanidad con saber hacer cinematográfico. Viendo Cafarnaúm,en algunos momentos me han venido a la cabeza Los olvidados o Ladrón de bicicletas. Y esas son palabras mayores.

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