MAD MAX 2: EL GUERRERO DE LA CARRETERA

MAD MAX 2: THE ROAD WARRIOR. 1981. 94´. Color.

Dirección: George Miller; Guión: Terry Hayes, George Miller y Brian Hannant; Dirección de fotografía: Dean Semler; Montaje: Michael Balson, David Stiven y Tim Wellburn; Música: Brian May;  Dirección artística: Graham Grace Walker; Producción: Byron Kennedy, para Kennedy Miller Productions (Australia).

Intérpretes: Mel Gibson (Max); Bruce Spence (Capitán Gyro); Michael Preston (Pappagallo); Max Phipps (Toadie); Vernon Wells (Wez); Kjell Nilsson (Humungus); Emil Minty (Niño); Virginia Hey, William Zappa, Arkie Whiteley, Steve J. Spears, Syd Heylen, Moira Claux, David Downer, David Slingsby, Kristoffer Greaves, Max Fairchild .

Sinopsis: Vagando por el desierto, Max se enfrenta a un grupo de bandidos ávidos por conseguir gasolina. Después, un extraño sujeto le avisa de que hay un lugar en el que esa preciada mercancía existe en abundancia.

El rotundo éxito internacional de Mad Max casi exigía una secuela inmediata, y los artífices de aquella pequeña producción australiana que llamó la atención de medio mundo se lanzaron a ello casi de inmediato. Ese esfuerzo derivó en la que para muchos, y me incluyo, es la mejor película de una saga resucitada en la presente década.

A veces, segundas partes sí son buenas. Ocurre en este caso, pues lo que George Miller ofrece al público es lo que cabría esperar de toda secuela: una versión mejorada de la primera entrega, traducida aquí en un mayor presupuesto, esquemas narrativos más claros y mucha atención a los detalles, dentro de un enfoque general que busca huir de toda pretenciosidad. Si exceptuamos la introducción, en la que una voz en off acompaña a una sucesión de imágenes en blanco y negro que nos explican cómo el mundo conocido se fue al carajo, la película funciona sin apenas recurrir a los diálogos, apuesta consciente que busca que las palabras no ralenticen la trepidante acción y muestra el verdadero espíritu de esta obra, que no es otra cosa que un western postapocalíptico, en el que los caballos son sustituidos por llamativos vehículos a motor sin que eso altere los cánones del género: un héroe solitario, parco en palabras pero fiel a sus principios, que ayuda a unos lugareños necesitados de guía y protección frente a unos forajidos despiadados y codiciosos. Nada verdaderamente original (estamos ante la fórmula, tantas veces repetida, de Raíces profundas) dentro de una trama de lo más simple, pero que hace de su falta de complejidad narrativa una virtud.

Miller sabe lo que quiere, y cómo conseguirlo: aún más que en la primera parte, las escenas de acción y los efectos especiales son mucho mejores que las del típico film de serie B de sesiones dobles y videoclub. El director hace gala de una singular destreza a la hora de mostrar lo que, con menos tino y un montaje más torpe podría haber degenerado en un desmadre rodante sin pies ni cabeza. Lo inhóspito de los parajes desérticos en los que se desarrolla toda la película enlaza de maravilla con la naturaleza de unos personajes reducidos al salvajismo, que se abrazan a una supervivencia sin esperanza y, además, continuamente amenazada por las disputas por un bien tan valioso como escaso. Miller retrata todo ello de manera inspirada, con algunos planos aéreos muy remarcables y un apropiado empleo de las grúas. La fotografía de Dean Semler, que brilla especialmente en esas vistas crepusculares al campamento-refinería sitiada por los forajidos, es otro aspecto que mejora con holgura lo que vimos en la primera entrega. Uno de los que sí repiten, el compositor Brian May, se supera también con una partitura que tiene un papel muy protagonista a lo largo del metraje y lo salda de manera notable.

Desde su primera encarnación del personaje de Max, Mel Gibson había tenido ocasión de demostrar que era capaz de interpretar papeles distintos al de héroe de acción inexpresivo, pero lo cierto es que fue este personaje el que le catapultó al estatus de estrella de Hollywood del que pronto disfrutaría. No estamos, de nuevo, ante una película que prime el apartado interpretativo, pero Bruce Spence, que da vida al estrafalario secuaz de Max, con artilugio volador incluido, es un actor capaz, y se nota. El resto del elenco se limita a cumplir con sus respectivos roles, todos ellos un tanto esquemáticos.

Pues eso, que la segunda parte de Mad Max es una notable película de acción en clave neo-western a la que los años han tratado bastante bien. No es que sea el mejor film de la saga, sino que también lo es de la irregular carrera de George Miller como director.

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