FRANKENWEENIE

FRANKENWEENIE. 2012. 87´. B/N.

Dirección: Tim Burton; Guión: John August, basado en el guión de Leonard Ripps, según una idea de Tim Burton; Dirección de fotografía: Peter Sorg;  Montaje: Chris Lebenzon y Mark Solomon; Dirección artística: Tim Browning y Alexandra Walker; Música: Danny Elfman; Diseño de producción: Rick Heinrichs; Producción: Tim Burton y Allison Abbate, para Tim Burton Productions-Walt Disney Pictures (EE.UU.).

Intérpretes: Catherine O´Hara (Voces de la Sra. Frankenstein, la profesora de gimnasia y la chica rara); Martin Short (Voces del Sr. Frankenstein, el Sr. Burgemeister y Nassor); Martin Landau (Voz de Mr. Rzykruski); Charlie Tahan (Voz de Victor Frankenstein); Atticus Shaffer (Voz de Edgar “E” Gore); Winona Ryder (Voz de Elsa Van Helsing); Robert Capron (Voz de Bob); James Hiroyuki Liao (Voz de Toshiaki); Conchata Ferrell (Voz de la madre de Bob); Tom Kenny, Dee Bradley Baker, Jeff Bennett, Jon Donahue, Frank Welker.

Sinopsis: Un niño introvertido y apasionado por la ciencia ve cómo su amado perro, Sparky, muere atropellado. El muchacho utilizará todos sus conocimientos científicos para devolverle la vida a su mascota.

Uno de los primeros trabajos que, allá por los años 80, cimentaron la fama de genio raro de Tim Burton fue Frankenweenie, revisión en clave infantil del mito de Frankenstein que se estrenó como cortometraje de acción real. Muchos años después, Burton, que gozaba desde hacía tiempo de una posición dominante en la industria, pudo retomar el proyecto y rodarlo como film de animación, en formato largo y utilizando la técnica del stop motion. No fueron pocos los que manifestaron que esta versión corregida y aumentada de Frankenweenie era la mejor película de Burton, cuya trayectoria en este siglo merece ser calificada como irregular, desde su anterior film de animación, La novia cadáver, aunque la carrera comercial de esta obra fue más bien discreta.

Entre las cosas que más admiro del cine de Tim Burton se encuentra su capacidad para combinar lo tierno y lo macabro, con la pureza propia del niño que jamás ha dejado de ser. Esta característica fundamental se encuentra en Frankenweenie desde el segundo inicial, en que el luminoso logo de Disney muta hacia lo tétrico y aparece el blanco y negro que marca la estética de la película, burtoniana hasta la médula, porque si algo tiene este director es fidelidad a sí mismo. Ese niño inadaptado, cuyos padres se preocupan por que su vástago prefiera hacer experimentos encerrado en su buhardilla en vez de jugar en la calle con otros muchachos de su edad es una constante en Burton, lo mismo que su absoluta devoción por los clásicos del terror. Estos dos elementos constituyen el núcleo de la película, cuyo tema es la forma de asimilar la muerte cuando nos toca de cerca. Victor pierde a su perro, un animal al que adoraba y que poseía todas las virtudes que uno puede apreciar en una mascota, víctima de un desgraciado accidente. Sus padres, ya imbuidos de la resignación propia de los adultos, le dicen que a los seres queridos, cuando desaparecen, se les lleva en el corazón, pero Victor no se conforma con eso y, aprovechando sus conocimientos científicos, estimulados por un profesor de enorme parecido con Vincent Price, intenta devolver a su mascota al mundo de los vivos. Su tentativa tiene éxito, pero los indiscretos compañeros de escuela de Victor, toda una galería de niños raros metida en la misma aula, deciden copiar su experimento con fines más prosaicos (obtener el primer premio en el concurso de ciencias), creando un caos de considerables proporciones.

Creo que el blanco y negro le sienta muy bien a una película cuya tenebrosa estética está tratada con un cuidado extremo. En lo estrictamente técnico, no he visto una película rodada en stop-motion mejor que Frankenweenie. Dentro de la brillantez general, la escena en la que tiene lugar la resurrección de Sparky me parece una maravilla, en la que el homenaje a Frankenstein, el ingenio y el dominio del medio se dan la mano para obtener un resultado perfecto. Pero Burton no se limita a rendir tributo a la obra inmortal de Mary Shelley, y a las versiones cinematográficas dirigidas por James Whale: Drácula, Batman, King Kong y Godzilla son otras criaturas fantásticas que, de forma explícita o más solapada, aparecen en un film en el que encontramos otra idea fija en el cine de Burton: sólo los adultos que se salen de la norma merecen la pena: el mundo de quienes han dejado atrás la juventud es mediocre y mezquino, y poco se puede esperar de quienes lo forman, salvo cultura de rebaño y hostilidad hacia quienes son distintos. Al final, se nota que Burton trabaja para Disney, pero la película nunca deja de tener su inconfundible sello, marcado también por la complicidad del director con su músico de cabecera, Danny Elfman, que aquí nos ofrece otro trabajo de gran calidad, siempre con la admiración a los clásicos del cine de terror como punto de referencia,

Entre los actores que ponen voz a los personajes, destaca sobre todo un veterano y gran actor, que lució a las órdenes de Burton como pocas veces en su carrera, llamado Martin Landau. Él es el encargado de dar voz a un personaje inspirado en Vincent Price, seguramente el mayor ídolo del cineasta californiano, y lo hace realmente bien. Catherine O´Hara ya había hecho buenos trabajos en el campo de la animación, y aquí exhibe su variedad de registros poniendo la voz a tres personajes, el más destacado de los cuales es el de la madre de Victor, personaje que le permite a Charlie Tahan hacer un trabajo de buen nivel. Otro actor que se atrevió con tres personajes fue Martin Short, que se luce especialmente con el del alcalde del pueblo, un político de los de toda la vida. Destacar, por último, el reencuentro entre Tim Burton y la que fue su primera musa, Winona Ryder, que pone la voz al personaje de Elsa e incluso se atreve a cantar.

Un Tim Burton puro, y de los buenos. Quizá la repetición de la fórmula hace que muchos, tan modernos y cínicos ellos, no valoren esta película como merece, pero estamos ante una joya del cine de animación, digna del talento de un gran cineasta.

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