PETRA

PETRA. 2018. 106´. Color.

Dirección: Jaime Rosales; Guión: Michel Gaztambide, Clara Roquet y Jaime Rosales; Dirección de fotografía: Hélène Louvart;  Montaje: Lucía Casal; Música: Kristian Eidnes Andersen;  Dirección artística: Victoria Paz Álvarez; Producción: Antonio Chavarrías, Jéröme Doppfer y Katrin Pors, para Fresdeval Films-Wanda Visión-Oberón Cinematográfica-Balthazar Productions-Snowglobe Films (España-Francia-Dinamarca).

Intérpretes: Bárbara Lennie (Petra); Alex Brendemühl (Lucas); Joan Botey (Jaume Navarro); Marisa Paredes (Marisa); Petra Martínez (Julia Ramírez); Carme Pla (Teresa); Oriol Pla (Pau); Chema del Barco, Natalie Madueño.

Sinopsis: Una pintora acude a la casa-taller de un reconocido artista plástico para aprender de él durante unas semanas.

Con Petra, el barcelonés Jaime Rosales recuperó buena parte del prestigio conseguido gracias a sus dos primeros largometrajes, que se había difuminado con los siguientes aunque, en conjunto, todas esas películas forman una de las trayectorias más personales del último cine español, en la que este drama familiar con aires de tragedia griega se ha ganado un lugar puntero.

En Jaime Rosales, el afán de estilo impregna tanto la composición como la narrativa, y mi parecer es que esta apuesta funciona mejor en el primer aspecto que en el segundo. Me gusta el movimiento, siempre pausado, de la cámara. el modo de retratar rostros y paisajes, desde una perspectiva distante, el abundante uso de lentos travellings laterales, la consciente huida del plano-contraplano en la captación de los diálogos entre los personajes y ese personal sentido de la elipsis del director. La utilización de la música para enfatizar los momentos de mayor dramatismo destaca por su aire minimalista, y la fotografía busca poner el acento en captar la belleza del mundo rural. En el modo de contar la historia, ninguna objeción: Rosales posee un marcado sello, y es fiel en todo momento a sus convicciones estéticas.

En la narración se alternan los aciertos y los errores. La película se divide en seis partes, si bien éstas no se nos ofrecen en el previsible orden cronológico, que el director altera para que, en primer lugar, conozcamos a la protagonista y la veamos inmersa en el mundo en el que acaba de aterrizar: el mundo de Jaume, un escultor de éxito a quien sus más allegados ven de una manera que oscila entre la admiración y el miedo. Cuando el famoso artista aparece por fin en escena, nos encontramos con un ser despiadado, un perfecto cínico en su forma de entender el arte y, por extensión, la vida. Mezquino, y dotado de una maldad fría, Jaume no tarda en cobrarse su primera víctima. Más tarde, descubrimos que lo que ha llevado hasta él a Petra es la búsqueda de su identidad, en la que Jaume, un Dios cruel pero no omnisciente, parece ocupar un sitio importante.

Creo, sin embargo, que la frialdad exhibida en la narrativa no es del todo convincente. Con la indiscutible carga trágica del film, y la propensión al drama de los latinos, las contenidas reacciones de los personajes ante las sucesivas revelaciones de los diferentes hechos traumáticos que les van ocurriendo se me antojan, excepto en el caso de Jaume, demasiado forzadas, incluso si aceptamos la notoria superioridad racial de los catalanes, porque todos los protagonistas son charnegos o españoles, es decir, gentes indecorosamente proclives a la incontinencia emocional. Sarcasmos al margen, creo que los excesos melodramáticos le harían más daño a la película que la forma escogida por Rosales para explicar su historia, pero una cosa no quita la otra. Por otra parte, la escena final es de todo punto innecesaria, por complaciente con un silencio culpable, el de Marisa, que tampoco se justifica con acierto. Por resumir, en el último tercio, y por aquello de querer cerrar el círculo trágico, Rosales y sus coguionistas hacen gala de una incoherencia que, hasta entonces, habían sabido esquivar a la perfección.

Esa apuesta del director por la contención es la que marca el trabajo del plantel de actores. Quienes solventan el desafío con mayor acierto son Bárbara Lennie, una actriz que no por casualidad ha ido haciéndose hueco en varias de las películas más importantes del cine español más reciente, y un magnífico Joan Botey, gran revelación de la película por lograr que Jaume Navarro sea un individuo tan frío y repulsivo como el que habían construido los guionistas. Alex Brendemühl hace un buen trabajo, aunque inferior a las dos grandes estrellas de la función, y Marisa Paredes interpreta un papel en el que ya la hemos visto demasiadas veces. Por su parte, la aparición de Petra Martínez, que ya estuvo a las órdenes de Rosales en su mejor película hasta la fecha, aporta calidad.

Petra es una película, como todas las dirigidas por Jaime Rosales, ajena a casi todas las corrientes imperantes en el cine español, que roza la excelencia a lo largo de sus cuatro primeras partes, y que después baja el listón, Notable, en todo caso.

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