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LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS

WHAT WE DO IN THE SHADOWS. 2014. 83´. Color.

Dirección: Jemain Clement y Taika Waititi; Guión: Jemain Clement y Taika Waititi; Dirección de fotografía: Richard Bluck y D. J. Stipsen; Montaje: Tom Eagles, Yana Gorskaya y Jonathan Woodford-Robinson; Música: Plan 9; Diseño de producción: Ra Vincent; Producción: Emanuel Michael, Taika Waititi y Chelsea Winstanley, para Defender Films-Unison Films (Nueva Zelanda)

Intérpretes: Jemaine Clement (Vladislav); Taika Waititi (Viago); Jonathan Brugh (Deacon); Cori González-Macuer (Nick); Stu Rutherford (Stu); Ben Fransham (Petyr); Jackie Van Beek (Jackie); Elena Stejko (Pauline La Bestia); Jason Hoyte, Karen O´Leary, Mike Minogue, Chelsie Preston-Crayford, Ian Harcourt, Isaac Heron, Ethel Robinson, Brad Harding, Yvette Parsons, Madeleine Sami, Rhys Darby.

Sinopsis: Un grupo de vampiros neozelandeses accede a que unos periodistas filmen su vida cotidiana.

La broma cinematográfica más celebrada de 2014 vino de las antípodas. Lo que hacemos en las sombras, una desmadrada comedia vampírica en clave de falso documental, arrasó en festivales como Toronto y Sitges para después, gracias al boca-oreja, disfrutar de una acogida popular increíble para tratarse de una producción neozelandesa de bajo presupuesto. Sus creadores, Jemaine Clement y Taika Waititi, elaboraron una versión corregida y aumentada de un cortometraje rodado casi una década antes, y obtuvieron un triunfo absoluto.

Estamos ante una gamberrada con estilo, que satiriza los programas televisivos de investigación y la saga Crepúsculo, al tiempo que toma prestados elementos de teleseries míticas como The young ones. Lo primero que el espectador ha de saber es que estos tiempos son jodidos, incluso si eres un no-muerto. En la estampa inicial de Viago, el vampiro dandy, sacando la mano del ataúd para apagar el despertador, podrán reconocerse todos aquellos de despertar matutino dificultoso, pero basta con ver eso, y la forma tan cutre con la que se nos muestra la puesta en marcha del susodicho, para comprender que estos chupasangres vivieron tiempos mejores o, por lo menos, mucho más glamourosos. Ahora, Viago y sus tres compañeros de piso, todos ellos de orígenes y siglos distintos, no sólo deben esforzarse en encontrar víctimas para saciar su sed de sangre, sino también en pagar el alquiler, en conseguir que les dejen entrar en los clubs más de moda de Wellington o en que Deacon, el más joven y rebelde de los vampiros, se avenga a cumplir con las tareas domésticas que tiene asignadas y friegue los platos después de un lustro. De todo ello son testigo las cámaras de unos reporteros televisivos a quienes nunca veremos, pero que no dejan nada sin filmar.

Incluso los menos despiertos se darán cuenta de que toda la película es una broma gigante, trufada de chistes que oscilan entre lo grotesco y lo macabro a lo largo de la proyección. Es cierto que, hacia la parte final, la cosa pierde fuelle, pero Clement, Waititi y su tropa, que salta a la vista que disfrutaron lo suyo rodando este descacharre, tuvieron la virtud de no alargar la cosa en exceso, lo cual adquiere especial relevancia si aceptamos que los diez primeros minutos, en los que Viago nos presenta a sus compañeros y vemos en qué consisten sus rutinas diarias, son fantásticos y dejan el listón muy alto. Los directores emplean la técnica del falso documental, utilizada en el cine de terror en cintas como Holocausto caníbal, El proyecto de la bruja de Blair o Rec, para, con mucho uso de la cámara en mano y ningún sentido del ridículo, mostrar la decadente rutina de los vampiros neozelandeses contemporáneos. ¿Alguien se imagina a un conde transilvano con el rostro de Christopher Lee dando lustre a una grasienta y voluminosa cubertería, acicalándose para ir a una discoteca utilizando ropa de algunas de sus víctimas o errando el tiro en uno de sus letales mordiscos y provocando con ello un desternillante baño de sangre? Clement y Waititi, tampoco. Sus vampiros son mucho más de andar por casa, su local nocturno favorito está más muerto que ellos y su rivalidad con los hombres-lobo tiene más de macarreo pandillero que de fantasía terrorífica. Ellos, que copian trucos de películas como Jóvenes ocultos y tratan de ocultar su condición, lo que casa mal con el hecho de permitir que les hagan un reportaje televisivo, ven alterado el statu quo cuando convierten en vampiro a Nick, quien resulta ser un fanfarrón imprudente que, eso sí, permite que los demás puedan entrar en los clubs más cool (la descripción del Wellington la nuit es, como poco, ácida) y aceptan en su grupo a un humano, Stu, amigo de Nick. Esto trae consigo una de las situaciones más divertidas del film; las rotundas quejas de Jackie, una mujer a la que Deacon tiene como criada con la promesa, nunca cumplida, de convertirla en vampira, respecto a la sangrante (nunca mejor dicho) falta de paridad en el grupo de no-muertos. En la parte final, la que se prevé la escena cumbre, que sucede durante la ceremonia del llamado Carnaval profano, satisface sólo a medias las altas expectativas despertadas, y se comprueba que, agotado el factor sorpresa, los resortes de la comedia empiezan a chirriar, pero por el camino el público ha reído lo suyo con este desmadre, rodado con bastante criterio y no menos mala hostia, que tiene una escenografía de lo más convincente, unos diálogos sin desperdicio y unos certeros apuntes musicales. Se nota que Jemaine Clement también domina ese mundo.

Parte de la gracia reside en que el plantel de actores rebosa complicidad y recrea el desmadre con loable convicción. Taika Waititi, como atildado aristócrata de acento exótico y venido a menos, tiene alguna escena que me hizo recordar a Peter Sellers, y esas son palabras mayores. El otro máximo artífice del proyecto, Jemaine Clement, está también muy divertido como vampiro medieval en horas bajas, y Jonathan Brugh completa el trío (al cuarto vampiro original, Ben Fransham, lo vemos siempre bajo el disfraz de Nosferatu) haciendo gala de unas formas que son más las de un rockero demodé. Del resto, alabar el magnífico trabajo de Jackie Van Beek.

Lo que hacemos en las sombras es, en diferentes momentos, tan divertida como sus creadores pretenden que sea. Esto es siempre complicado, pero hay que resaltarlo, que las risas están caras. No es de extrañar que esta película, pequeña sólo en apariencia, haya recibido un masivo reconocimiento popular.  

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