LAS CAJAS ESPAÑOLAS

LAS CAJAS ESPAÑOLAS. 2004. 90´. Color.

Dirección: Alberto Porlan; Guión: Alberto Porlan; Dirección de fotografía: José Del Río;  Montaje: Rosario Sáinz de Rozas; Música: Guillermo Maestro; Producción: Carlos Ramón, para Drop a Star-Euroficción (España).

Intérpretes: Javier Dotú (Narrador); Ramón Linaza (Timoteo Pérez Rubio); Vicente Garrido (Rafael Alberti); Cristina Rivera (María Teresa León); José Bravo (Manuel Azaña); Mónica Rey (Blanca Chacel); Manuel Barceló (José María Sert); Laura B. Cabriñana (Elena Gómez de la Serna); Andrés del Campo (José María Giner); José Antonio Pérez (Sánchez Cantón); Alejandra Caparrós, Juan Ignacio Alonso, Jesús Muñoz, Medardo Amor, Francisco Oria.

Sinopsis: Documental que narra la salvación del patrimonio artístico español durante la Guerra Civil.

El único largometraje dirigido por Alberto Porlan fue Las cajas españolas, un documental que, en contra de ese tópico que dice que nuestro cine sólo se ocupa de la Guerra Civil, demuestra que existen muchos aspectos de esa negra etapa de la historia de España sobre los que todavía no se ha arrojado suficiente luz. En este caso, se trata de alabar el tremendo esfuerzo que unos pocos hombres y mujeres designados por el gobierno de la Segunda República hicieron por salvar los tesoros artísticos presentes en la ciudad de Madrid del afán de revancha de las milicias populares, primero, y de los bombardeos de la aviación fascista, después.

He de decir que, en general, no soy partidario de los documentales dramatizados, como el que aquí se reseña. Si no me falla la memoria, es el primero que comento en este blog, y muy probablemente será uno de los últimos. Reconozco, sin embargo, que para explicar esta historia sin recurrir a una perenne foto fija, a Alberto Porlan tampoco le quedaban muchas más opciones, dada la escasez, por no decir inexistencia, de documentos cinematográficos de época que la ilustren. Lo que sí hace el director, pues por desgracia ese material sí abunda, es insertar imágenes bélicas a lo largo de su narración, que empieza justo antes del estallido del conflicto y finaliza unos meses después de la victoria de las fuerzas rebeldes. También se incluyen numerosas imágenes de la vida en la ciudad de Madrid, que almacenaba buena parte del patrimonio artístico español y que, de las grandes capitales del país, fue con diferencia la que más sufrió los desastres de la guerra.

Al principio, el mayor peligro para las obras de arte españolas, que en su mayoría obraban en poder de la aristocracia y el clero, fue el justificado odio que esas clases despertaban entre los partidarios más acérrimos del gobierno legítimo. Por desgracia, ese odio se extendió también a multitud de piezas artísticas que se encontraban en las iglesias y palacios tomados por los milicianos, y fueron destruidas en lugar de confiscadas. Para evitar esa tragedia para el patrimonio artístico, que pertenece a todos los españoles, el ejecutivo republicano creó la Junta Central del Tesoro Artístico Nacional, encargando la dirección de ese organismo al pintor extremeño Timoteo Pérez Rubio. Con el recrudecimiento de la guerra, y el avance de las tropas sublevadas, el peligro era otro, y sin duda peor: que las bombas que las fuerzas aéreas enviadas por el gobierno fascista italiano y el régimen nazi alemán en apoyo de las tropas al mando del general Franco destruyeran obras de un valor incalculable. Alberto Porlan dedica su película a loar el descomunal esfuerzo que unas pocas personas hicieron para evitar esa tragedia dentro de la tragedia de todo un país abocado al desastre. Lo hace sometiendo las imágenes por él rodadas a un proceso de envejecimiento que las aproximara lo máximo posible, en calidad y apariencia, a las secuencias de archivo utilizadas. El resultado, en este aspecto, es notable, pues en ocasiones cuesta distinguir los fotogramas conservados de la época del conflicto de los filmados ya en el siglo XXI. Igualmente, la labor de los actores pasa desapercibida, lo que en este caso es un mérito añadido. Se trata de subordinarlo todo a una historia tan poco conocida que hubo que esperar décadas hasta que una modesta placa en el Museo del Prado sirviera de homenaje a unas personas que, como consecuencia de la decisión del gobierno republicano de almacenar el tesoro artístico en el mismo territorio en el que tuviera su sede el propio ejecutivo, tuvieron que gestionar el traslado de centenares de obras a Valencia, Cataluña y Suiza, sucesivamente y a medida que el avance de los sublevados fascistas iba provocando la huida de los miembros del Consejo de Ministros a lugares menos comprometidos. La caída de la Segunda República, oficializada en abril de 1939, no fue el final de la odisea, pues, con las obras ya en la Suiza neutral, el régimen franquista inició las gestiones para su regreso a España, encomendadas a dos intelectuales catalanes partidarios del fascismo: el pintor Josep Maria Sert y el periodista y ensayista Eugenio d´Ors. De la enemistad entre ambos surge el único momento divertido de una película que, más bien, y ello debido también en parte a su gran calidad, provoca desazón, entre otras cosas porque el tesoro artístico español salió del país, después de ser movido hasta tres veces en condiciones extremadamente difíciles, y regresó a él íntegro y en perfecto estado de conservación gracias al trabajo de un reducido equipo de personas, comandado por Timoteo Pérez Rubio, cuyo esfuerzo se vio recompensado con desprecio y silencio, algo propio de esta nación cainita, desmemoriada y sin rumbo.

Las cajas españolas es, por tanto, un excelente documental que recomiendo a todos aquellos a quienes interese la verdadera Historia y posean una mínima sensibilidad artística.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *